Baudrillard vs. Baudrillard

TRADUCCIÓN MARISA PÉREZ COLINA
FOTOGRAFÍA LUIS ASÍN

Simulacros

Mi manera de pensar no se limita a una problemática determinada, no depende de una ideología ni de una filosofía particular. A mi juicio, lo ideal es, en último término, no tener referencias, esto es, analizar las cosas in vivo. Se trata de una especie de fenomenología paradójica: no aplico ningún método pero, en caso de hacerlo, éste consistiría en llevar los conceptos al límite –en este sentido sí me reconozco un poco situacionista– e incluso más allá. Intento sustraerme del dominio de la banalidad generalizada, de esta generalización del intercambio, de todo este simulacro, para ver qué es lo que todavía permanece irreductible, qué es lo que aún constituye un acontecimiento y, por lo tanto, qué es lo que realmente merece la pena analizar. Evidentemente, ésta es una tarea que no termina nunca, un trabajo que no concluye jamás. En mi opinión, el pensador es como un catalizador de los pensamientos de las distintas personas.

¿Qué hacer?

Hay una retórica de la esperanza y una retórica de la desesperanza. Yo trato de atravesar ambas y, a la pregunta acerca de lo que debemos hacer, mi respuesta es: that’s your problem. Es vuestro problema. Porque no pienso cargar con la responsabilidad de todo lo que sucede por el simple hecho de haber analizado una situación. En cualquier caso mi postura es fingida, en términos de simulacro y de provocación, porque no soy pesimista en absoluto. Mi discurso no es pesimista y esta interpretación sólo puede proceder de un gran malentendido. A mi juicio, la suerte no está echada. Es cierto que la lógica de este sistema es irreversible, pero también lo es que ésta desarrolla a la vez una reversión procedente tanto del exterior como de su propio interior. Se produce un antagonismo ubicuo que crece mucho más rápido que el propio poder mundial. Por consiguiente, el sistema podría ser en última instancia derrotado. Al menos estamos viendo en todas partes el surgimiento de una singularidad violenta que es la prueba de que no hay integración. Y esto es, en cierta medida, algo positivo. Porque la integración es lo peor, la muerte. La realidad integral es la muerte. Por ende, allí donde hay desintegración, donde hay ruptura –ruptura de la relación de fuerzas, del encantamiento– y donde surge antagonismo, hay esperanza. Es cierto que éste puede aparecer en formas rechazables, terribles, pero la forma de la integración y del poder global son igualmente terribles: se trata de un terror que responde a otro. En este sentido, mi tarea consiste en describir la situación. Pero no desde la desesperación, en absoluto. A mi juicio, las retóricas de la esperanza y la desesperanza son iguales, ninguna es más válida que la otra. Lo que hace falta es analizar lúcidamente lo que está ocurriendo y dejar de pensar que las posibilidades de darle la vuelta pueden proceder de los viejos valores que ya no tienen energía para subvertir el sistema. Es preciso ubicar la alternativa en estas fuerzas antagonistas, singulares. No hay que equivocarse de estrategia. A partir de esto, ¿qué debemos hacer? En todo caso, para nosotros los occidentales, los países desarrollados, el acontecimiento político procede del exterior. En Francia, por ejemplo, donde las elecciones presidenciales no son más que una farsa, el acontecimiento político procede de los jóvenes de los suburbios. Es evidente que aquí hay un antagonismo, un choque, que es irresoluble políticamente –la derecha y la izquierda se encuentran igualmente indefensas ante este problema–, lo cual demuestra que esta situación es completamente insólita y radical. De suerte que lo que amanezca en el horizonte será algo muy distinto de lo que ha habido hasta ahora, algo no manejable, ni manipulable de forma ideológica. En definitiva, en mi opinión estamos ante una situación más radical, más original y, por lo tanto, mi visión de las cosas no es en absoluto pesimista.

Revuelta de la Banlieue

Todo esto también forma parte del espectáculo, de una suerte de estrategia fatal en la que todos participamos. Todos somos cómplices de esta peripecia espectacular. Si se quiere tomar parte en el juego, éstas son sus reglas en la actualidad. Pero quizá sea posible atravesar lo espectacular e ir más allá. A mi juicio, existe una estrecha relación entre estos acontecimientos con los inmigrantes de los suburbios franceses y el «no» francés en el referéndum de la Constitución Europea. ¿Estamos ante verdaderos acontecimientos o sólo se trata de pseudoacontecimientos? En general, en Francia la revuelta se ha interpretado en términos económicos, sociales o políticos. En mi opinión, se trata de un error. Es cierto que la relegación de los inmigrantes también está relacionada con el empleo o, mejor dicho, con la falta de empleo, con los ingresos, con el modo de vida, etc. Todo esto es verdad, pero sólo se trata de un primer nivel. En la actualidad, el reto es mucho mayor, va mucho más allá. Es, sobre todo, simbólico. Si analizamos el «no» en el referéndum, tenemos un primer nivel más o menos político, chovinista, nacionalista. Pero detrás de este «no» aparente y ampliamente determinado por los modelos políticos corrientes está, en un segundo nivel, un «no» básico que supone una reacción de rechazo a participar en el juego del sistema representativo por parte de una mayoría de la población que ha sido excluida del mismo. Ese «no» es una reacción vital debida, en cierta medida, a la exclusión del sistema de socialización. Entre ambos acontecimientos existe una relación que revela una suerte de fuerza más allá de lo político y de lo económico, una vitalidad que se resiste al modelo de representación, de socialización y de integración que se le pretende imponer. Porque, ¿en qué se pretende integrar a estos inmigrantes?, ¿acaso les ofrecemos un buen modelo de integración? En absoluto. Y esto es aplicable a Francia, pero también a otros muchos países europeos: esta integración es un espejismo, una ilusión óptica que rechazan instintivamente aquellos a los que se les propone. No tienen ganas de integrarse, en primer lugar, porque somos incapaces de responder satisfactoriamente a sus necesidades. Estas personas tienen el presentimiento de haber quedado fuera de juego y de que esta situación puede llegar a ser, si no definitiva, sí, al menos, muy duradera. Lo cual explicaría la violencia de la respuesta: se trata de una reacción violenta similar a la del referéndum, en el sentido de que votar «no» era, en el fondo, una especie de sacrilegio.

La sociedad de la comunicación

Hoy hay comunicación, cómo dudarlo. Pero, precisamente la hipertrofia de este intercambio general está abocando el diálogo a la desaparición. Estamos en una situación paradójica, de sobra conocida, en la que el incremento de comunicación le resta su carga de verdad, de conflictividad, de contradicciones vivas. Todo se ha transferido a una suerte de esfera virtual. Es cierto que todavía hay una relación de fuerzas, pero es muy distinta de la que había en el pasado, mucho más intensa. Antes, incluso en Francia se vivía un vivo enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, que ahora se han convertido en dos variantes de un mismo modelo mal definido, mitad liberal y mitad social. Y ya no cabe decir que la derecha esté verdaderamente a la derecha de la izquierda, ni la izquierda a la izquierda de la derecha. Esta es mi impresión. De suerte que, en efecto, sí hay comunicación pero hay también algo que queda excluido: lo que ya no tenemos, y necesitamos, es un verdadero antagonismo, un enfrentamiento, porque sin él no hay auténtica esfera política. La esfera política hace tiempo que fue sustituida por una escenificación de lo político, por una interpretación en la que todo el mundo desempeña un papel. Tan sólo queda una tensión superficial, no una energía política fundamental. Una vez más, éste es un análisis que no sólo cabe aplicar a Francia, sino a todos los países occidentales.


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