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¿Muerta o de parranda?
Auge, caída y nuevo esplendor de la rumba catalana
Martí Marfà i Castán
De unos años a esta parte la etiqueta «rumba» se ha vuelto a poner de moda. Un creciente número de artistas y bandas reivindican con orgullo su apodo rumbero, añadiendo a la receta de su potaje musical este nuevo ingrediente, a menudo acompañado de adjetivos que ahuyentan las críticas de los más puristas: bastarda, turbia, mezclada, calorra, fusión, canalla... Esta fiebre por las cadencias ligeramente aflamencadas, las voces roncas y afónicas, la guitarra «ventilador» y el cajón, las percusiones con reminiscencias cubanas, los ritmos bailables y festivos, y el llamado «gitaneo», parece haber fraguado como fórmula de éxito entre amplios sectores de un público mayoritariamente joven. Algunos abanderados de esta «movida» –si puede llamársela así– citan a Peret como referente, pero este artista gitano catalán es sólo la punta de un iceberg musical que se zambulle en la historia del siglo XX. Peret fue el encargado de liderar en los años sesenta la eclosión comercial de lo que se dio a conocer como «rumba catalana». Las raíces musicológicas del fenómeno remiten al flamenco por un lado y a Cuba por el otro; su contexto sociológico cabe buscarlo entre algunas familias gitanas asentadas en Cataluña, que gozan de una posición social y económica relativamente acomodada.
HIJA BASTARDA DE CUBA Y EL FLAMENCO
La rumba catalana nació navegando ya entre dos aguas –con permiso del Paco de Lucía más rumbero–, es decir entre dos tradiciones musicales más o menos canónicas: la flamenca y la afrocubana. Para ambas es una especie de hija bastarda, desobediente e incómoda, que los expertos de una y otra tradición tienden a apartar de sus consideraciones de ortodoxia. Para los musicólogos cubanos es un derivado –con la connotación de pérdida de pureza original–, producto de la exportación; para los flamencólogos es un cante menor, alejado del tronco más jondo. En consecuencia, no dispone de una historiografía específica ni de estudios rigurosos, a diferencia de otras modalidades, cantes y estilos pertenecientes a los núcleos «esenciales» de tales tradiciones.
Para situarnos musicalmente no está de más apuntar las principales características que definen la rumba catalana, al menos en su formato clásico. Rítmicamente descansa sobre la base del compás binario de 2/4 o 4/4 –incluso algunos apuntan hacia el 2/2 o compás partido, que también correspondería a muchos patrones afrocubanos–. La armonía tonal predomina sobre la modal aunque la cadencia flamenca está también presente. En cuanto a los patrones armónicos, encontramos una combinación del modo mayor tan explotado en el pop-rock (I-IV-V7), el modo menor alterado propio de la música afrocubana (Imin-IVmin-V7) y la cadencia flamenca o modo dórico-flamenco, a menudo llamado modo frigio español (IVmin-III-II-I). La 7ª en el grado dominante y la 6ª/13ª en el tónico son también muy recurrentes en las primeras rumbas, siendo esta última tensión un elemento muy característico.
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