El salto de Léucade

Se trata de una de las piezas más representativas del Círculo de Bellas Artes y, aunque son numerosos los visitantes que acuden expresamente en su búsqueda, para muchos otros constituye un inesperado (y agradable) descubrimiento. Hablamos de la escultura El salto de Léucade, del vallisoletano Moisés de Huerta. Una de las mejores muestras de la calidad artística que atesora el Círculo.

La amplitud del espacio que conforma La Pecera, donde se encuentra ubicada la obra, conduce nuestra mirada hacia los elevados techos cubiertos por los lienzos de José Ramón Zaragoza, las enormes lámparas que inundan de luz el salón, las imponentes columnas o los grandes ventanales desde los que se fisgonea la vida de Madrid. Una vez en este espacio, no es difícil tropezar con el mármol esculpido y hacerse algunas preguntas: ¿quién es?, ¿cuál es su historia?

Aún recuerdo mi descubrimiento de El Salto de Léucade. Al verla me sentí sorprendido a la vez que un poco avergonzado: mi primer acto reflejo fue desviar la mirada de ese cuerpo desnudo. Es en una segunda fase cuando comprendes que esa bella joven yace ahí por ti, que alguien ha elegido ese lugar para que tú la encuentres, para que te sientas como un explorador que encuentra un tesoro escondido. Y aunque habrán sido miles las personas que la han admirado a lo largo de décadas, en ese momento solo tú la conoces, solo tú la has visto, solo tú sabes dónde está y, por ello, tienes el deber de guardar el secreto, si no quieres que alguien te arrebate esa vivencia.

La Pecera

El autor Moisés de Huerta nace en 1881 en un pequeño pueblo de Valladolid pero con solo un año se traslada junto a su familia a Bilbao, lo que hace que se le considere un escultor vasco. Pronto comienza a trabajar en talleres de imaginería, labor que compagina con sus estudios y con la que ayuda en la economía familiar. Uno de los puntos de inflexión de su carrera tiene lugar en 1909, cuando consigue una beca para trabajar en la Academia Española de Bellas Artes en Roma. En este fructífero periodo crea la obra que nos ocupa. Moisés de Huerta presenta El salto de Léucade a concurso en la edición de 1912 de la Exposición Nacional de Arte en Madrid y consigue la Primera Medalla de Escultura.

Para realizar la pieza, Moisés de Huerta elige un bloque de mármol blanco de Seravezza, sin vetas, poros, ni fisuras, con cierto matiz cálido. El artista trabaja de manera muy tradicional: plasma primero un boceto en papel y luego emplea barro para el modelado tridimensional. Del barro pasa al yeso y conforma el modelo definitivo, que traslada a la piedra por el método del puntómetro, una estructura de madera con brazos articulados que sirve para concretar las medidas del modelo en el bloque de mármol. Después, emplea las herramientas típicas de un escultor para devastar, horadar y pulir hasta conseguir la forma deseada. De hecho, son fácilmente apreciables las huellas que han dejado cinceles y puntas.

En un principio, el artista dio a conocer la obra bajo el título de Desnudo o Estudio de desnudo. Es tras la aparición de una composición poética de Rafael Sánchez Mazas, dedicada al escultor en 1917, cuando finalmente adquiere el título por el que se conoce la escultura hoy. Desde entonces, se le atribuye a El salto de Léucade un simbolismo mitológico que quizás no tuvo en su origen, pero que adopta con orgullo y belleza, dada su apariencia de escultura clásica.

La historia a la que alude El salto de Léucade nos remite a tiempos de nereidas, sílfides y náyades, cuando la poetisa Safo de Lesbos, buscando alivio por un amor no correspondido y tras ser aconsejada por una ninfa, se arroja al mar desde un acantilado de la isla de Léucade. Si sobrevive, cosa que no sucede, su mal de amores se resolverá con el olvido del hombre deseado. Esta versión, citada por Miguel Cerceda en el catálogo Círculo de Bellas Arte. 125 años de historia (1880-2005), no es la única: la diosa Venus, buscando consuelo por la muerte de su amado Adonis y aconsejada por su hermanastro Apolo, realiza el salto, esta vez con resultado satisfactorio. Los mitos también se refieren a personajes masculinos como Nireo o el joven Leucatas que salta para escapar de un Apolo enardecido por la lujuria. Sea como fuere, no es difícil que la contemplación del cuerpo esculpido en mármol, tendido sobre esa áspera superficie, nos evoque mil historias de amor y desamor, propias o extrañas.

