Del códice al hipertexto
Entrevista con Roger Chartier
César Rendueles

Fotografía Luis Asín

Usted ha cuestionado la existencia de una «revolución de Gutenberg» al aclarar que la implantación de la imprenta fue un proceso lento y gradual, de modo que durante mucho tiempo coexistieron los libros impresos y manuscritos. Además, ha subrayado los procedimientos técnicos que comparten ambos procesos de edición. ¿Cabe hacer una analogía entre esas transformaciones y el momento actual? ¿Vivimos una etapa de transición en la que se da una relación equilibrada entre Internet y el libro tradicional?

Hoy nos encontramos ante una revolución técnica aún mayor que la de Gutenberg: la invención en el mundo digital de una nueva forma de inscripción, transmisión y circulación de textos. Estamos asistiendo a una radical transformación del soporte del texto –leer en una pantalla no es lo mismo que leer en un libro convencional– que no se puede comparar con las innovaciones del siglo XV. Gutenberg no inventó una nueva forma de libro sino una técnica nueva para reproducir textos. De hecho, esa forma de libro a la que llamamos códex ha mantenido a lo largo del tiempo sus estructuras fundamentales: hojas, páginas, la posibilidad de indiciar los contenidos... Hasta la aparición de la pantalla, y desde la sustitución del rollo –el libro de los antiguos–, esa forma de libro sobre la que trabajó Gutenberg y que es fruto de una invención anónima que data de los primeros siglos de la era cristiana, marcó la morfología de buena parte de los objetos impresos que manejamos: libros, revistas, periódicos... En cambio, hoy en día se está produciendo una transformación de nuestras relaciones con lo escrito que por primera vez afecta simultáneamente a las dimensiones técnicas, morfológicas y culturales. Tanto antes como después del códex se siguió utilizando la copia manuscrita para reproducir textos y, por lo que toca a las revoluciones de la lectura de la Edad Media o del siglo XVIII, los aspectos técnicos y morfológicos permanecieron estables. De aquí la necesidad, o la utilidad, de una historia de la cultura escrita de larga duración que nos permita percibir con mayor precisión las mutaciones que se están produciendo en el presente.

Da la impresión de que en el análisis del texto digital a menudo se privilegian fenómenos muy espectaculares pero poco extendidos –como el libro digital del que tanto se ha hablado pero que ha tenido escasa difusión– y se desatienden otros fenómenos más cotidianos pero universales. Estoy pensando, concretamente, en la reaparición del género epistolar con la generalización del correo electrónico.

En efecto, no debemos confundir lo actual y lo real, es decir, pensar que las nuevas técnicas electrónicas son universales cuando aún existen obstáculos económicos y culturales que limitan su difusión. En los países del sur o incluso dentro de las sociedades europeas, los menos acomodados permanecen ajenos a estas tecnologías o mantienen una relación muy parcial con ellas. Por otro lado, es cierto que no se están utilizando todas las posibilidades técnicas de textualidad electrónica. La mayor parte de las personas que leen o escriben frente a una pantalla utilizan una parte muy específica y limitada de la tecnología de la que disponen.

Por otro lado, me parece muy atinada la dicotomía entre la lectura de libros electrónicos –muy limitada a algunos géneros y lectores– y la universalización del correo electrónico, que llega incluso a gente que no posee un ordenador (en todos los países del mundo existen locales en los que se puede consultar y escribir correos electrónicos). De hecho, la extensión del e-mail constituye un argumento muy fuerte en contra del discurso quejumbroso y derrotista que afirma la debacle de la cultura escrita bajo el imperio de la electrónica. Me refiero a todos esos argumentos que proliferaron hace años en torno a la muerte del texto, el lector y la palabra escrita.

Las nuevas técnicas han aportado posibilidades completamente inéditas. Antes, los libros sólo servían para leer; se podía escribir en ellos, pero únicamente en los blancos que dejaba la composición tipográfica. Ahora por primera vez existe un soporte que permite al mismo tiempo leer y escribir. Y lo cierto es que estamos presenciando una auténtica proliferación de la escritura. El correo electrónico es la prueba más espectacular. De hecho, desde cierto punto de vista, el e-mail supone la materialización de todo un sueño ilustrado: para Kant la Ilustración sería precisamente ese momento en el que cualquiera puede actuar como lector y escritor, compartir las opiniones y los proyectos, intervenir críticamente en el espacio público... El correo electrónico permite construir un espacio público de un modo inmediato y, por lo que respecta a la difusión, potencialmente universal.

