Barrera generacional e instituciones culturales
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Martes, 06 Noviembre, 200710:15pm
Barrera generacional e instituciones culturales
El auge de las instituciones culturales públicas y privadas que se ha producido en la última década arroja un resultado ambiguo. Por un lado, ha contribuido a hacer visible una cantidad ingente de artefactos culturales realizados por jóvenes que, de otro modo, hubieran circulado por el underground. Por otro lado, en ocasiones se acusa a estas instituciones de desactivar la dimensión más crítica e innovadora de la nueva creación, que se habría adaptado, deliberadamente o no, a formatos aptos para su exhibición o difusión por los canales establecidos. ¿Pueden las instituciones culturales desempeñar un papel inequívocamente activo en la promoción de nuevos valores artísticos? En el siguiente texto, Alberto Nanclares, arquitecto y miembro del colectivo Basurama, trata de responder a estas cuestiones.
La precarización generacional de la cultura institucional
Alberto Nanclares
Why dont you all f-fade away (talkin bout my generation)
And dont try to dig what we all s-s-say (talkin bout my generation)
Im not trying to cause a big s-s-sensation (talkin bout my generation)
Im just talkin bout my g-g-g-generation (talkin bout my generation)
This is my generation
My generation, The Who, 1965
Al saberme invitado a participar en unos encuentros dedicados a analizar las barreras de acceso a las que ha tenido que enfrentarse mi (nuestra) generación, lo primero que hice fue sorprenderme. A priori, no veía ningún tapón generacional. Pensé: “¿Nuestra generación? Pero si es la que más rápido ha asaltado los cielos de los últimos tiempos”. Pensándolo con más calma, y después de preguntar a muchas personas que consideraba coetáneas, me he dado cuenta de que una cosa es asaltar los cielos y otra conquistarlos y que, como las de Ícaro, nuestras alas son ficticias. En lo que sigue presentaré algunas notas acerca de ese ilusorio asalto de los creadores y la manera en que he percibido la reacción de las instituciones ante el nuevo panorama cultural.
1. Nuestra generación
Creo que, en parte, mi primera impresión de que no existían barreras generacionales guardaba relación con la extensión de mi generación, que reúne a un amplio grupo de creadores y gestores unidos más por ciertos rasgos culturales que por su fecha de nacimiento. Muchos comparten un background cultural y sociológico común: padres universitarios, necesidades básicas cubiertas, formación amplia, prolongada y pluridisciplinar (viajes, idiomas, tecnología). Todos han vivido lo que se ha dado en llamar la sociedad del ocio, lo que les ha dado la oportunidad de dedicar tiempo a aquello que se consideran aficiones: la música, los libros, el arte, los tebeos, el cine, el teatro, la política –al menos “lo solidario” se ha puesto de moda– y la cultura en general. Se han convertido en el público que ha alimentado la explosión de la industria cultural de los últimos años, sin embargo, muchos de ellos comparten la apreciación de que han heredado un desierto cultural. Por supuesto existen fracturas, saltos generacionales, pero se reducen más bien a detalles; y por lo que toca a las instituciones culturales, cuando hablamos de juventud también hablamos de propuestas novedosas, arriesgadas y jóvenes, lo cual en principio nada tiene que ver con la edad del creador. De alguna manera todos compartimos mucho de lo vivido más recientemente: las manifestaciones contra la guerra de Irak, el 11-M, la revolución tecnológica, la globalización y la antiglobalización, los años del PP, la voracidad privatizadora del estado español, el Erasmus, el Interrail… Una forma de verlo es como una reacción a ese extraño proceso de prolongación y precocidad de la juventud que se ha producido en los últimos tiempos, ante el que hemos sabido apretar filas para convertir la nostalgia de los ancianos en una enseñanza y la insolencia ignorante de la juventud en una energía aprovechable.
2. Asaltar los cielos
No hace mucho se ha celebrado el décimo aniversario de la inauguración del museo Guggenheim de Bilbao, pistoletazo de salida del llamado “efecto Bilbao”. A tenor del impacto que ha tenido, parece como si el fenómeno llevara mucho más tiempo en marcha. Otro tanto ocurre con las instituciones culturales: si atendemos a su número, parecería como si su expansión hubiera comenzado hace mucho cuando, en realidad, se inició hace apenas una década. En este tiempo, cada ciudad ha querido replicar el efecto Guggenheim, se ha abierto al menos un gran museo en cada comunidad autónoma se han inaugurado todo tipo de centros culturales “alternativos”, así como cientos de festivales. Esta hipertrofia es el contexto del tapón generacional de la industria cultural española contemporánea. Se han generado muchísimos puestos de trabajo, para creadores y para gestores, pero muchos de ellos son de baja calidad.
