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Fotografía Francisco Sánchez, Adolfo Sánchez y Manuela Zarza
Todo comenzó en mi despacho. Domingo Sánchez Blanco se sentó, por pura casualidad, bajo la estantería donde tengo acumulados los libros de Foucault, Deleuze, Bataille & cía. Charlábamos o, mejor, divagábamos sobre toda clase de cosas. Sin venir a cuento apareció el nombre de Pierre Klossowski que, precisamente, estaba a la altura de la calva de mi invitado. Le mostré El baño de Diana, que yo mismo había tenido que prologar, ante la deserción de un crítico que presuntamente sabía algo de la cosa, con un esfuerzo descomunal de una semana. Todavía recuerdo el estado febril, a principios de los años noventa, en el que ejecuté ese cometido, dentro de la cama, en estado de trance. Desgrané, precipitadamente, algunas ideas de este personaje singular y, sobre todo, hice hincapié en «las leyes de la hospitalidad».
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