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El secuestro de Europa
Entrevista con Peter Gowan
Carolina del Olmo

FOTOGRAFÍA LUIS ASÍN

Frente a la extendida consideración de los grandes desarrollos económicos y políticos como procesos sin sujeto, usted insiste en que hay personas e instituciones que diseñan estrategias orientadas a modificar la estructura del poder social. ¿Quiénes son estos sujetos?

Es posible que en ocasiones haya exagerado la dimensión unilateral y táctica de algunos procesos y proyectos, pero es que la gente suele ignorar que, en efecto, existe una acción estratégica y que, muy a menudo, las justificaciones o explicaciones de una acción difieren bastante de sus objetivos reales. Una respuesta general a esta pregunta vendría a decir que, tanto en las sociedades capitalistas europeas como en Estados Unidos existen diferentes clases sociales que crean sus propios líderes en los ámbitos de la economía, de la política o de las grandes estrategias que combinan ambos campos. Se trata de un proceso informal, al margen de las instituciones, que resulta casi invisible. En el caso de la Unión Europea ha existido y existe este tipo de red de elites implicadas en una actividad política emprendedora, que tratan de impulsar ciertos proyectos a través de las instituciones de la Unión. Giscard D’Estaing es un ejemplo obvio. También está el belga Davignon, otro líder político-económico de la clase empresarial. A menudo también los banqueros desempeñan un papel importante, ya que la actividad de sus bancos les proporciona una amplia visión de la economía. Esta gente se reúne de manera informal, debate, desarrolla proyectos…

De modo que realmente hay gente pensando activamente en cómo hacerse con el poder…

En efecto, pero no es que simplemente ocurra, es que tiene que ocurrir. El capitalismo es un sistema de clases cuyas instituciones niegan las clases. Las instituciones del mercado, por ejemplo, las reemplazan por consumidores vinculados contractualmente y por compañías individuales que compiten entre sí. De igual modo, las instituciones políticas del capitalismo liberal niegan las clases y las sustituyen por ciudadanos o grupos de interés. Y dado que la lógica de los mercados y la lógica de la política en un nivel institucional son muy diferentes, tienen que existir instituciones que pongan en marcha mecanismos de coordinación entre ambas, como el poder ejecutivo, donde se combinan lo económico y lo político. Pese a todo, los burócratas y miembros del ejecutivo a menudo carecen de visión prospectiva y por eso les viene muy bien contar con gente como Giscard D’Estaing.

En La apuesta por la globalización relacionaba la Guerra de Yugoslavia con los conflictos geopolíticos entre Europa y Estados Unidos. También su explicación de la Guerra de Irak se aleja de las interpretaciones al uso.

Bien, en primer lugar es importante tener en cuenta que, con el colapso del bloque soviético, se derrumbó nuestro viejo orden en un sentido más profundo de lo que generalmente se reconoce. Por mucho que los medios de comunicación y los discursos oficiales insistieran en la permanencia y solidez de las instituciones de los países occidentales, lo cierto es que la estructura del orden en Occidente descansaba sobre la premisa de un enfrentamiento militar con la Unión Soviética, un enfrentamiento que había otorgado a Estados Unidos la primacía sobre los aliados. Y lo que muchas veces se pasa por alto –pese a que se explica con todo detalle en los documentos estratégicos estadounidenses– es que para Estados Unidos lo más importante no es, como suele creerse, mantener unos enemigos contra los que luchar o a los que eliminar; lo más importante es el liderazgo y el control efectivo de sus aliados. ¿Por qué? Porque constituyen los centros alternativos de poder y liderazgo económico en el mundo capitalista y porque, en la medida en que controlas estos centros, tu poder se multiplica enormemente en todas partes.

Con el hundimiento del bloque soviético, se derrumbó también parte de la base del dominio estadounidense sobre sus aliados, especialmente Alemania y el resto de Europa Occidental. A partir de la década de los noventa la política de Estados Unidos parecía limitarse a reaccionar a tal o cual acontecimiento mientras la estructura general seguía intacta, pero no era así. La política estadounidense reciente ha consistido, más bien, en un intento de reconstrucción de un nuevo orden mundial que, según el acuerdo de todos los líderes estadounidenses, debía permitirles restablecer su primacía sobre el resto de los centros capitalistas. Por eso resulta imposible comprender lo que ocurrió en los Balcanes sin entender la política de Estados Unidos. ¿Cuál iba a ser el nuevo orden europeo? ¿Un orden bipolar con Europa Occidental a un lado y Rusia al otro que resultara en una Unión Europea unida y autónoma? ¿O sería de nuevo un orden dirigido por Estados Unidos a través de la OTAN? Los Balcanes fueron la cabina de mando desde la que Estados Unidos trató de restablecer su liderazgo sobre Europa.

Durante algún tiempo, parecía que el resultado de todas estas tensiones iba a ser un proyecto de globalización económica compartido por todo el mundo atlántico, una economía mundial liberalizada con normas decididas conjuntamente entre EE UU y Europa. Pero esto significaba que la principal baza política de Estados Unidos, su poder militar, iba a utilizarse sólo como último recurso contra quienes plantearan serios problemas al proyecto de globalización. En definitiva, el resultado de todo esto era que casi todas las grandes cuestiones políticas mundiales se resolverían en un terreno en el que el poder de Estados Unidos se vería mermado.

La Administración Bush comenzó su legislatura diciendo que quería algo diferente y la expresión que utilizó fue que iba a construir «alianzas fuertes». En su lenguaje, esto significaba que iba a crear alianzas hegemónicas con el fin de someter a sus aliados a un control más firme. Desde el principio, antes incluso del 11-S, consideraron que su poder militar era crucial en cualquier asunto de política internacional, de modo que, entre otras muchas cosas, decidieron no reconocer ningún tratado de control armamentístico e infringir el Tratado sobre Misiles Antibalísticos, se deshicieron sin miramientos de dos de los éxitos de la diplomacia europea –a saber, el Protocolo de Kyoto y el Tribunal de Justicia Internacional– y optaron por poner fin a los esfuerzos por evitar un enfrentamiento militar en la Península de Corea a través de la «política de mano tendida» o Sunshine Policy.

Y después, por supuesto, está el 11-S. Si lees artículos periodísticos como los de Nicholas Lemann en The New Yorker, la palabra clave es «oportunidad»: una magnífica oportunidad para situar el poder militar estadounidense en el meollo de los acontecimientos. A través de la supuesta guerra contra el terrorismo, una trampa para atacar Irak, se trataba de remodelar las relaciones con los países capitalistas más importantes. La Administración Bush desarrolló los planes de ataque a Irak de manera que enfurecieran a los aliados europeos y que incluso los enfrentaran: la Unión Europea debía dividirse geopolíticamente entre los leales a Estados Unidos y los desleales. Desgraciadamente, las maniobras orientadas a construir un nuevo orden mundial suelen quedar fuera del debate público sobre política internacional, que siempre gira en torno a unos tipos malvados que provocan reacciones en unos aliados que de otra manera serían aquiescentes.


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