En todos los casos el proceso ha sido muy similar. Hace diez años no había suficientes gestores culturales “de carrera” como para llenar todas las nuevas plazas que era necesario cubrir, así que se creó un ejército de licenciados en bellas artes, historiadores, sociólogos, filósofos, humanistas y, en general, cualquiera que hubiera desarrollado alguna actividad independiente previa en esas áreas. A menudo los responsables de estos nuevos centros culturales no tenían una idea clara de lo que andaban buscando. Todos querían ser modernos, claro, rabiosamente modernos, pero no eran expertos en arte contemporáneo, videoarte, performance, teatro experimental ni formatos híbridos, así que se pusieron en manos de las jóvenes promesas que se habían curtido en mil batallas alternativas.
Así que mi generación se ha beneficiado y ha sufrido una situación paradójica: la aparición de nuevas formas e instituciones culturales ha traído consigo la construcción de nuevos públicos, lo cual ha posibilitado (al menos al principio) que manifestaciones más o menos marginales disfrutaran también de su parte del pastel. Esto ha permitido a una serie de creadores dar a conocer sus propuestas, obtener algo de prestigio y encontrar espacios mentales y físicos donde trabajar. Sin embargo, no se les ha ofrecido una carrera profesional real en un mundo en el que el clasismo, el elitismo y los cachés siguen estando muy presentes. En el nivel de la gestión ocurre algo similar: excepto algunas deshonrosas excepciones, cierto número de personas ha podido desarrollar una actividad más o menos digna desde la independencia más absoluta. Muchos de ellos, además, lograron dedicarse profesionalmente a lo que hasta entonces habían considerado “aficiones”: el que tenía un fanzine de música acabó trabajando de periodista, al que le gustaban los libros pudo abrir una pequeña editorial… Y a partir de ahí llegó directamente la oferta de alguna institución recién creada necesitada de “cerebros”. El lado oscuro de esta captación es que muchos de estos centros culturales no tienen interés en el contenido de las propuestas, sino sólo en su relumbrón mediático y en la afluencia de público.
3. La precariedad
El proceso de espectacularización ha convertido la cultura en un negocio: la cultura no ha generado dinero para sí misma, pero se ha convertido en esclava del dinero que produce. Así, se han generalizado una serie de confusiones. Los medios de comunicación se interesan mayormente por fomentar lo joven entendido como lo nuevo, lo original, lo fresco. Hemos llegado a tal punto que, por ejemplo, se organizan exposiciones de arquitectura en las que participan mayormente estudios formados por personas que ¡ni siquiera han acabado aún la carrera! Por su parte, la institución pública tiene que responder a una doble demanda de prestigio y público que la aboca a programar grandes nombres o propuestas que la crítica –o, en el peor de los casos, la política de la que depende la institución– pueda aplaudir. La abundancia de espacios crea la necesidad de generar contenidos a gran velocidad lo que, en muchas ocasiones, propicia la abundancia de proyectos apresurados, cortoplacistas o sin el tiempo y los recursos necesarios para ser realizados en condiciones dignas. Con frecuencia esos proyectos precarios se encargan a creadores jóvenes que aceptan esas condiciones con la esperanza de darse a conocer.
Todo esto ha llevado a una gran modificación de la relación entre cultura establecida y underground. Las instituciones están secando sus propios caladeros de cultura independiente. De hecho, han hecho desaparecer el concepto de underground como tal, dando a entender que siempre habrá un lugar, un público y un presupuesto para todas las propuestas. A modo de ejemplo, la generalización de secciones “Off” de los festivales sólo ha conseguido que se abran secciones “Off-Off”, aún más precarias que sus hermanas mayores, estirando el pelotón y generando una clase media de creadores precarizados y una clase baja depauperada y olvidada.
Así, se da una doble precariedad. De un lado, la de una cultura oficial con pies de barro, centrada en el espectáculo y el negocio y con un futuro incierto tras haber agotado el underground del que se nutría. De otro lado, la precariedad personal de creadores y gestores que, como en cualquier otro sector laboral, rebaja la calidad del trabajo y fragiliza las relaciones sociales. En el caso del mundo de la cultura, además, genera un efecto rebote negativo sobre las instituciones más pequeñas e independientes, que ofrecen perspectivas laborales aún menos halagüeñas. En una conversación privada mantenida con unas alumnas de un máster de gestión cultural, éstas afirmaban querer hacer sus prácticas en una institución alternativa (donde tendrían toda la libertad de acción y decisión) pero que, lamentablemente no podían tomar ese camino porque las llevaría a “no tener currículum”. Esas alumnas hicieron sus prácticas en una gran institución, y hoy en día trabajan como obreras de la cultura en otra institución que ni siquiera es moderna o alternativa.
