Tres maneras de mirar a Albert Pla
Nacho Vegas

PLA Y EL TEATRO ALFIL

Hace unos tres años Albert Pla actuaba en el teatro Alfil de Madrid, un sitio más que recomendable y que puede presumir de tener personalidad propia. Pla llevaba casi un mes presentando allí su álbum Cançons d’amor i droga, acababan de ampliar un par de fechas y yo tuve la fortuna de estar en Madrid en esos días. Llegué un poco tarde, pero aún no había empezado la función. Pedro Páramo, manager de Albert, estaba en la puerta con aspecto satisfecho. Le oí decirle a alguien de la compañía discográfica que Albert estaba espléndido cada noche. Y no se equivocaba. Con el genial Supone Fonollosa Pla ya había hecho algo en el Alfil, pero todo apuntaba a que esto iba a ser distinto y yo no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar. ¿Una función teatral, un concierto? ¿Un híbrido? Le tengo especial manía a eso que llaman performances o happenings, porque no sé muy bien lo que son y de hecho dudo que los que se dedican a ello lo sepan. Y vaya, se decía que lo que Albert Pla estaba representando era algo de aquello, así que estaba aterrado. Pero mis prejuicios desaparecieron aquella noche en el Alfil. Porque del mismo modo que Leonard Cohen es uno de los pocos, si no el único, cantante y poeta que sabe cómo hacer que ambos lenguajes realmente se toquen y se fundan en uno, de Albert Pla se puede decir que es de los pocos, si no el único, cantante y actor que combina de manera tan especial las dos disciplinas, creando un idioma auténtico donde otros se hubieran quedado en el burdo pastiche. Las canciones se escriben, igual que la poesía. Y los cantantes actúan, igual que los actores. Pero no siempre hacer una cosa bien implica hacer igual de bien la otra. Tal vez Albert no sea un actor versátil, de los que pueden interpretar cualquier papel; tal vez nunca lo veamos recoger un Goya (aunque, ¿quién sabe?), pero lo que es seguro es que sale a escena habiendo construido un personaje, su personaje, que aunque sea uno solo contiene multitudes y le permite hablar a través de él aquellas cosas que no puede verbalizar de otro modo, le permite vomitar emociones entre fobias, filias y exabruptos, entre historias, retratos y declaraciones de principios. Pla, acompañado únicamente por Judit Farrés, comenzó a escenificar su disco y de golpe me vi sumergido en su universo de pasiones y obsesiones mundanas. Aquella noche salí del Alfil y mientras caminaba por Malasaña sentía que me habían sacudido fuerte y que así es como tenía que ser. Se trataba de eso, y de ninguna otra cosa más.


EL HOMBRE QUE CASI CONOCIÓ A ALBERT PLA

Como ya me ocurriera en otras ocasiones con otra gente, y no me pregunten por qué, el caso es que conozco a alguien que conoce a alguien que casi conoce bastante bien a Albert Pla. Se supone que fue en Gijón en mil novecientos noventa y no-sé-cuántos, una noche en la que Pla acababa de dar un concierto. Era un día de entre semana de otoño, así que las calles estaban vacías. Mi conocido, llamémosle Q., caminaba por el paseo marítimo cuando vio acercarse a un hombre delgaducho de nariz prominente y sonrisa kilométrica que iba vestido con pantalón de chándal y camiseta de Extremoduro. Al principio pensó que era un yonqui. Luego reconoció a Albert Pla, que se paró enfrente de él.


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