Aunque, claro, por otro lado también nos encontramos con un diagnóstico mas sombrío, que sostiene que la inmediatez de la escritura sobre la pantalla puede contribuir a mermar el respeto de las convenciones, de los códigos que gobernaban, por ejemplo, la práctica epistolar y que están vinculados a la urbanidad. Muchas de las fórmulas de cortesía clásicas han quedado relegadas por una suerte de inmediatez de la comunicación un tanto brutal. Además, vemos que se simplifica la grafía, la ortografía y la gramática, especialmente en los SMS. Esta es la contrapartida de la inmediatez. Me parece que en todas las cuestiones relacionadas con este tema se da siempre cierta ambivalencia y que ni el entusiasmo sin límites por esta nueva tecnología ni los lamentos pesimistas resultan apropiados.

¿Cree usted que ha cambiado mucho la relación entre el autor, el lector y el texto en el último siglo?

El problema es que nunca ha existido una relación directa, transparente e inmediata entre autor y lector, algo que generalmente olvidamos. Cuando leemos un libro tenemos acceso a lo que el autor escribió, pero entre la composición del texto original y la lectura del libro hay una serie de mediaciones que en la cultura escrita tipográfica procedían de las decisiones de editores e impresores y, en el caso de los siglos que conozco mejor, XVII y XVIII, de grafistas y correctores. El lector de libros se encuentra con un texto alejado de lo que el autor compuso. Aunque se respete el texto en su literalidad, el lector accede a él a través de formas que no responden a la voluntad del autor, sino que son el fruto de distintos procesos de mediación dirigidos a transformar el texto en un libro. En el caso de las técnicas manuscritas, las copias pueden diferenciarse del texto a causa de las modificaciones o los errores que introducían los copistas; en el contexto de la cultura tipográfica el texto adquiere su forma legible a través de las intervenciones que ya he mencionado; el texto electrónico, a su vez, ofrece una gran novedad: el autor puede autoeditarse a través de lo que en inglés se llama desktop publishing [edición en un computador personal]. En este sentido, cabe pensar que asistimos a una transformación fundamental que puede conducir simultáneamente a una importante divergencia en el mundo de la textualidad electrónica: de un lado, estaría la comunicación electrónica libre, espontánea, en la que el autor y el lector serían también editores (pueden elegir los tipos, la compaginación, la organización del texto sobre la pantalla...) y, del otro, una edición electrónica que sigue los criterios clásicos de la edición: constitución en catálogo, trabajo de edición y corrección de textos... es decir, todos los mecanismos de «cierre» de un texto que hacen que conserve la identidad típica de la intervención editorial.

Por eso resulta de utilidad analizar lo que está ocurriendo con la edición electrónica. En mi opinión, hay una diferencia fundamental entre, por un lado, la edición electrónica de ciertos géneros cuya lectura es típicamente fragmentaria –enciclopedias, diccionarios, etc.– y para el cual la edición electrónica es ideal, ya que permite la búsqueda casi inmediata y la actualización constante de los datos; y, por otro lado, las novelas, los libros de historia o los ensayos filosóficos, que suelen leerse como un todo continuo. En este caso, me parece obvio que hay un desfase entre las expectativas de los lectores y la forma electrónica de estos géneros; de ahí que muchas de las editoriales que intentaron crear un mercado electrónico para este tipo de textos terminaran tirando la toalla. Parece como si, por lo que toca a estos géneros, el lector no pudiese abandonar las categorías y los gestos que caracterizan la lectura en el mundo del libro impreso. Por supuesto, no tiene por qué ser siempre así pero, hoy por hoy, los lectores que accedieron a la cultura escrita a través de los objetos impresos y que son herederos de prácticas de muy larga duración, experimentan un desfase evidente, una dificultad para acceder a ciertos géneros bajo esta nueva forma. Naturalmente, esta relación del lector con la novela en su forma impresa viene determinada por una sedimentación de herencias históricas. Como lectores, hemos nacido con Gutenberg en el siglo XV, o incluso antes: en los siglos II, III y IV con la invención del códex.


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