La conciencia de la precariedad laboral en el mundo de la cultura es todavía muy escasa, con excepciones como les intermittents du spectacle franceses. Está muy generalizado un mecanismo de instrumentalización laboral de la intimidad que apela al interés intelectual de los proyectos en los que el trabajador participa. Esto, sumado a las exigencias laborales de la cultura de gran velocidad –jornadas maratonianas, éxito y sonrisa a bajo precio, etc.–, dan lugar a un trabajador que no sólo no tiene conciencia de estar siendo explotado sino que incluso se siente privilegiado.
En resumen, hoy estamos viviendo tres situaciones básicas relacionadas con las barreras de acceso generacionales.
En primer lugar, están esas personas que no han conseguido superar la barrera impuesta por todos los factores enumerados hasta ahora. Aquellos que no pueden acceder a una forma digna de expresarse, tanto a nivel económico como de decisión: los creadores que ocupan las secciones “Off-Off” y los gestores que pensaron que podrían llegar a tomar decisiones pero se ven convertidos en meros administradores que ni siquiera pueden trabajar en el underground.
En segundo lugar, están aquellos que forman un tapón generacional, a veces sin ni siquiera saberlo: esos jóvenes precarizados que se ven abocados a ser meros peones de las decisiones de otros, por razones económicas y vitales, pero también aquellos que celebran la cultura-espectáculo y/o trabajan para las generaciones anteriores abundando en las propuestas más rancias y establecidas.
En tercer lugar, aquellos que han superado las barreras: algunas manifestaciones alternativas que efectivamente disponen de la libertad y los medios necesarios e instituciones que disponen de buenos jóvenes gestores con poder real de decisión.





Noviembre 14th, 2007 17:57
La verdad es que el artículo me ha resultado interesante, aunque creo que muy sesgado y con un absurdo poso de amargura para un miembro de uno de los grupos que más se ha dejado recuperar por las “instituciones modernas o alternativas”, como es, al menos en madrid, la casa encendida. Los archiconocidos basurama. Tal vez habría que ver la paja en el ojo propio, antes que nada ¿no?
Noviembre 14th, 2007 19:21
Uf, ya empezamos con los comentarios “ad hominem”. Yo creo que idealmente los textos deberían valorarse con independencia de quién los escriba (un amigo crítico musical, decía que las discográficas deberían mandar a los críticos los CDs sin galleta ni caja para que no se dejen influenciar por la personalidad del artista). Creo que lo que se señala en este texto acerca de cómo las instituciones se aprovechan del modo en que el trabajo cultural se considera “vocacional” es rigurosamente cierto. Si se prohibiera la figura del “estudiante en prácticas” la mitad de los periódicos de España tendrían que cerrar.
Noviembre 15th, 2007 15:12
El proceso de precarización que afecta a los llamados “profesionales de la cultura” se enmarca en un contexto mucho más amplio, que se refiere a la mutación del sistema de producción –occidental primero, mundial e integrado después- y a sus consecuentes traslaciones geoestratégicas y sociales. El hecho de haber pasado a hacer girar la economía mundial sobre el eje de la producción significante –Ford nos mostró el camino, el yanky lo siguió y el muro se cayó- genera un doble problema: vivir en un sistema que continuamente se retroalimenta de su propia producción -contenidos significantes- irreversiblemente, con lo cual uno se ve abocado a participar en su propia lobotomización, a riesgo de perderse en los márgenes; y la emergencia de una nueva clase social sometida que sustituye, por sus condiciones vitales, su situación de explotación y su papel en la distribución/organización del poder, al clásico obrero industrial. La cuestión, creo yo, sería más bien plantearse si tiene sentido ocupar ese lugar en los grandes dispositivos de enunciación -Instituciones Culturales, con letras grandes- inmersos en una dinámica económica, pero que a la vez cumplen un papel como dispositivo de agenciamiento, y si no sería más efectivo para todos dinamitar los nodos principales en los que se sustenta toda la sistemática de estructuraciones jerárquicas, y establecer un nuevo modelo de gestión de la cultura -entendida, si se me permite, como el conjunto de posibles lecturas del mundo en un determinado contexto social- que fundamente su sistema de producción significante en el trabajo colectivo. Me pregunto si eso no está ya sucediendo.
Noviembre 15th, 2007 21:30
Queridos todos:
muchas gracias por los comentarios, lo importante es que comentemos. HAciendo el texto me he dado cuenta de que, en realidad, lo que hay en este tema -como en muchos otros- es una gran ceremonia de confusión que se celebra, se orquesta y se ve dejándonos confundir.
