LOS MUNDOS DE BORGES
 
    
Ésta es, pues, la primera cuestión que quería destacar. Mi generación estuvo siempre frente a un Borges que jamás permitió encontrar un lugar fuera de él. Estando en contra, nos volvíamos inconsistentes; estando a favor, nos estereotipábamos. El caso de los europeos es distinto. Umberto Eco, por ejemplo, pudo ser felizmente borgiano y mostrar incluso que Borges ya anticipaba algo de la condición posmoderna: la vinculación de estrategias literarias articuladas a los saberes contemporáneos –la semiótica, en el caso de Eco–. En la Argentina, en cambio, todos los intentos de escapar de la maquinaria Borges, de salir del despotismo de su literatura lograda, volvían una y otra vez a reescribir lo que Borges es: inevitable, como decía él mismo sobre los grandes poemas.

Si Borges pudo transformar a fondo esta relación entre el centro y la periferia fue porque había captado un objeto que le permitió pensar esta transformación. En «La esfera de Pascal», donde aparece la famosa sentencia «quizás la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas», Borges persigue una metáfora que encuentra en Jenófanes, en Hermes Trismegisto, en Giordano Bruno o en el propio Pascal. Se trata –y fíjense qué ruptura de las relaciones centro-periferia– de una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Es decir, un objeto imposible, que retomará en otro escrito en el que describe su propia biblioteca como «una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible». He aquí el descubrimiento del cual la Argentina todavía no ha tomado nota, probablemente porque sigue siendo pre-borgiana –y esto no es tan raro como podría parecer: es difícil que un país esté a la altura de sus hombres de genio.

Hasta aquí tan sólo he querido mostrar el impacto que ejerció Borges sobre mí y sobre mi generación, para pasar ahora al tema que da título, tentativo, a este artículo: Borges y lo real. Hay una imagen de Borges que en mayor o menor medida todos compartimos: la del Borges de los laberintos, de las ficciones, de los espejos, el Borges erudito, el clásico, el de las grandes lecturas. Todo el campo semántico de la erudición, el hermetismo y el clasicismo se juega en esta caracterización que no quisiera desmentir pero sí atenuar proponiendo otra clave interpretativa: Borges no está del lado de la ficción sino que está absoluta y violentamente preocupado por lo real. Esto explicaría el interés de pensadores europeos como Jacques Derrida, Michel Foucault o Jacques Lacan por Borges. Veamos pues, brevemente, qué es lo real. Lo real no es la realidad. La realidad es la trama simbólica en la que estamos despiertos aparentemente y a la vez dormidos en nuestra propia vigilia. En la realidad fluyen los símbolos, se organizan las palabras y todo tiene un sentido. Lo real, en cambio, es lo que se sustrae a la realidad, a todo intento de pensamiento, nominación o conceptualización. Lo real es un vacío, un agujero que ninguna palabra, ninguna construcción conceptual y ningún ejercicio de pensamiento logra nunca capturar, a lo sumo contornear el borde que localiza ese vacío.

Ahora bien, esta es sólo una versión de lo real. A veces lo real, o alguno de sus fragmentos, se empeña en manifestarse y el resultado no tiene ninguna gracia. Cuando lo real se manifiesta, la realidad se disloca. Lo real aparece siempre en forma de locura, de trauma, de pesadilla o de experiencia mística. Lo real puede llevar a un escritor, como en el caso de Joyce, a transformar todas las coordenadas de la lengua, a forzar todo su aparato lingüístico en función del neologismo con el improbable objetivo de domesticar lo real, y puede llevar a un pensador a dar un paso al límite que siempre se paga. Todas las criaturas borgianas, sean apócrifas o reales –Pierre Menard, Raimundo Lulio, John Wilkins–, están desgarradas por este problema. Todos ellos fueron hombres de razón que, por querer tratar de incorporar lo real a su propio razonamiento, lentamente empezaron a enloquecer. Su locura, pues, no es ajena a la razón, sino que es una locura de la razón, es el pensamiento enloqueciendo desde sí mismo. Por eso a Michel Foucault le atrajo enormemente el pasaje de «El idioma analítico de John Wilkins» en el que Borges habla de una enciclopedia china que pretendía atrapar lo real clasificando el reino animal en animales embalsamados, animales que se agitan como locos, animales que forman parte de esta clasificación, animales dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello… Ahí estalla la risa de Foucault y surge entonces una de las grandes aventuras filosóficas contemporáneas: Las palabras y las cosas. Todos los personajes borgianos descarrilan, se salen del gozne y muestran que es el intento mismo de pensar lo real lo que provoca esa salida de quicio. En el corazón mismo de los razonamientos más fríos, sutilmente, algo empieza a desviarse, a descarrilarse, a salirse de los goznes y, de golpe, nos encontramos con un sistema de signos que ha enloquecido. Esta es la otra versión de lo real: o es lo imposible que se sustrae o es su manifestación violenta, dislocada.

Me gustaría terminar ofreciendo dos ejemplos que pueden mostrar esta vertiente del tema «Borges y lo real». El primero es un cuento apasionante que aparece en Ficciones: «La secta del Fénix». Borges comienza hablando indirectamente sobre una secta y saca a relucir hábilmente fragmentos de historiadores como Josefo Flavio. ¿Qué es una secta? Es un conjunto de personas que comparten en exclusiva un secreto. Pero fijémonos en que Borges habla de la secta del Fénix, un animal que no pasa por el embrollo de la relación sexual, ya que muere y resurge de sí mismo. Aunque el cuento sólo tiene tres páginas, lentamente, a medida que avanza, comenzamos a comprender que la secta está en todas partes y en todos los bandos, está entre los judíos, los gitanos, los nazis, los comunistas, los fascistas… Todos constituyen «la gente del secreto». Y a medida que seguimos leyendo vamos descubriendo que la secta es toda la humanidad y que el secreto que comparten sus adeptos es bastante curioso. Borges nos dice que no está en un libro sagrado ni tampoco es un saber exclusivo. El secreto es, únicamente, un ritual que a uno le repugna pensar que sus padres practiquen; un rito que se puede practicar en zaguanes, que los seres más bajos, según Borges –pordioseros, leprosos, esclavos–, pueden iniciarnos en él, pero también puede ser un niño quien inicie a otro; un rito que ninguna palabra puede nombrar pero que todas, de alguna manera, lo nombran. «He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me consta que el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar y (lo que aún es más extraño) increíble. No se avenían a admitir que sus padres se hubieran rebajado a tales manejos. Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo». Así termina el cuento, sin nombrar el secreto. Y yo tampoco lo voy a nombrar porque, como sugiere Borges en «El pudor de la historia», el pudor es una estrategia con lo real, imposible.


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