la memoria es el alma

Umberto Eco falleció el pasado 19 de febrero a los 84 años de edad. O quizá no fueron 84, quizá fueron muchos más, porque como él mismo dijo en una ocasión, “quien no lee, a los setenta años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido cincuenta mil años”. Deja detrás de sí una obra monumental que iba más allá de sus libros y ensayos. Fue el último gran humanista. Gianni Rotta, periodista en La Stampa de Turín, dijo de él que era “filósofo, profesor universitario, periodista, experto en libros antiguos”. Pero este ansia de conocer nunca estuvo asociada, en el caso de Eco, a la pose snob habitual de gente que lo ha leído todo. Eco, en cambio, “reía, se informaba de las novedades y –encendiéndose un cigarrillo- contaba la última broma antes de presentar una nueva teoría lingüística”.

Autor de obras que ya forman parte del canon occidental, como El nombre de la Rosa, El péndulo de Foucault o Apocalípticos e integrados, el pasado martes fue su despedida en el Castello Sforzesco, un edificio del XV que Umberto podía ver desde su ventana. En la plaza frente al castillo una multitud silenciosa se reunió para dejar rosas blancas, porque, como él mismo dijo, “hay libros que son para el público y hay libros que hacen su propio público”. Eco permanecerá en la memoria de todos ellos, y todos sabemos, gracias a él, que “la memoria es el alma”.

En 2009, recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, por su labor en el ámbito de la filosofía, la lingüística y la literatura durante tantos años. En su estancia en Madrid conversó con Jordi Doce y la entrevista fue publicada en el número doce de la revista Minerva, junto a un artículo de Jorge Lozano, conocedor de su obra y colaborador en alguna ocasión del intelectual italiano.

Ahora nos queda su obra, y Eco, como siempre, era consciente de que toda obra excede a su autor. Recordemos las últimas palabras de la conferencia Los límites de la interpretación, que dio en el CBA: “entre una misteriosa historia de la producción de un texto y la deriva incontrolable de sus interpretaciones futuras, el texto en cuanto texto representa todavía una presencia confortable, un paradigma al que atenerse.”