La escultura nos muestra una figura femenina yacente sobre una superficie rugosa en la que se advierte la leyenda “Moisés de Huerta, Roma, 1910”. El artista recrea el momento final de la escena, después de la caída por el acantilado, pero no lo representa como algo violento: más bien parece que la protagonista se hubiera posado suavemente en la roca. El pelo se confunde con la base de la escultura y da la impresión de que es el propio cabello el que conforma el lecho sobre el que descansa la mujer. El basto acabado y la falta de pulimento podrían ofrecer una falsa apariencia de obra inconclusa, pero parece evidente que es un efecto perseguido por el autor. Esta técnica del non-finito, usada por artistas como Miguel Ángel o Rodin, establece un juego de texturas que aporta a la escultura más elementos desde los que acceder a nuestros sentidos. El desnudo, a pesar de mostrarse en reposo, rompe su estatismo con el ritmo sigmoidal de su silueta, que el capricho del artista ha querido colocar adaptándose a la roca que la sostiene.

Una base irregular simula el fondo del acantilado y obliga a la figura a adoptar una posición difícil pero que resalta su hechura desde la sensualidad. Destacan la proporción de sus formas, el detalle y el bello pulimento al que la pieza ha sido sometida. Tanto la colocación como el tratamiento de cada una de las partes de su anatomía crean juegos de luces y sombras que aportan volumen y profundidad. El rostro, al observarlo detenidamente, nos devuelve una expresión de serenidad: quizás la protagonista sí que logró liberarse del amor que le causaba tanto dolor. El resto del cuerpo esta esculpido con tal maestría que parece que si lo tocas podrías hundir los dedos en su carne.

Son muchos los detalles que incluye Moisés de Huertas en su obra, desde el relieve de sus costillas a los pliegues y hendiduras del cuello o la delicadeza de manos y pies, que hacen de esta una representación tan realista. En su mano derecha la figura sostiene un ramo de laurel, quizás con la intención de hacer referencia a otro mito sobre un amor trágico: el de Dafne, que prefiere convertirse en un laurel a yacer con el dios Apolo. Quizás sea una alegoría del triunfo finalmente alcanzado por la bella protagonista, al conseguir el descanso de su corazón atormentado.

La textura, la profundidad, la calidez o frialdad de la obra son sensaciones que se generan en nuestro cerebro al interpretar formas y colores. La escultura tiene también la capacidad de activar el sentido del tacto. Esta capacidad generalmente es inexistente, ya sea por la ubicación de las obras, por las normas de museos y galerías de arte o por el propio sentido común. El salto de Léucade es, en este sentido, una de las obras más generosas que conozco. No solo puedes admirarla desde cualquier punto de vista, sino que también puedes acercarte a ella, palparla, notar cómo el mármol se va templando al tocarlo. Esto hace que la pieza genere en el espectador unas sensaciones difícilmente descriptibles a distancia.

A pesar de la calidad de la obra y de la gran aceptación que tuvo tras ser presentada, a Moisés de Huerta no le fue fácil encontrar un comprador interesado. En 1918 intentó venderla al Museo de Arte Moderno de Madrid sin éxito. Sin embargo, sí que se mostró interesado el Círculo de Bellas Artes de Madrid, para ubicarla en su, por entonces, nueva sede de la calle de Alcalá. En 1925 el artista acordó con el arquitecto Antonio Palacios la ubicación ideal de la obra y el proceso de compra finalizó en 1931,  con un último pago de 4.000 pesetas.

Recientemente se ha modificado la iluminación, se ha tratado de generar una luz más intensa sin llegar a un excesivo claroscuro o a una luminosidad demasiado directa. En definitiva, se percibe una apuesta por otorgar a la pieza la notoriedad que merece, que a buen seguro nuestros socios, visitantes y la ciudad de Madrid agradecen.

El autor y su obra:

El escultor Moisés de Huerta 1881-1962 Moisés Bazán de Huerta. ED. Bilbao Bizkaia Kutxa.

El Círculo de Bellas Artes de Madrid. 125 años de historia 1880-2005 Delfín Rodríguez y Blanca Sánchez, coord. ED. Círculo de Bellas Artes.

Referencias mitológicas:

Diccionario de mitología griega y romana Pierre Grimal. ED. Paidós.

Mitología griega y romana Jean Humbert. ED. Gustavo Gili.

Texto de Hara Hernández.