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En la tierra carnal
Entrevista con Allen Ginsberg
Steve Silberman
Cinco meses antes de que Allen Ginsberg muriera, le enseñé por primera vez la World Wide Web. Fue con ocasión de una entrevista para HotWired, el sitio web de la revista Wired. Conocía a Allen desde hacía veinte años. Había sido su alumno y su asistente en el Instituto Naropa, la universidad fundada por el maestro budista de Allen, Chögyam Trungpa Rimpoche, y desde entonces fuimos amigos.
Le mostré a Allen un motor de búsqueda y tecleé su nombre. Aunque la Red era aún muy joven, arrojó miles de vínculos. Allen suspiró y dijo: «doy gracias a Dios por no saber utilizarlo». Aunque es posible que no entendiera con exactitud lo que era la Red, yo sabía que él apreciaría el poder hablar con miles de personas de todo el mundo a través de un medio nuevo. En los cincuenta, Allen y sus amigos de la Generación Beat, como Jack Kerouac y Gary Snyder, habían creado una suerte de «Internet» propia, lanzando cientos de revistas de poesía y pequeñas editoriales. «Escribir el poema es sólo la mitad del trabajo creativo», dijo en una ocasión la poeta beat Diane DiPrima, «la otra mitad consiste en crear el público».
Tras nuestra entrevista, acompañé a Allen a su última lectura poética en San Francisco. Él todavía no sabía lo enfermo que estaba, pero debía de intuirlo porque cuando se despidió de mí, me besó en la boca y me dijo «Que tengas una vida buena y agradable». Inmediatamente sentí que no volvería a verlo jamás. Aunque Allen se encontraba muy cerca de la muerte, tenía un montón de proyectos de cara al futuro: un concierto con Philip Glass, Paul McCartney y Beck; más fotografía, y también más escritura.
Ahora, más de diez años después, sigo pensando en Allen cada día.
Estoy muy contento de que Allen esté aquí con nosotros. Es difícil imaginar las últimas décadas de vida pública sin su trabajo. La publicación de Aullido a finales de los cincuenta fue un gran gesto encaminado hacia la honestidad, la franqueza y la sinceridad en el discurso público, y su poesía ha influido a muchas generaciones de artistas y músicos. Allen, bienvenido a HotWired.
Hola Steve. Como sabéis, o como no sabéis –oyentes, lectores–, Steve Silberman y yo somos viejos amigos, nos conocemos desde hace una década o más.
Fui estudiante de Allen cuanto tenía 19 años, y ahora tengo 39, así que…
En el Naropa Institute, en Boulder, Colorado, en la Jack Kerouac School of Disembodied Poetics [Instituto Naropa, Escuela Jack Kerouac de Poética Incorpórea]. Todavía sigue existiendo; iré este verano.
Sí, es una comunidad mágica y creativa. Allen está aquí en San Francisco y actuó anoche en la gala en beneficio de la Wilderness Society [Sociedad de la Naturaleza Salvaje]. ¿Qué tal estuvo, Allen?
Fue muy divertido. No había estado nunca en un gran concierto popular de rock and roll, aquí en Estados Unidos, participando como una banda más. Salí a una buena hora, alrededor de las 21:00, es decir, justo a la mitad del espectáculo, cuando el público ya estaba acomodado, pero todavía fresco, porque todo el mundo estaba esperando a Beck, que no actuaba hasta la medianoche. Me acompañaba un grupo muy bueno, una banda que montamos para el evento; Ralph Carney, con el que ya había trabajado antes, y uno de los guitarristas de Beck se subieron conmigo al escenario y también un batería; interpretamos una versión de «La balada de los esqueletos», que Mercury acaba de sacar en compacto. Un poema político, con manifestaciones políticas muy claras sobre la extrema derecha y los estalinistas teocráticos y monoteístas. Y había un montón de chavales jóvenes, haciendo cola –habían montado una especie de puesto de autógrafos, donde te sientas y firmas–, chavales de once, doce y trece años. Fue divertido. Algunos sabían quién era, pero otros hacían cola para llevarse un autógrafo mío porque suponían que debía ser una estrella o algo así.
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