Bonifacio. La cicatriz interior sigue sin curar.

El 19 de junio de 2018 haría 85 años el pintor y grabador Bonifacio Alfonso, Boni, que murió el 11 de diciembre de 2011. Fernando Castro Flórez nos recordaba recientemente la joya que tenemos guardada en la mediateca del CBA y en el canal de Youtube, Bonifacio. La cicatriz interior, un maravilloso documental elaborado por el equipo del Círculo en su propio taller de Lavapiés en 2007, que ahonda en la personalidad de este genial artista, uno de los más influyentes en España del siglo XX. Quizás con este visionado nos podamos quitar ese prejuicio a la hora de hablar de «alta cultura». Porque el trabajo de Bonifacio mereció el Premio Nacional de Grabado 1993 o el de las Artes de la Comunidad de Madrid en 2005, se expuso a lo largo y ancho de toda Europa y en México y sus obras forman hoy parte de colecciones en el Museo Reina Sofía, Museo de Bellas Artes de Bilbao, Museo Patio Herreriano de Valladolid, Colección Testimonio de La Caixa, Fundación Juan March, Patrimonio Artístico de Kutxa Fundazioa, Museo Británico de Londres, Fundación Antonio Pérez… Sin embargo, nunca se le ha tomado en serio como pintor dentro de la profesión, ni ha sido un personaje especialmente conocido a nivel popular. Solía decir que «al pintor que se le ve demasiado, es que pasa poco tiempo en el estudio». A lo mejor esa sinceridad, le costó vivir, a él, no a su obra, de manera underground, sobre todo en Madrid, pero se le veía disfrutar con ello: «Yo nunca he sido un profesional de la pintura, sino un aficionado. Y continuaré siéndolo mientras viva».

 

Antes que pintor y grabador, Bonifacio fue novillero (le chiflaban los toros), músico de jazz y pintor de brocha gorda, trabajo que perdió porque dibujaba en exceso y un buen día le pillaron saliéndose del guion. Pero como no hay mal que por bien no venga, su jefe, que le vio dotes artísticas, le recolocó en un estudio haciendo carteles en comercios. Si bien no era la panacea, al menos tenía la posibilidad de explorar otros espacios cromáticos y más tiempo para desarrollar su don para el dibujo y la pintura.

En 1955 se presentó al Premio de Pintura de San Sebastián. «Un Cristo cubista estaba haciendo; ni yo me lo creía». Y lo ganó. «Así tiene que andar la pintura –le decía su abuelo con sorna– si a ti te han dado el 1er premio por eso». Se matriculó entonces en la Escuela de Artes y Oficios, donde por fin tuvo esa formación que siempre había venido de forma autodidacta.

Posteriormente, se hizo un nombre vendiendo cuadros a Chillida, conoce en París a Antonio Saura con el que Bonifacio mantendrá una excelente relación; los dos eran muy divertidos en la distancia corta y se llevaban estupendamente, como hermanos. Expuso aquí y allí y acabó por trasladarse a Cuenca con toda la pléyade de artistas no figurativos. Juana Mordó se convirtió en su mecenas para ayudarle a dar el salto a Europa. En los 90 se trasladó a Lavapiés, en Madrid, ya con un nombre en el mundo del arte, pero desconocido para el gran público. Le llamaron también para encargarle 26 vidrieras en la Catedral de Cuenca. «En invierno hacía un frío de la leche ahí colgado con una cuerda».

Una de las cosas que más llamó la atención de todo el mundo fue el uso que hacía del color. Miguel Galanda destacó «sus colores chirriantes y ácidos, esos verdes rarísimos». El mismo Bonifacio era más explicativo: «El verde lechuga ese asqueroso, a mí me gusta muchísimo». Lo cierto es que un hombre que vivió de niño la Guerra Civil, que perdió a su padre fusilado, que vivió en San Sebastián, una de las ciudades donde más llueve de España, lejos de adaptar en su pintura colores habitualmente vinculados a la tristeza o al horror, destacó por una policromía abundante, en algunos casos hasta excesiva. «A mi –decía Boni– me gustan los cuadros con colorines, no uniformes». Y apostillaba de forma muy concisa –siguiendo con un lenguaje no tan policromático–, blanco y en botella: «A mí la pintura tenebrosa, la negra, la goyesca, pues no sé, no me llama la atención. Pintar en negro es jodido».

Sus explicaciones sobre arte estaban lejos de esa corriente canónica moderna y, por contra, eran mucho más cercanas al lenguaje de la calle. Sobre Matisse y esa cromática tan potente que utilizaba y que tanto le gustaba decía: «Ves sus libros y dices, ¡joder este hijo de puta… hasta que he descubierto yo eso! Estos colores tipo azul ultramar y tal, los hace sobre blanco. Y es que, con blanco y amarillo, se saca brillo».

Siempre modesto con su trabajo, aseguraba que «los cuadros ni se terminan ni hostias: se abandonan. Si nunca sale lo que uno quiere… Yo me voy a la cama pensando siempre que no sale. Y si pienso que he acertado, lo borro, y a veces borrando por accidente, sale algo que más o menos me gusta; el accidente me interesa un huevo». Y añadía: «Algunos cuadros con los que no puedo más, los castigo y los pongo contra la pared; al cabo del tiempo los miro y digo, pues no están tan mal, parece que se terminan solos. ¡Esto de la pintura es más raro que la hostia!». Era un inconformista nato y eso le llevó a seguir interesándose por mejorar: «Tengo que estar aprendiendo hasta que la espiche», decía.

Boni, como lo llamaban los que le conocían mejor, era inclasificable, pero quizás sí tendría un hueco como maestro artístico de la sabia y universal Escuela de la calle, no en vano frecuentaba más el bar de menú de debajo de su casa en Lavapiés, que las reuniones artísticas. Terminamos con un grandioso colofón, válido para cualquier artista en ciernes. «Cuando me pongo a pintar lo hago por intuición, no sé por qué lo hago; por instinto, como la música de jazz, improvisas… Haciendo es como salen las cosas. La inspiración, como decía aquel, son 10 o 14 horas de trabajo […]. Pero tampoco soy de esos de ¡ains!, es que yo si no pinto me muero, ¡pero qué cojones te vas a morir! Si hay más cosas que hacer que la puñeta, hombre».

Si fuera todo tan fácil, ¿verdad?

AQUÍ puedes ver el maravilloso documental La cicatriz interior, que grabamos con Bonifacio en su estudio de Lavapiés en 2007. 
En el CBA tuvimos el honor de acoger una exposición de Bonifacio, En los campos de batalla, cuya información tienes aquí.
Además, publicamos un dossier especial en la revista #Minerva5 con varios artículos que hemos referido y enlazado a través de citas en este artículo.