Por otro lado, pediría a dan hauser que aclarara un poco qué es lo que quiere decir con su última frase. también le pediría que pusiera en un lenguaje más llano su comentario, para que lo llegue a aprehender en toda su dimensión. No entiendo muy bien si lo que sugiere es que ya hay gente negándose a colaborar o todo lo contrario.
Seguimos!
todavía queda un mes!
gracias otra vez
Noviembre 19th, 2007 16:55
Lo sé, es muy largo y es un poco off-topic. Pero me cuesta discutir sobre cualquier aspecto de la política cultural sin citar este texto de 1984 de Sánchez Ferlosio.
La cultura, ese invento del Gobierno
Rafael Sánchez Ferlosio
El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de “Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola”, los socialistas actúan como si dijeran: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador”. Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor.Aún agrava las cosas el hecho de que tales criterios se los imiten todos: la oposición, los Gobiernos autonómicos, las cajas de ahorro, los organismos paraestatales, etcétera. Confieso que tal vez esté yo esta mañana un poco fuera de mí para escribir con la serenidad debida, pero es que acabo de recibir la gota que colma el vaso: es una carta cuyo infeliz autor va a sufrir por mi parte la injusticia de pagar por todos, ya que, como botón de muestra de la miseria a la que me refiero, considero apropiado transcribirla. Es del jefe de un organismo paraestatal (y no sé si hago bien callando nombres), que sin conocerme de nada me tutea, y dice así: “Querido amigo: / Te escribo para invitarte a participar con un texto tuyo, (sic por la coma) en un catálogo de una exposición que deseamos sea un tanto distinta. Se trata de una muestra de pintores actuales, que en lugar de pintar lienzos lo harán sobre abanicos. Sin embargo, no es una exposición de “abanicos” (sic por las comillas), sino que el soporte no será un lienzo. Por tanto, los abanicos son de gran tamaño, y los pintores tienen libertad absoluta para pintarlos, romperlos, jugar y lo que se les ocurra. / Estos soportes los hemos conseguido de China, Japón, y algunos más pequeños, Valencia. / Para el catálogo, nos gustaría que nos mandaras si aceptas, (he renunciado ya antes a seguir poniendo sic) un texto de dos-tres folios, que se ha acordado retribuir con 50.000 pesetas. Hemos invitado a los principales prosistas y poetas, cuya aportación creemos que podría ser muy interesante, y entre los que encontrarás a muchos amigos. Nos gustaría tener el texto a principios del mes de febrero. / Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural, y esperamos que la presentación de la muestra, a principios de mayo, tenga un aire festivo y refrescante. / Un abrazo, NN”.
Fíjense no más: si yo, que conozco a poca gente, habría de encontrar “muchos amigos” entre esos “principales prosistas y poetas” y todos ellos van a salir a 10.000 duros por barba, ¿cuánto no va a costar sólo el catálogo de tan descomunal parida? Añádanse a ello las probablemente superiores cantidades que van a cobrar los artistas por hacer el gilipollas con los soportes -embadurnándolos, rompiéndolos o jugando con ellos con absoluta libertad, como prevé el proyecto-, los costos de impresión del catálogo -a todo color, supongo-, gastos de organización, programación, franqueo, propaganda y qué sé yo qué más, precio de los soportes, con sus fletes e impuestos aduaneros nada menos que desde China y Japón, y, por fin, despilfarro de canapés y de borracherías para “el acto inaugural”, que el ente en cuestión se complace en asegurar que, “siguiendo su (nuestra) costumbre, quiere (queremos) subrayar especialmente”, y se tendrá a cuánto asciende la factura de la “festiva”, “refrescante”, indecente y repugnante monada cultural.
El autor de la carta se aprovecha de que los llamados intelectuales, teniendo precisamente por gaje del oficio el de no respetar nada ni nadie, no pueden sentir respeto alguno hacia sí mismos ni, por tanto, se van a dar jamás por insultados al verse destinatarios de una carta así, como se darían, en cambio, los miembros de cualquier otro gremio. No es esa, por consiguiente, la cuestión, sino la del insulto que el hábito generalizado de tales despilfarros es para el presupuesto y el contribuyente, así como el mal ejemplo y la degeneración que para cualquier idea de cultura supone la proliferación de mamarrachadas semejantes, de las que el actual Ministerio de Cultura -precedido tal vez por algunos ayuntamientos socialistas- es el primer y más entusiástico adalid. Pero, aunque los intelectuales estén excluidos del derecho a sentirse insultados por nada ni por nadie, sí pueden dolerse íntimamente por la constatación de su propia nulidad, y nada se la confirma tan palmariamente como la incondicionalidad ante la firma que caracteriza los actuales usos del tráfico cultural. Cuántas veces, en los últimos tiempos, he tenido que soportar que me dijeran: “Nada, dos o tres folios sobre cualquier cosa, lo que tú quieras, lo que se te ocurra… ¡Vamos, no me dirás que si tú te pones a la máquina … !” Nadie te pide nunca nada específico, un desarrollo de algo particular que considere que has acertado a señalar en algún texto y, sobre todo, nadie te exige que lo que le envíes sea interesante y atinado; y así ves perfectamente reducido a cero cuanto antes hayas pensado y puesto por escrito y cuanto en adelante puedas pensar y escribir, para que solamente quede en pie la cruda y desnuda cotización pública de tu firma, sin que la más impresentable de las idioteces pueda menoscabar esa cotización; claramente percibes cómo, sea lo que fuere lo que pongas encima de tu firma, equivale absolutamente a nada.
