Pobreza · Saúl Martínez Bermejo

Los orígenes etimológicos del vocablo “pobreza” se remontan al término proto-indoeuropeo peh-w (poco, pequeño). En griego antiguo, el término παῦρος también significaba poco o pequeño. La etimología del término germano Arm (pobre, del que deriva Armut, pobreza) es en gran parte desconocida, pero puede tener que ver con términos relativos a la soledad o al aislamiento respecto a la comunidad. Estas dos palabras se complementan en alemán actual con multitud de términos para definir a aquellos sin medios, necesitados, o desdichados (besitzlos, mittellos, bedürftig, beklagenswert). No obstante, para analizar en profundidad la asociación (o más bien la diferencia) entre pobreza y fracaso es particularmente interesante el uso del término en latín clásico. Ni el adjetivo pauper ni el sustantivo pauperitas, formado a partir del primero, se usaban para referirse a la carencia absoluta de bienes o recursos. Pese a ser el origen de “pobreza” y otras palabras equivalentes en la mayoría de lenguas romances, esos términos referían más bien a los pocos medios, o a aquellos que tan sólo podían cubrir unas necesidades moderadas. Definían, por tanto, una situación “intermedia”, que era tan distinta de la abundancia y el lujo como de la penuria, la inopia (necesidad), o la egestas (indigencia). 

La definición de “pobre” del famoso diccionario castellano publicado por Sebastián de Covarrubias en 1611 incluía el siguiente verso de Marcial: “No es pobreza, Néstor, no tener nada” (Epigram. 11, 32.8). La cita del poeta del siglo I ilustra bien la diferencia existente en el mundo antiguo entre pobreza y carencia absoluta. El epigrama del que procede es un irónico ataque contra este personaje imaginario, que pretende presentarse y ser considerado como pobre cuando, en realidad, no tiene absolutamente nada: ni una cama infestada de gusanos, ni un hijo, ni una llave, ni una copa de vino, etc.  Pese a los cambios que estaba experimentando el concepto de pobreza, en 1611 Covarrubias aún podía reclamar esa tradición clásica y definir pobre como “menesteroso y necesitado”; es decir, aquel que estaba en falta de alguna cosa.

El Dictionnaire universel de André Furetière, publicado en 1690, define al “pobre” en un sentido más agudo, y más semejante al actual, como aquel “que no tiene bienes, que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida o no puede sostener su condición”. No obstante, si bien las dos primeras ideas confirman la expansión del término pobreza, la última indicación nos pone en contacto con algunos usos particulares que aún mantenía en la edad moderna. Al considerar pobre a aquel que no es capaz de vivir de acuerdo con las exigencias de gasto esperables de su condición social, Furetière refleja los fundamentos de una sociedad estamental, en la que la apariencia es clave para mantener el reconocimiento social y reproducir el estatus. En el mundo de Furetière la pobreza no se definía únicamente en términos absolutos (carencia de medios para la vida), sino también de modo relativo (incapacidad de “defender” el estatus social). Furetière recogía además la existencia de regiones (pays) y comunidades pobres.

La constante extensión del término, en paralelo al ascenso de una sociedad comercial, se hace evidente en los diccionarios del siglo XVIII. Por ejemplo, los dos términos latinos paupertas y egestas se concentran como equivalentes de “pobreza” en la correspondiente entrada del Diccionario de la lengua castellana, el diccionario de autoridades publicado por la Real Academia de la Lengua entre 1726 y 1739.  Medio siglo después, el Diccionario cuatrilingüe de Esteban Terreros y Pando de 1788 indica que “pobre” es tanto el necesitado como una persona “sin bienes”, “sin hacienda” o —muy significativamente ya— quien está “acabado”. La expansión del campo semántico de pobreza se aquilata con toda la nueva serie de adjetivos que Terreros Pando propuso como equivalentes latinos de “pobre”: depressus, denudatus, spoliatus. El pobre se asociaba, por tanto, al hundido o bajo, al despojado y al expoliado.

