Construyendo un país sin mapa
Entrevista con Gonçalo M. Tavares
Félix Romeo

Publicaste tu primer libro en 2001, pero desde entonces no has parado...

Escribo intensamente desde los veinte años, pero, intencionadamente, no quise publicar pronto, no antes de los treinta años. Primero, encontré que era fundamental el aislamiento. Ir viviendo y al mismo tiempo leer y escribir. Durante diez o doce años, me levanté muy temprano. Soy muy disciplinado, lo que es un inconveniente y también, a veces, una ventaja –la disciplina cuando es autoimpuesta puede volver los músculos más fuertes–. Me levantaba a las 5:30 y a las 7:00 estaba en mi escondite, donde leía y escribía. Un filósofo que me gusta especialmente, Kierkegaard, decía que sólo es posible tener una buena vida si tenemos un buen escondite, y que tener un buen escondite es tener una buena vida. Siempre intenté encontrar un buen puesto de vigilancia del mundo. Sentí, no sé bien cómo, desde muy pronto, que después de publicar – de volverse público algo– las cosas cambian, decidí por eso aplazarlo lo más posible. Publiqué con treinta y un años el primer libro, salieron en seguida otros, todos estaban ya escritos cuando salió el primero. Tengo otros libros, de esa fase del escondite y de fases más recientes. Llevo siempre algunos años de adelanto entre lo que escribo y lo que publico. Eso me permite defenderme de lo que va sucediendo a mi alrededor y ganar una cierta distancia casi estoica: no soy lo que me sucede, intento seguir un poco este mandamiento. Y por otro lado, tengo tiempo para mirar los libros que escribí y cortar, cortar sin piedad, porque al menos espero un año o año y medio entre la escritura –el momento creativo, digamos– y la publicación. Y antes de publicar corto, altero y corto de nuevo, algo que no sería capaz de hacer si publicase inmediatamente después de escribir. Para que te hagas una idea: un libro de cuentos recién editado en Portugal, lo escribí hace casi doce años. Estuve doce años ganando fuerza. Pero si alguien mira el original y el publicado, verá que parecen casi dos libros diferentes: cambié y corté muchísimo. En fin, utilizo mucho el tiempo para ayudarme en la revisión de un libro.


¿En qué consiste tu proyecto «Barrio»?

Primero escribí El señor Valéry, que fue el primer señor, e inicialmente iba a parar ahí. Pero después fue apareciendo la voluntad de escribir uno y otro, y la idea de barrio fue creciendo. El orden de aparición de cada uno de los señores en el barrio no tiene un programa previo. Aunque imaginario, es un barrio, por lo tanto hay personas que se pueden mudar súbitamente allí, y hay otras que se pueden marchar. Los habitantes están vivos y, por lo tanto, se mezclan, cambian de sitio. De cualquier modo, en un dibujo que acompaña los libros aparecen ya posibles habitantes del barrio. Son varios señores que visualizo como posibles personajes, personajes lúdicos. Y entre ellos están el señor Kafka, el señor Pessoa, el señor Proust, etc. El proyecto del barrio tiene ya un esbozo de continuidad –se presenta un conjunto de personajes que ocupan un apartamento en este barrio–. Casi todos están por escribir, aunque ya los he visualizado. Es un proyecto de muchos años, para toda la vida. Es un poco como si fuese una historia de la literatura, pero hecha de forma narrativa. Encuentro que al final del proyecto, de aquí a muchos años, quien lea el Barrio podrá tener una idea de la historia de la literatura, pero a partir de ficciones.


¿Y tus «libros negros»?

En España ya han salido Un hombre: Klaus Klump y La máquina de Joseph Walser. Estas novelas, juntamente con Jerusalén, que todavía no se ha publicado, y otro libro más, forman parte de una tetralogía, a la que llamo «El Reino»: tienen vínculos entre sí y, de alguna manera, intentan investigar el Mal, la forma en que surge y se desenvuelve; y también cómo el Mal, a veces, tan extrañamente como aparece, desaparece. Estas novelas son la parte más dura de mi escritura. Creo que la literatura debe encantar y desencantar. Desencantar, etimológicamente, viene de la idea de interrumpir la canción. Encantar es de alguna manera hipnotizar con la voz; por tanto desencantar es precisamente interrumpir la canción: provocar un silencio súbito en medio del ruido normal. Mis novelas buscan ese silencio incómodo. Es como si alguien estuviese bailando entusiasmado con el ritmo de una canción y, de repente, alguien desconectase la música y dijera: paremos la diversión, venid a la ventana para ver el accidente, ha habido un atropello. Esta interrupción para apuntar a lo que está sucediendo fuera provoca una gran incomodidad e inquietud, pero a veces es necesario interrumpir la canción.


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