(…)
En cuanto a la actomanía, ha llegado, en lo cultural, a impregnarse hasta tal punto del espíritu de la publicidad, que hasta llega a adoptar las formas económicas de la gestión publicitaria: en unos festejos culturales de Navarra, en los que tomé parte este verano, descubrí, para mi estupefacción, que el entero tinglado de los actos, financiados por el Gobierno de Navarra y la institución Príncipe de Viana, había sido completamente encomendado a la gestión de una agencia profesional especializada en montajes culturales. La promoción cultural ya tiene, pues, ella también, agencias, como la promoción publicitaria. La extensión del ejemplo del actual Ministerio de Cultura -especialmente por lo que se refiere a la universidad de verano Menéndez Pelayo, su más deslumbrante y escaparatero “peer en botija para que retumbe”-, envidiado e imitado por los departamentos homólogos de los Gobiernos autonómicos, los municipios, los entes paraestatales, bancos, cajas de ahorro o cualesquiera otras instituciones que tengan presupuesto cultural, se dirige resueltamente a un horizonte en el que la cultura, y con ella su misma concepción y su sentido mismo, se vea totalmente sustituida por su propia campaña de promoción publicitaria. La cultura quedará cada vez más exclusivamente concentrada en la pura celebración del acto cultural, o sea, identificada con su estricta presentación propagandística, tal como con paladina ingenuidad declara expresamente el autor de la carta transcrita al comienzo de este artículo: “Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural”.
La misma degenerativa y reductora concepción de la cultura está detrás del sonrojante eslogan La cultura es una fiesta, que ha hecho tanta fortuna, y al que Santiago Roldán, rector de la Menéndez Pelayo es, por lo visto, un adicto cordial y convencido. El prestigio de la fiesta y de lo festivo parece haberse vuelto hoy tan intocable, tan tabú, como el prestigio de el pueblo y lo popular. No se diría sino que una férrea ley del silencio prohíbe tratar de desvelar el lado negro, oscurantista, de las fiestas, lo que hay en ellas de represivo pacto inmemorial entre la desesperación y el conformismo, y que, a mi entender, podría dar razón del hecho de que en el síndrome festivo aparezca justamente la compulsión de la destrucción de bienes o el simple despilfarro. Si esta suposición es acertada, dejo al lector la opción de proseguir la reflexión sobre lo que, para el contenido interno del asunto, podría significar y aparejar esa total identificación entre cultura y fiesta; yo, por mi parte, seguiré aquí ciñéndome al aspecto más externo.
(…)
Sintetizando, en fin, con un ejemplo: puesto que, por una parte, la cultura es una fiesta, y las fiestas están obligadas a ser caras, una escenografía teatral barata, como lo es la cámara de cortinas, hallará resistencias entre los promotores, por el temor típicamente hortera de que el espectáculo pueda ser tachado de pobretonería o hasta indecencia; y puesto que, por otra parte, la cultura no ha de ser elitista, sino popular, de nuevo el uso de la cámara de cortinas se verá rechazado por el grave defecto de su carácter elitista. De modo, pues, que la cámara de cortinas -el más espléndido invento formal de la antigua vanguardia-, por el doblado achaque de no ser ni popular ni cara, sino, por el contrario, barata y elitista, se verá repudiada por los actuales promotores culturales, como algo doblemente indeseable, constituyéndose incluso en paradigma de lo que según ellos no hay que hacer.