Hoy día apreciamos una clara asociación entre éxito y riqueza material. Esta relación se verifica a muy distintos niveles, desde el personal al empresarial, incluyendo asimismo a ciertos grupos y comunidades. Numerosas movilizaciones y protestas recientes han empleado, por ejemplo, la oposición entre el 1% más rico y el restante 99%, y hablamos cotidianamente de grupos de los países más ricos y más pobres. Arrastrada por esa multitud de imágenes, aparece a menudo la asociación contraria, que liga la pobreza al fracaso. Al consolidarse el uso del término pobreza hacia las zonas previamente reservadas a la indigencia, se ha hecho necesario, por ejemplo, adjetivar la pobreza como “extrema”, en un esfuerzo para comprender más adecuadamente las distintas situaciones a las que solemos hacer referencia con ese único término. 

Cualquier análisis del término pobreza pone en duda, en primer lugar, la existencia de antónimos absolutos. Este vocablo suele referirse a realidades más complejas, situadas a lo largo de una escala de necesidad o en círculos concéntricos. Los análisis de los especialistas contemporáneos distinguen así entre pobreza absoluta, definida por la carencia de medios para la subsistencia y pobreza relativa, o el empeoramiento de la posición económica o posición respecto a la media de la sociedad (Geremek 1997: 12). Algunos indicadores estadísticos contemporáneos definen el umbral o la línea de la pobreza con una cantidad absoluta (de 1,25$ a 2$ de ingreso diario), mientras que otros usan una medida relativa a los ingresos típicos (mediana) de un hogar (Knight 2017:10). Como ocurre con muchos otros términos vinculados de modo más o menos estrecho con el fracaso, el término pobreza rara vez se usa por referencia a criterios fijos o cuantificables, sino que remite más bien a percepciones exteriores o a definiciones contextuales. Múltiples analistas coinciden en señalar, por tanto, que el fenómeno de la pobreza no puede entenderse únicamente de acuerdo con criterios económicos e insisten en señalar la importancia, e incluso la primacía, de los componentes sociales y culturales (Geremek 1997: 2-6) en las “narrativas” sobre la pobreza (Knight 2017: 13-16). La vinculación entre pobreza y fracaso es fruto, por tanto, de una larga serie de transformaciones en los sistemas económicos y en las percepciones sociales. El proceso de asociación entre pobreza y fracaso muestra la importancia de atender a la atribución externa de etiquetas sociales o culturales, pues estos mecanismos generan estructuras mentales sólidas contra las que a menudo chocan irremediablemente los datos estadísticos. La reversión de la asociación entre pobreza y fracaso, o de la culpabilización del individuo por su pobreza debe pasar por un cambio en esas dinámicas de atribución.

La etimología y el cambio conceptual constituyen un punto de partida sólido para analizar la erosión del estatus intermedio (no extremo) que caracterizaba a la pobreza en la antigüedad y el proceso de empobrecimiento propio de la modernidad, ligado a la expansión semántica del término y a la desaparición de las particularidades y matices de los que aún gozaba en el siglo XVII. En la edad moderna se asistió a un cambio, en sentido negativo, de una condición que previamente había sido bien aceptada o incluso tolerada. De modo paralelo, como mostraba la definición de Antoine Furetière, la aplicación del término se extendió desde los individuos a los colectivos abstractos. Se produjo así una progresiva asociación de la pobreza con la marginalidad y una creciente criminalización de los pobres. Ello no impidió, sin embargo, una notable permanencia de actitudes positivas hacia ciertas formas de pobreza. Estas asociaciones positivas, constantemente reformuladas y adaptadas, muestran la enorme ambigüedad del término y las numerosas contradicciones existentes en el discurso sobre los pobres.

La tesis de Catarina Lis y Hugo Soly en su ya clásico Pobreza y capitalismo en la Europa preindustrial (1350–1850) (1979) señalaba que la irrupción de pobres de origen rural en las ciudades europeas desde inicios del siglo XVI —provocada por el aumento demográfico— provocó un cambio significativo en las percepciones de la pobreza. Esta situación se agravó constantemente en un contexto de crisis climática, de producción agrícola y de inflación. La presión sobre los recursos agravó las crisis de subsistencia y acentuó la migración desde el campo hacia las ciudades. Muchos de los indicadores cuantitativos expresan un notable empeoramiento, en términos absolutos, de las condiciones de subsistencia en los siglos XVI y XVII (Parker 1981: 22-33; Parker 2013).

