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Naturaleza viva
Entrevista con Nils-Udo
Camille Jutant
Traducción Marta Caro
Tengo la impresión de que, en España, el gran público conoce muchas de sus obras por haberlas visto reproducidas en periódicos, revistas o incluso en anuncios, pero no las vincula con su nombre. ¿Cómo presentaría, pues, su trabajo a este público?
El aspecto más importante de mi obra es, sin duda, mi relación con la naturaleza y el contacto que he mantenido desde que era niño con los fenómenos naturales. Tuve la oportunidad de pasar mi infancia en el campo, en un antiguo castillo desde el que se dominaba el valle del Meno, rodeado de prados y bosques. Nos pasábamos prácticamente todo el año al aire libre. Aprendíamos a nadar en el río, íbamos al bosque a recoger muguetes… Siempre fuera. Creo que esa experiencia es lo que más ha influido en mi vida.
Tanto en sus fotografías como en sus instalaciones se aprecia el cuidado con el que trata la naturaleza. ¿De dónde procede ese respeto por el medio ambiente?
En un principio yo quería ser pintor. Desde niño no hacía más que pintar y dibujar y, de hecho, pinté hasta 1970 o 1971. Si exceptuamos mis primeros trabajos, el tema de mis cuadros siempre era la naturaleza. Intentaba reflejar en la superficie plana del lienzo o del papel las emociones que me provocaba y las experiencias que vivía en su seno. Después, en 1972, sentí que me encontraba en un punto muerto. Decidí dejar París, en donde había pasado diez años y regresé al campo, a Baviera, donde retomé el contacto directo y diario con la naturaleza. Eso fue, seguramente, lo que me llevó a dejar la pintura y a trabajar directamente en y con la naturaleza. Comencé a alquilar tierras a campesinos de la región y a trabajar con cultivos y plantaciones. Modelaba la tierra, plantaba árboles, arbustos, flores, hierba. De pronto, había instalado mi trabajo, literalmente, en la naturaleza y lo había adecuado a su ritmo, a sus estaciones: mi vida se había convertido en parte misma de la naturaleza.
Pero, ¿qué es lo que guía la elección de sus temas? ¿Un interés ecológico? ¿Estético, tal vez?
No es una cuestión de estética. La decisión de abandonar el lienzo para trabajar al aire libre fue una decisión puramente existencial que ha cambiado mi vida, y no sólo en tanto que artista. Se basó en el deseo de vivir según las leyes de la naturaleza, de integrarme plenamente en ella y de trabajar con ella. Tampoco me guiaba la voluntad de dominio, sólo quería explorar las posibilidades de trabajo que ofrecen sus distintos materiales, como las lianas de clemátides que trepan por los árboles de la Alta Baviera, por ejemplo, con las que experimenté en varias ocasiones. De pronto, redescubrí no sólo la naturaleza, sino también el enriquecimiento y las ventajas que ofrece el integrarse en su obra.
¿Qué le parece más apropiado para analizar su trabajo, hablar de un intento de «integración» en esa naturaleza o más bien de «intervención»?
Los dos conceptos son válidos. Mi intención siempre ha sido mostrar aquello que ya existía y, simplemente, he buscado un pretexto para hacerlo. Por eso trato de integrarme de la manera más leve, de estar lo menos presente que me sea posible para lograr abrir un espacio natural y transformarlo suavemente en una obra de arte sin apenas modificarlo o sin modificarlo en absoluto. Lo que quiero es llamar la atención del espectador sobre los fenómenos naturales que sitúo en el marco de una instalación. No obstante, lo cierto es que también estamos forzados a actuar, a intervenir. Con un mínimo gesto, ya estamos presentes, lo queramos o no. Y además, siempre dañamos y destruimos. Hablar de intervención implica necesariamente hablar de destrucción. De manera que todo mi trabajo se basa, de algún modo, en una contradicción fundamental: al actuar sobre la naturaleza, la daño a pesar de mí mismo, daño aquello que quiero mostrar.
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