Drohobycz, 4 de marzo de 1936
Querido señor
1,
Su carta me ha complacido mucho, nunca pensé que fuera a tomarse en serio su promesa. Antes, las cartas que yo escribía eran la razón de mi existencia, constituían mi única producción literaria. Es una lástima que no podamos retrotraer nuestra correspondencia hasta esa época. Hoy ya no sé escribir. Mirando hacia atrás en el tiempo, esa época que sin embargo no es tan lejana, me parece rica, plena y rebosante en comparación con la grisalla y dispersión actuales. Su escritura me gusta: yo siempre me he entendido bien con las personas que tienen ese modo escritural.
Usted sobreestima las ventajas que tiene vivir en Drohobycz. Lo que aquí echo de menos es, justamente, el silencio: ese silencio íntimo y musical del péndulo que oscila apaciblemente, sumido en su propia gravitación, la línea pura de su trayectoria que no turba ninguna influencia extraña. Ese silencio sustancial, positivo, colmado, es ya casi una creación en sí mismo. Las cosas que –me parece– quieren expresarse a través de mí, ocurren en un cierto umbral de silencio, se forman en un medio donde reina un perfecto equilibrio. La tranquilidad de la que gozo aquí –una tranquilidad mayor que la de esa época feliz– tampoco basta para alimentar esa «visión» cuya sensibilidad y exigencia no dejan de crecer. Cada vez creo menos en ello. Porque lo que se necesita, justamente, es una fe ciega, una especie de crédito ilimitado. Sólo unificadas por esa fe, las cosas surgen en nosotros aceptando penosamente su existencia –hasta cierto punto.
Lo que dice a propósito de nuestra infancia artificialmente prolongada –de nuestra inmadurez– me desconcierta un poco. Me parece que la clase de arte que me agarra el corazón es justamente una regresión, una especie de vuelta a la infancia. Si se pudiera invertir el curso de la evolución, y regresar a la infancia por senderos desviados, gozar una vez más de su plenitud y su inmensidad, veríamos finalmente cumplida esa «época genial», esos «tiempos mesiánicos» que las mitologías siempre nos han prometido e, incluso, afirmado su advenimiento. Mi ideal es ser lo suficientemente «maduro» para volver a encontrar la infancia. En mi opinión, la verdadera madurez sólo consiste en eso.
Vivo aquí en la mayor soledad. Me he impuesto el triste deber de visitar a un amigo que se está muriendo de cáncer
2. La primavera despierta en mí nuevos deseos: deambular en compañía de alguien, ir de camping como los colegiales. Quizá un amigo pintor venga a verme.
Prefiero no hablar de mis trabajos. Son insignificantes, fútiles.
Si ve a Witold
3, transmítale mi amistad. Dígale que no se enoje si aún no le he escrito.
En fin, le agradezco que no me haya olvidado, y le ruego que crea en mis mejores sentimientos.
Bruno Schulz
¡Déme noticias suyas y no deje de escribirme!
1 Schulz conoció a Andrzej Plesniewicz en Varsovia, durante el invierno de 1936, al comienzo de su excedencia de seis meses que comenzó el 1 de enero.
2 Emanuel Pilbel, nacido en torno a 1893 e hijo de un conocido librero de la ciudad, fue compañero de escuela de Schulz y un buen amigo, hasta que murió de cáncer en Drohobycz en 1936. La librería de su padre no sólo fue la fuente de la amplia erudición del joven Schulz en materias como la filosofía, las literaturas extranjeras, la historia del arte, la psicología o la estética, sino que también sirvió de lugar de reunión para los jóvenes amigos, que discutían de arte y literatura también con Stanislaw Weingarten (asesinado por los alemanes en Lódź) y Michal Chajes.
3 Witold Gombrowicz.