En lo que respecta a las percepciones sociales y culturales, la asociación entre pobreza y fracaso se completó con una vinculación cada vez más clara a la miseria, la marginalidad y la mendicidad. Bronislaw Geremek (1997) mostró que las actitudes de sospecha hacia los pobres pueden rastrearse en la edad media, pero insistió igualmente en la ruptura del sistema medieval de la charitas, que beneficiaba moralmente a quien daba limosna con independencia de la verdad de la historia de pobreza que propiciase el acto caritativo. El desarrollo paulatino del control gubernamental sobre las sociedades y el proceso de y construcción de un sistema capitalista contribuyeron a agravar continuadamente las asociaciones negativas de la pobreza. De modo creciente a partir del siglo XVI se publicaron numerosas ordenanzas municipales y libros dedicados a distinguir entre los pobres verdaderos y una variadísima tipología de pobres ficticios que aparentaban ser religiosos, penitentes, judíos convertidos, discapacitados físicos o soldados retirados (Henke 2010: 166). Esta mirada desconfiada y clasificatoria, base de la relación entre el pobre, las autoridades y las instituciones o personas que ofrecían limosna, es un primer paso imprescindible hacia una criminalización, control y represión cada vez más abiertos, posturas que experimentaron una aceleración notable a lo largo del siglo XVIII. Moviéndose entre los polos de La piedad y la horca, este proceso no fue unidireccional, sino que demuestra actitudes contradictorias y vacilantes. Más aún, los cambios en la percepción de la pobreza no se amoldan a unas fronteras temporales absolutamente claras (Geremek 1997: 7-8). La evolución general no debe hacernos olvidar ni las peculiaridades de la percepción sobre la actividad económica y el beneficio en la edad moderna ni las múltiples asociaciones positivas de la pobreza, que habitualmente hundían sus raíces en la edad media y en ocasiones se trasladan hasta la actualidad.  

Como hemos señalado, este proceso no es unidireccional, sino que está lleno de actitudes contradictorias. Más aún, los cambios en la percepción de la pobreza no se amoldan a unas fronteras temporales absolutamente claras (Geremek 1997: 7-8). La evolución general no debe hacernos olvidar, por tanto, las múltiples asociaciones positivas de la pobreza propias de la edad moderna, que habitualmente hundían sus raíces en la edad media y en ocasiones se trasladarán hasta la actualidad. 

En las sociedades del antiguo régimen, una buena parte de la población estaba más preocupada por evitar la pobreza y el riesgo que por hacerse ricos o maximizar sus beneficios (Thomas 2009: 110). Esto no quiere decir que no existiesen individuos oportunistas y deseosos de ampliar sus tierras o posesiones, sino que la acumulación de riquezas era una actividad especializada y que debía justificarse sólidamente (Thomas 2009: 111). La mayoría de las actividades ligadas al beneficio financiero y a la abundancia pecuniaria se situaban en una parcela específica dentro de un esquema de pensamiento muy distinto al de la economía mercantil o capitalista. Las críticas a la riqueza excesiva, a la acumulación dineraria, al cobro de intereses injustos o a la usura fueron muy habituales en sociedades de fuerte arraigo comunitario y estamental, en las que se entendía que dicha ganancia iba en perjuicio de la estabilidad general. Si bien la pobreza no era deseable, tampoco se consideraba intrínsecamente condenable, como demuestra el siguiente proverbio, recogido por Furetière en su diccionario: “La pobreza no es un vicio, sino una especie de lepra: todo el mundo huye de ella”. En la época, la crítica moral se trasladaba fundamentalmente al otro extremo del espectro: la riqueza o la codicia excesiva. En su ensayo sobre las riquezas, Francis Bacon condensó esta actitud sentenciando que estas eran, para la virtud, como el equipaje (impedimenta) de los ejércitos, que impedía la marcha y en ocasiones costaba una victoria. Esta postura está en línea con la tradición aristotélica, que ya proponía que un cierto nivel de riqueza era necesario para llevar una vida virtuosa, pero no retrataba positivamente el sobrepasar esos límites (Thomas 2009: 112-113).

