LOS MUNDOS DE BORGES
 
    
Borges y lo real
Jorge Alemán

No quisiera hablar como especialista en Borges. Más bien me gustaría dar testimonio de lo que Borges ha hecho conmigo, de los efectos que su lectura ha ejercido sobre mí. Podría decir, literalmente, que Borges fue el primer escritor que vi. Y digo «literalmente» porque a la edad de seis o siete años, yendo al colegio, mi madre me señaló a alguien que salía del hotel Crillón de Santa Fe y Libertad y me dijo «ése es Borges». Naturalmente, yo pregunté que quién era y ella me respondió que era un escritor, sin que yo tuviera en aquel entonces una idea muy clara de lo que significaba ser escritor y sin que pudiera siquiera imaginar que la pregunta «¿qué significa ser escritor?» era la que, precisamente, habitaba en Borges de un modo singular.

Luego me tocó participar de una generación que lo ha discutido infinitamente, que incluso se ha desvelado con Borges ya que, por mucho que una y otra vez intentáramos situarlo, nunca lo encontrábamos donde suponíamos, pues siempre se hallaba en un límite que él mismo había construido. Fue inútil querer clasificarlo, transformarlo en un objeto literario o acceder a una lectura sociológica, antropológica o estructuralista de su obra. Había algo en el procedimiento literario de Borges que siempre se sustraía. Toda mi generación quedó marcada por este problema. ¿Cómo ser borgiano? Imposible. ¿Cómo no serlo? Imposible también. La máquina literaria que había constituido Borges había generado tal cantidad de dilemas y disyunciones, había construido un horizonte de preocupaciones literarias tales que, queriendo salir, nos encontrábamos con él y queriéndolo interpretar, era él quien nos interpretaba. Aquí y ahora, frente a ustedes, siento de nuevo el vértigo de que, al intentarlo leer, es él quien me está leyendo a mí.

Esta es la impronta que ha dejado en mi generación, por la sencilla razón de que Borges no es un paso más de la literatura que una conmemoración pueda petrificar en un homenaje póstumo. Borges es, más bien, una pregunta que atraviesa toda su obra, una indagación acerca de cómo es posible algo así como la literatura. Por eso no podemos situarnos frente a él como si se tratase de un objeto literario que vamos a desentrañar. Borges constituye un campo de experiencia literaria en el cual se ficcionalizan todos los saberes, en donde la filosofía, la teología, la ciencia o las tradiciones místicas son tratadas como experiencias estéticas. Borges busca deliberadamente los anacronismos, combina el pastiche popular con la erudición clásica, produce textos totalmente abiertos a la temporalidad retroactiva de su interpretación y, en definitiva, genera una extraterritorialidad que le permite estar siempre en un límite –él mismo es el Aleph– que lo hace inaprensible y que, por tanto, nos atrapa en la propia red que urdimos para apresarlo.

Una buena manera de comenzar a apreciar la total excentricidad de Borges es su posición respecto a la traducción, que podemos rastrear en «El idioma de los argentinos», en «Las versiones homéricas» o en «Los traductores de Las mil y una noches». Borges logra transformar, con una profundidad que la izquierda ni siquiera llegó a soñar, las relaciones entre el centro y la periferia. La Argentina era un país periférico cuya respuesta a esa condición fue convertirse en una inmensa máquina de traducir textos. Borges, adelantándose a todas las teorías de la recepción, transforma las relaciones centro-periferia al postular que no hay un texto original superior e inmaculado que haya que custodiar y al que la traducción siempre vaya a mancillar, degradar o disminuir de algún modo. Por el contrario; la lectura, la traducción y la escritura forman parte de la misma lógica de la invención literaria de tal manera que, como él mismo dijo comparando a los argentinos con los irlandeses y con los judíos, la excentricidad no tiene por qué ser un déficit, la periferia no tiene por qué ser una condena que obligue a ésos países a estar permanentemente interrogándose acerca de su identidad y tratando de navegar a través de las distintas influencias que proceden de las tradiciones centrales. En suma, Borges hace emerger un nuevo valor que no es el de la periferia, sino el de la excentricidad. La Argentina ya no es periférica, sino excéntrica, es decir, estamos fuera del centro pero esta posición se transforma, gracias a Borges, no en un déficit sino en una ventaja, ya que ofrece la posibilidad de manejarse con todas las tradiciones, de tratar conjuntamente a grandes autores con autores desconocidos, de mezclar cimas de la filosofía con autores inciertos, de inscribir una secuencia de nombres propios en la que pueden estar tanto aquéllos que constituyen las cumbres de la tradición europea como algunos de los amigos con quienes Borges se reunía en una mesa de café en Buenos Aires.

Esta operación de soberanía no tiene parangón en la historia de la literatura en nuestra lengua. La transformación de las condiciones de la periferia en las condiciones de la excentricidad constituye una decisión literaria que nos sobrepasa. Por eso decía que ni siquiera la izquierda había soñado con semejante transformación, ya que en aquél entonces sus problemáticas giraban en torno a la posibilidad de una literatura nacional, auténticamente argentina. Con Borges, en cambio, se trataba de lograr que los dos diferentes linajes que, a través de su madre y su padre, lo habían constituido –la madre, las guerras de la Patria; el padre, la biblioteca– dieran lugar a una escritura excéntrica, no periférica. Una escritura que le permitiera intervenir sobre el centro y tomar decisiones, repartir las cartas de nuevo, ordenar los nombres de otro modo, generar los propios precursores, inventar los linajes como una forma de inventarse a sí mismo, juntar escritores con vinculaciones insospechadas y decretar que la traducción no es una lectura de segundo orden sino una invención original, en la medida en que el supuesto texto primero –como demuestra en «Pierre Menard, autor del Quijote»– es en sí mismo un borrador que intenta apresar algo imposible y es, por su propia naturaleza, susceptible de ser transformado. El excéntrico –una vez convertida la excentricidad en una verdadera categoría estética y no ya en un rasgo caracteriológico– se apropia del derecho a trabajar de otro modo la traducción mostrando que no es sólo la transferencia de un idioma a otro, sino la reescritura de otra obra en un nuevo sistema lingüístico.


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