Pero estos gobernantes socialistas, que a veces gustan de proclamarse machadianos, o no han frecuentado mucho el aula de Mairena, o ya ni lo recuerdan. Cuando Mairena expuso su proyecto ideal de centro de enseñanza, contraponía claramente una posible Escuela Superior de Sabiduría Popular, como lo rechazable, frente a una posible Escuela Popular de Sabiduría Superior, como lo deseable. Así que lo que Mairena propugnaba podría, muy ajustadamente, designarse como elitismo barato, en el que, por afectar la baratura tan sólo a la actividad de la enseñanza, no al saber enseñado, la tal escuela podía permitirse concebir la aspiración de llegar algún día a hacer mayoritario ese saber. La política cultural de este Gobierno hace lo exactamente inverso al elitismo barato de Mairena: un populismo caro; mejor dicho, carísirno, ruinoso. Aunque, eso sí, “festivo y refrescante”, sobre todo si en el concepto de refrescos entran también los vinos y licores.
(EL PAIS, 22-11-1984)
Noviembre 21st, 2007 11:47
No me acaba de quedar muy claro cómo cree el autor de este artículo que deberían ser las instituciones culturales. ¿Cuál es el problema? ¿Que la selección de contenidos es incorrecta? ¿La explotación laboral de sus trabajadores? Lo pregunto porque me parece falsa la idea, muy extendida, de que en los circuitos off-off hay programaciones innovadores y refrescantes. A veces las hay, pero no son ni mucho menos abundantes. De hecho, a menudo se ve un intento absurdo de replicar a pequeña escala lo que se ha visto en las grandes instituciones. O bien un victimismo autocomplaciente: imagino que debe haber algún otro tema artístico al margen la manipulación de la virginal pureza del creador a manos del mercado, los críticos y los galeristas. Lo que es verdad es que las buenas programaciones resultan mucho más baratas, eficaces, agradables y sensatas en los circuitos independientes que en las grandes instituciones, donde la maquinaria burocrática es una gigantes fuente de disparates.
Noviembre 23rd, 2007 21:53
Me gusta mucho el texto de Alberto Nanclares por lo bien que está escrito y porque enuncia una serie de “problemas” o situaciones reales que efectivamente se dan en el ámbito de la gestión cultural. No obstante echo de menos algo de autocrítica y algún tipo de enunciación de soluciones para tratar de romper con estas tendencias.
Creo que nuestra generación, aunque comienza a tomar conciencia de su pertenencia a la “sociedad de la información” parece que todavía tiene mucho que aprender de las formas horizontales e integradores de trabajar y de relacionarse que implica ese libre flujo de información característico de la era Internet. Todavía se guarda con celo la agenda y resulta muchas veces difícil encontrar apoyo simbólico entre miembros de la misma generación. Por ello en esa loca carrera por asaltar los cielos acabamos reproduciendo, con más celo incluso que nuestros mayores, esos rígidos sistemas jerárquicos basados en la acumulación de capital simbólico que hacen difícil el “ascenso” de lo nuevo entendido de manera colectiva más que a través del triunfo de ciertos individuos.
Por otro lado, me parece que muchas veces lo joven está mejor atendido que lo no joven por parte de las instituciones -es siempre “más vistoso” un artista joven que uno de 50 años-. De hecho no hay ciclos del tipo: “Tenemos 45 años, no hemos conseguido triunfar en el mundo del arte, ¿y ahora qué hacemos?” y sí numerosas charlas, premios, ayudas, encuentros y debates que de una manera u otra rondan el tema de la barrera generacional. Y aunque no creo en el “conflicto generacional”, sí que me parece importante, como gestora cultural, dar espacio a los “jóvenes valores” en igualdad de condiciones. Es decir, no aprovecharse del artista inexperto dándole proyectos precarios ni premiar al consagrado con los buenos proyectos; pero tampoco dar de lado al artista maduro porque no case con la imagen de modernidad que se pretenda dar en un momento determinado.
En fin, creo que romper con el tapón generacional pasa por acabar con esas rígidas jerarquías que lo alimentan, por compartir la información y colaborar en igualdad de condiciones, pero no sólo entre miembros de una misma generación.
Noviembre 30th, 2007 21:11
Coincido plenamente en el completo análisis de Alberto Nanclares sobre el estado de la cuestión generacional en el mundo del arte y la cultura, tan solo me gustaría hacer una pequeña reflexión a partir de una anécdota que viví hace un par de semanas, durante mi asistencia al que creo debió de ser el primer congreso sobre gestión cultural que se celebra en españa, organizado por el Ministerio de Cultura.
Mas allá del interés de algunas ponencias y/o ponentes, hubo un comentario de uno de ellos que se me quedó grabado y me estuvo viniendo a la mente durante muchos días después del congreso cada vez que analizaba mi situación vital y laboral como gestor cultural.
