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Una Tierna Despedida

Tonino Guerra
Traducción José Manuel Mouriño   |   Imágenes © Instituto Internacional Andréi Tarkovski
Andréi Tarkovski, autorretrato (San Gregorio, noviembre de 1983)

Tarkovski, cuando me casé en Moscú en 1977, portaba consigo una cámara Polaroid y se manejaba muy bien con ese nuevo medio que había descubierto hacía poco. Antonioni y él eran los testigos de mi boda y, como era habitual en aquella época, a ellos les correspondía elegir el tema que la orquestita habría de entonar en el momento de la firma. Eligieron El Danubio azul.

En aquel entonces, Antonioni también usaba mucho la Polaroid. Recuerdo que durante una búsqueda de localizaciones en Uzbekistán (para una película que después no llegó a realizarse) él quiso regalarles a tres ancianos musulmanes una fotografía que les había tomado. El de más edad, tras echar un vistazo fugaz a la imagen, se la devolvió al cineasta diciendo: «¿Por qué detener el tiempo?». Nos quedamos estupefactos y sin respuesta frente a esta extraordinaria renuncia.

Reflexionaba Tarkovski a menudo sobre esta «fugacidad del tiempo» y buscaba, verdaderamente, detenerlo incluso con las rápidas miradas de la Polaroid.

Larisa Tarkovskaya y Dak, Miasnoie, septiembre de 1981

Hoy podemos disfrutar de esta parte de su trabajo. Imágenes como el vuelo de una mariposa frente a los ojos de quien siente la brevedad de la vida, no debido a la enfermedad aún lejana, sino a la conciencia de que todo está hecho de miradas fugaces que hemos de tener cerca para un viaje que resulta asfixiante.

Apenas a trescientos kilómetros de Moscú, en su casa de campo de Miasnoie, era feliz cuidando del huerto o contemplando el sudor de un caballo que se evaporaba en el lomo del animal, creando filamentos nebulosos. Al menos dos veces vi cómo salía con su familia de Moscú y pude verlos también regresar, cargados de bolsas, paquetes y maletas viejas. Dak, el perro, era el último en montar al coche cuando se iban y el que precedía a todos cuando regresaban. La última vez, Andréi no subió directamente al apartamento que tenían en la planta trece.

Empezamos a caminar, cogidos del brazo, a lo largo de un sendero de tierra hacia las afueras de nuestro barrio, en la zona de Mosfilm, donde yo estaba mirando a los pájaros que venían a comerse las migas de pan sobre la mesa de la terraza. Quería hablar de su estancia en el campo, seguramente por las ganas de volver allí con las palabras.

Tonino Guerra, Bagno Vignoni, 1982

Había tomado las fotografías que veo ahora en este precioso libroCf. nota en página anterior.. Miradas a su mujer, a su hijo y a ese mundo de neblinas donde el rocío creaba perlas en las telas de araña. Después pasamos mucho tiempo juntos en Italia. Los inmensos paisajes rusos que, al mirarlos, llegaban hasta el oído, aquí se agolpaban frente a la nariz. Vuelvo a ver la portada de mármol del convento semiderruido de Monterano, que ya solo protegía a un gran árbol de hojas otoñales que caían poco a poco. Él confió a ese árbol un deseo: «Si se cae ahora, mientras hablo, una hoja del árbol, será la señal de que mi mujer y mi hijo Andréi obtendrán el permiso para reunirse conmigo en Italia». Pero la hoja no cayó.

Viajamos mucho desde Nápoles al sur, donde le impresionó la belleza del barroco de Lecce o la visión de la catedral de Trani. Al llegar a Bagno Vignoni, por fin las ideas para la estructura de una película encajaron dentro de una historia que le gustaba. Recuerdo cuando entramos en la pequeña iglesia, al borde de la piscina termal de la plaza, en donde los vapores tiñen de lejanía un paisaje de casas antiguas.

Miasnoie, 1981

Nos alcanzó, aquella mañana, una luz cálida que atravesaba los cristales polvorientos hasta detenerse sobre los descoloridos decorados de una pared. A mí me sorprendió sentado en un banco, como si fuera la sombra perfecta con la que realzar esa caricia del sol sobre los muros, además de sobre mi cuerpo oscuro.

La melancolía de ver las cosas por última vez es la sustancia más misteriosa y poética que nos dejan estas imágenes. Como si Andréi quisiera trasladar rápidamente su propio disfrute a los otros. En definitiva, pan para comer juntos y no solo para saciar sus ganas de éxtasis. Y te regalan, además, el perfume de una tierna despedida.