La ausencia de una crítica intrínseca de la pobreza se combinó, sin embargo, con un esfuerzo creciente por diferenciar entre los pobres reales, los desprotegidos, y los pobres fingidos, dedicados al engaño, la delincuencia y las actividades consideradas inmorales. Antes de entrar a servir a su tercer amo, el escudero, Lázaro de Tormes pasa unos quince días pidiendo limosa en las calles de Toledo. Mientras las heridas que le había provocado su anterior amo se mantuvieron abiertas, Lazarillo obtiene siempre alguna limosna, pero cuando deja de presentar signos visibles y evidentes de su desgracia todos le dicen: “Tú bellaco y gallofero eres. Busca, busca un amo a quien sirvas”. Una vez curado, sus peticiones de limosna eran percibidas como las de un sujeto holgazán y ocioso que no quería trabajar. Cabe además recordar que, como esos otros pobres de origen rural que han recuperado las investigaciones históricas, la madre del Lazarillo se había visto obligada a migrar desde el campo a la ciudad de Salamanca tras quedarse viuda. 

Junto a la novela picaresca —que retrata al mismo tiempo las duras condiciones de vida de la época, la conversión de la pobreza en una forma de vida y las crecientes sospechas hacia las actividades de esos mismos pobres (Geremek 1991)— ciertas formas de pobreza, intelectualizadas y estereotipadas, fueron también objeto habitual de la representación artística y literaria. Numerosos santos se representaron con una apariencia exterior próxima a la mendicidad, y la tradición clásica también ofrecía algunos referentes para la apreciación de algunas formas de pobreza. Los retratos Menipo y Esopo pintados por Velázquez en torno a 1638, no sólo muestran a ambos personajes con apariencia de mendigos contemporáneos, sino que constituyen una reflexión sobre la renuncia (o no) a las posesiones materiales. Por ello contrasta la risa del despegado Esopo con la tristeza del avaricioso Menipo (Portús 2007: 327). Estos personajes harapientos decoraban las paredes de la Torre de la Parada —el pabellón de caza de los monarcas en el Pardo— junto a los de Heráclito y Parménides concebidos por Rubens.  La oposición entre el sonriente desapego mundano de Heráclito y la tristeza de Parménides nos recuerda la importancia cultural de la reflexión sobre la pobreza material. 

En la tradición cristiana, base esencial del comportamiento social en la Europa moderna, la presión o condena moral sobre la pobreza era, en términos generales moderada. La Biblia contiene buen número de pasajes que critican la riqueza excesiva y algunos elogios de la pobreza, tales como las bienaventuranzas (Lucas 6:20-Mateo 5:3) que encabezan el Sermón de la montaña. Esos pasajes fueron un acicate para numerosos movimientos críticos con la Iglesia institucional y base para las llamadas a un cristianismo despojado de todo ornato o acomodo. Las órdenes mendicantes de la Edad Media supusieron un auténtico pulso social, y las llamadas a una vida religiosa pobre se mantuvieron en la Edad Moderna, generando tanto nuevas órdenes (Carmelitas descalzas, por ejemplo) como numerosas formas de protesta social. No obstante, fuera de control, la pobreza podía convertirse en un argumento muy peligroso y provocó una respuesta clara de las autoridades religiosas que se sentían amenazadas. Es bien conocida la respuesta de Lutero ante las protestas de la Guerra de los campesinos, a los que no dudó en denominar ladrones. Lutero también añadió en 1528 un prólogo al Liber vagatorum, publicado por primera vez en 1510. En él, se mostró muy crítico contra los mendigos y animaba a descubrir su falso lenguaje y sus trucos (Henke 2010: 165). El blanco de la crítica moral no era, por tanto, la pobreza, sino el falso pobre, el que no deseaba evitar esa situación. Frente a las interpretaciones literales de ciertas llamadas a la pobreza presentes en la biblia, se promovieron reflexiones más sofisticadas, que versaban sobre la relación íntima establecida con las riquezas. En De subventione pauperum (1526), Juan Luis Vives no sólo había mostrado enormes recelos contra los falsos pobres, sino que señaló que eran los “pobres de espíritu” los elegidos por Jesucristo, y no los meros “pobres de dinero”, capaces en ocasiones de ofender más a la religión que quienes vivían en la abundancia y la riqueza.

