la lógica del sueño

   

  

Jordi Doce  

La lógica del sueño  

En una de las viñetas autobiográficas de Visión de la memoria (1996), el poeta Tomas Tranströmer recuerda la ocasión en la que, con apenas cinco años, se perdió en el centro de Estocolmo. Había ido a un concierto con su madre pero, al salir del auditorio, el empuje de la multitud los separó y pronto el niño se vio solo, «privado de todo amparo», en una plaza llena de gente. Dominando su pánico, revolvió desandar el camino que habían hecho en autobús. Dos instantes presiden su recuerdo. El primero es cuando, asustado por el paso de los coches, se resiste a cruzar una calle: «Me volví hace un hombre que tenía junto a mí y le dije: ‘Aquí hay mucho tráfico’. Me tomó de la mano y me acompañó a cruzar». El segundo es cuando se acerca a su barrio y comprueba con alivio que lo peor ha pasado, que ha tomado el camino correcto:  

Cuando volví a casa, me hallaba en estado de embriaguez. Me recibió el abuelo. Mi madre, desesperada, estaba en comisaría siguiendo las investigaciones. El buen talante del abuelo no falló: me recibió con naturalidad. Estaba contento, pero no dramatizó. Todo era seguro y natural.  

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