La frase en cuestión fue una de las que le sirvió a este por otra parte interesante profesional de la cultura (decir el nombre no aportaría nada interesante a la cuestión) para introducirse en el tema a tratar, la situación actual del campo de la gestión cultural, y vino a preguntarse en voz alta que “¿que les pasa a los jóvenes de hoy en día? El problema es que lo único que quieren es trabajar en multinacionales”, de lo cual se derivaba no sólo uno de los prejuicios más tópicos sobre el genérico “la juventud de hoy en día”, sino además que este hombre debe de creer en esa visión romántica donde los jóvenes de hoy en día son como ovejas adocenadas y adormiladas y los de generaciones anteriores auténticos luchadores por los derechos y las libertades de su generación.
Desconozco si realmente la juventud española desea locamente trabajar en multinacionales, o si dichas multinacionales sencillamente son percibidas como “estables”, requisito casi imprescindible hoy en día para poder pagar la hipoteca o tratar de vivir dignamente, pero lo que si tengo claro, en primer lugar, es que esas “multinacionales” fueron creadas por gente de su generación, lo cual debería al menos darles la humildad o sensibilidad para reconocer que nuestro mundo es el que ellos soñaron, y nosotros sencillamente tratamos de manejarnos en él de la manera mas digna posible.
El caso, ya centrándome en el campo de la gestión cultural, es que creo que el verdadero tapón generacional se encuentra en la idea que sobre la juventud actual tienen estos selfmade man de la cultura. Nuestra generación no parte de la nada en este campo ni tiene la obligación de crear casi desde cero un universo de infraestructuras y programas culturales, sino que nuestra misión en todo caso es la de la profesionalización de lo que las generaciones han ido construyendo con esfuerzo y sin una brújula que les indicase el camino. Y aquí surge el problema, y es la desconfianza que parece que las generaciones anteriores sienten hacia los nuevos valores, hacia los jóvenes que llegan con formación y ganas de hacer las cosas bien.
¿Y en que se traduce esta desconfianza generacional? Muy sencillo: en precariedad laboral. Si no confías demasiado en el trabajo del de al lado quizá no le otorgues las condiciones que a su desempeño le corresponden. Como apuntaba Manuela Villa, lo que realmente se hecha en falta es la horizontalidad en las relaciones laborales y, sobre todo, la igualdad de condiciones, no por ser joven uno debe aceptar necesariamente peores condiciones trabajando el mismo numero de horas y en los mismos niveles de responsabilidad.
Resumiendo, la desconfianza de nuestros amigos los selfmade man hacia la juventud es una de las ideas que se encuentran en la base del por qué no hay un cambio generacional lento pero efectivo, y ante todo necesario, dentro del mundo de la cultura.
Para acabar en positivo, (nada mas lejos de mi intención pintar un panorama desolador pues no lo es en absoluto) creo que la manera de luchar contra esta nuestra precariedad es confiar en uno mismo, no aceptar lo inaceptable (en la medida de lo posible) y trabajar en la reeducación de nuestros queridos selfmade man de la cultura ayudándoles a superar sus (por otro lado casi entrañables) prejuicios generacionales..
Diciembre 10th, 2007 15:39
Se dice que recientemente uno de los dos propietarios de una de las empresas privadas de gestión cultural con más volumen de negocio, decano ya del sector, conferenciante y reconocido, perteneciente pues a nuestra precedente generación, hizo este comentario al saber que un empleado de inminente incorporación aportaba una larga historia de amor hacia la compañía: “Perfecto, así podremos pagarle menos”.
Que sea leyenda urbana o realidad no es importante, porque no me cabe duda de que no sólo palabras de esta guisa, si no completas cosmovisiones similares menudean por las cúpulas de instituciones y empresas de gestión cultural.
Destacamos todos la vampirización de la sangre nueva de gestores (formados o autodidactas) de mano de los “pilotos culturales”, pero este fenómeno es el mismo que se ha dado y desgraciadamente se dará en cualquier otro sector: el joven mama hasta que pueda comer huevos, y para tener derecho a ellos, tiene que demostrarlo mamando bien, con buena letra, sin miradas contrapicadas y sin rechistar… En este periodo de la vida, unos soportan más que otros, y los que muestran indicios de rebelión, son apartados o desatendidos. Puede darse que algunos se pasen entonces al underground (o permanecen en él), donde igualmente se malvive, pero libre de presiones superiores. Los menos de entre ellos un buen día pueden ser reclamados y optar a ser recuperados por la maquinaria que los expulsó y volver a trabajar para ella con una nueva identidad de modernidad, frescura, creatividad y demás atributos de etimología publicitaria adquiridos en el trabajo en la alternativa cultural. (Donde por cierto se pueden encontrar sistemas de trabajo más efectivos, horizontales, con canales bidireccionales en red que todos, coetáneos, ya sean de ésta o aquella generación, deberíamos al menos conocer.)