La importancia de la religión cristiana como fundamento del orden social es difícil de exagerar. Las instituciones eclesiásticas constituyeron la primera línea de acción contra la pobreza y los teólogos mantuvieron el papel clave en la definición general de la pobreza y la riqueza, y no solo en términos morales. La teología, cúpula de la jerarquía de saberes modernos, era el saber regulador y de referencia al cual podían referirse las discusiones en torno a las transacciones comerciales y financieras, así como la relación con las riquezas. El interés, el lucro, o la usura fueron objeto de numerosos tratados por parte de teólogos de los siglos XVI y XVII, incluidos los de la segunda escolástica española, que a menudo introdujeron considerables innovaciones y ampliaron el rango permitido de acción del comercio (Clavero 1979). Desde que en 1904 Max Weber propusiese el espíritu del protestantismo como favorecedor de condiciones para una economía capitalista, se ha venido debatiendo insistentemente la asociación entre el cambio religioso del siglo XVI y desarrollo de una mentalidad capitalista (Lutz 2005:268-272). Se han trazado los argumentos políticos del capitalismo antes de su triunfo (Hirschmann 2013) y se ha analizado la separación entre la esfera de la misericordia y la de la crematística como el paso que permitiría una apreciación positiva del enriquecimiento individual. Una mayoría de autores coincide, en todo caso, al señalar el siglo XVIII como punto de reconceptualización de la esfera de la economía (Brunner 1976; Taylor 2004:69-71) y del mismo trabajo como productor de riqueza (Méda 2010).

En paralelo a los cambios sobre el papel del interés, el comercio, la ganancia y el trabajo, la edad moderna presenció una institucionalización de la ayuda y la asistencia a la pobreza. La historia social ha debatido —casi en un eco de las controversias generales sobre Weber— si el origen de las legislaciones municipales para el socorro de pobres tuvo lugar en las ciudades protestantes de Alemania o en las de los países católicos (Geremek 1997:10-12), pero de lo que no cabe dudas es de que este tipo de medidas e instituciones se extendieron con notable rapidez, y muchas semejanzas, por toda la Europa moderna. Por un lado, se trataba de coordinar la caridad y la limosna a través de instituciones como Hospitales, Casas de Misericordia u otras proyectadas por diversos autores de la época, tales como los Albergues de Pobres diseñados por Cristóbal Pérez de Herrera en sus Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos (1598). Por otro lado, y de manera indisoluble, como muestra el doble empeño de Herrera, se perseguía controlar y disciplinar a los pobres, a quienes se someterá crecientemente a condiciones de trabajo forzado y encierro. 

En términos generales, esta institucionalización fracasó en su objetivo de combatir la pobreza, que siguió creciendo entre los siglos XVI y XVIII. Las causas principales de la pobreza urbana (desempleo, subempleo, viudedad, edad avanzada) no sufrieron cambios notables a lo largo de todo el periodo (Woolf 1984), pero la desconfianza que se instaló respecto a los falsos pobres contribuyó, junto con los programas de encierro y disciplinamiento, a reforzar las asociaciones entre pobreza y fracaso. Este proceso ejemplifica el desplazamiento de un problema del conjunto de la sociedad, generado por las presiones sobre el sistema productivo y el reparto desigual de los recursos, hacia un grupo particular, crecientemente controlado y culpabilizado mediante la atribución de etiquetas adicionales sobre su condición. La pervivencia de la sospecha hacia el pobre o la asunción de la pobreza como característica estructural e inevitable del sistema capitalista contribuyen a dificultar la solución del problema, que pasa tanto por el combate de la desigualdad económica como por la creación de marcos explicativos que rompan las asociaciones seculares entre pobreza y voluntad individual (expresada como falta de iniciativa), o entre pobreza y aprovechamiento engañoso del sistema de ayuda.

Bibliografía:

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Índice de ilustraciones:

Fig. 1: Bartolomé Esteban Murillo, Joven mendigo, ca. 1650, óleo sobre lienzo, Museo del Louvre, dominio público.

Fig. 2: Diego Velázquez, Menipo y Esopo ca. 1640, óleo sobre lienzo, Museo del Prado, dominio público.