En este proceso vital, encima, nuestro sector afecta aún más al ser la Cultura “eso” que para el lóbulo económico de los gobiernos es raro, intangible, no ponderable, pero hay que mantener como parte de la dieta del pueblo. Es un sector flexible, donde los resultados (los primigenios, no los de taquilla) no se miden con calculadoras, y donde la subjetividad, gustos personales y ojo crítico son los monitores que determinan lo Bueno y lo Malo. El apego, la confianza y la productividad del trabajador cultural se mide con metrajes de unidades maleables, no proporcionales, y si me apuro, no se miden: se perciben.
El gestor cultural es una figura rara, mixta, como una nueva especie híbrida entre administrador, productor, comisario e incluso artista y creador; una definición que a los dinosaurios de las cúpulas, criados en yermos culturales, con poca variedad alimenticia, puede causarles inquietud por una temida potencia (ay, los JASP), o indiferencia por desconocimiento del potencial. ¿Puede encontrarse ahí una razón a la falta de entendimiento y de apoyo?
Con esto quiero decir que nuestra desprotección no es un mal endémico únicamente de la Cultura, si no de la Juventud en sí. Como decía Portellano, ellos creen que mantenemos como algodones las plantas de los pies, y las manos “neutrogenadas”, allí donde ellos se las molieron y encallaron. Eso nos hace apocados, ñoños e inmaduros. Pero deberían exculparnos por obligarnos a trabajar el medio protegido que ellos se inventaron.
Afortunadamente los dinosaurios se extinguen, y aquella domingada de “la arruga es bella” ya pasó de moda. El esfuerzo que creo que debemos hacer, cuando se nos salgan los huevos a dos carrillos por la boca, es no cometer las torpezas estratégicas en RR.HH, y (¡por Dios!), remunerar las prácticas, reducir el voluntariado, atender el apartado académico de los CVs en los contratos, aumentar las becas de formación y, en general, ser majos.
Ojalá que los “así podremos pagarle menos” sí se extingan.
PD. Una última cosa, hablaba Manuela de la emergencia artística y la juventud: el artista emergente ¿es el joven de edad o de obra?
Diciembre 12th, 2007 16:02
Hola amigos,
¿Porque convertir lo que podría ser un interesante intercambio en una lucha de entre generaciones o una “rifa” de adivinanzas?
Aportemos soluciones que seguro las hay.
En mi opinión éstas se derivan de un diferente entendimiento de la relación artista - gestor - público.
Aqui estamos hablando básicamente de la precariedad de los gestores jóvenes, cuando este es un síntoma más que una enfermedad. Esto lo adelantaron otros textos de arriba, pero en mi opinión la pérdida de el concepto de lo estético (es decir el comprensión entre creación y apreciación) es lo que deja a la deriva el barco de la GESTIÓN entendida como vehículo.
Y es que para mí el gestor tiene un papel vital de filtro, embudo, o colador. Quien sabe. Pero tiene un poder en su manos. Unos mas y otros menos.
A menudo somos meros programadores, como dice Nanclares, de espectáculo acabado y esperanza de aplauso, cuanto más fuerte mejor. Pero existen hoy en día fórmulas para demostrar que esa programación tuvo un éxito, dejó un poso en definitiva SIRVIÓ.
Sólo hay que preguntar al púlico y existen demasiados medios. Ellos tambien “pintan algo” en todo esto. Y ellos son quienes nos pueden dar “la razón” (si es que existe alguna para justificar algo o necesidad de ello).
Ahora, bien como dicen, ¿hay una confianza en la opinión del público? ¿Estamos/estan aborregados?
Quizá huimos de una tendencia general, porque queremos crear otra. Pero hoy en día y fruto de las experiencias múltiples en este mundo globalizado, sabemos que no podemos hacer otra cosa que fomentar la diversidad.
Y eso incluye el gusto,la apreciación. Mientras haya masas de público intimidadas (por la publicidad u otros medios peores), no habrá nada que hacer, porque el artista o gestor creativo, actuará para unos pocos y mal avenidos.
Para mí la solución esta en la educación, con el riesgo de caer en tópicos. Un público abierto no es el que tiene mucha oferta y elije una, sino el que tiene un motivo para ir al único concierto en su pueblo ese año.
Eso se educa, pero para ello necesitamos una sociedad verdaderamente libre. Quizá imposible pero merece la pena intentarlo.
Diciembre 22nd, 2007 17:16
Hola amigos,
POr si alguien escucha la mesa redonda, que nadie busque el libro “Malher y las vacas de hegel” jejeje porque no lo encontrarán.
Estuve buscando y la referencia correcta es:
“El alma de Hegel y las vacas de wisconsin” de Alesaandro Baricco creo que en la editorial siruela.
El título casi igual, jejeje. Discúlpenme los asistentes.
Un saludo para todos