Juan Miguel Hernández León cumple 25 años como presidente del CBA

El Círculo de Bellas Artes quiere felicitar a Juan Miguel Hernández León por sus 25 años como presidente de esta institución que, por su vinculación con ella, podemos decir con fundamento, que es su segunda casa. Como estudiante de Arquitectura de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), frecuentó los talleres de dibujo y pintura del CBA. Por entonces ni siquiera él intuía que en los ochenta sería vocal de la Junta Directiva del Círculo, con Martín Chirino de presidente, y ya en 1995, presidente de la institución hasta nuestros días.

Juan Miguel Hernández León es Doctor Arquitecto desde 1982 y se licenció en la ETSAM en 1974, de la que también fue director entre 1999 y 2008. Pero mucho más allá de sus innumerables logros como arquitecto, docente, político, escritor, conferenciante, comisario y deportista —que comentaremos más adelante—, cabe destacar que estamos ante un intelectual cosmopolita con todas las letras, dotado con una amplia visión humanística, crítica y estética, y con un compromiso inquebrantable hacia los pilares fundamentales sobre los que se sustenta el propio Círculo de Bellas Artes: la promoción de las artes, la cultura y el pensamiento, y la generación de espacios de reflexión, crítica y diálogo abiertos a toda la sociedad.

«La cultura no se consume —ese término es propio de la gastronomía—, sino que es un proceso de humanización que implica transversalidad, permite una reflexión abierta y genera inquietud» dijo Juan Miguel Hernández León en el acto de presentación de esta temporada del Círculo de Bellas Artes. En eso estábamos cuando nuestra programación se vio quebrantada por la crisis del coronavirus. Y es que la presidencia de Juan Miguel Hernández León no ha sido ni mucho menos fácil en este sentido. A esta crisis pandémica hay que sumar la económica de 2008. Sin embargo, ya entonces, después de pasarlo muy mal, el Círculo salió del trance herido, pero se afianzó como Casa Europa y referente cultural, artístico y humanístico. Siempre intentando poner en valor a los artistas capaces «de detectar síntomas, líneas de fuga en el ámbito de lo social, y de ofrecer virtualidades que abren campos de libertad y posibilidades».

Juan Miguel Hernández León posa en la escalera del Círculo de Bellas Artes.

PRESIDENTE DEL CBA

A lo largo de su dilatada presidencia, Juan Miguel ha comisariado exposiciones, ha participado en conferencias, mesas redondas, debates, presentaciones literarias,… ha entregado nuestras medallas de oro a decenas de importantes nombres de la cultura, el arte y el pensamiento, ha comisariado exposiciones, ha presentado todas nuestras programaciones, ha dado la bienvenida a representantes de la política y la cultura, ha leído en la Lectura Continuada del Quijote, ha recibido en su segunda casa a los participantes de La Noche de Max Estrella o del Carnaval y ha dado la cara por la institución y sus miembros en el ámbito nacional e internacional.

ARQUITECTO

Como arquitecto, entre sus obras destacan la recuperación de los espacios de las Murallas Reales de la ciudad de Ceuta, el Museo de Arte Contemporáneo de Vélez-Málaga, el Plan de Remodelación del eje Prado-Recoletos de Madrid, junto a Álvaro Siza, el Palacio de Congresos en la Universidad de Zamora, junto a Francisco Mangado, o la Fundación Cultural Sánchez Ruipérez en Peñaranda (Salamanca).

En el apartado docente, es catedrático en Composición de la ETSAM desde 1987, coordinador del Cluster de Patrimonio del Campus Internacional de Excelencia Moncloa, director de tesis y profesor de diversos cursos y másteres. Además, ha sido Academic Guest en la Rice University School of Architecture y conferenciante en las más reputadas Universidades de Europa y América con largas estancias en universidades de Estados Unidos, Francia e Italia. Ha formado parte también de jurados en concursos internacionales de Arquitectura. 

POLÍTICO

Actualmente es diputado en la Asamblea de Madrid por el Partido Socialista Obrero Español. También fue director general de Cultura de la Consejería de Cultura y Deportes de la Comunidad Autónoma de Madrid y en 1987 ocupó el cargo de director general de Bellas Artes y Archivos, entre otros.

ESCRITOR Y COMISARIO

De su trabajo como comisario destacamos las exposiciones Diseñar América: el trazado español de los Estados Unidos, exposición que tuvo recorrido internacional y la que tuvo lugar en el CBA, Arqueología de la memoria reciente: ciudad y territorio en España, 1986-2012. y que vino acompañada de un libro y un documental Atlas del deseo.

Hernández León también fue director fundador de la Revista Pasaje de Arquitectura y Crítica (Premio Santiago Amón de la difusión arquitectónica) y director también de Iluminaciones. Revista de arquitectura y Pensamiento, así como director científico de las colecciones Textos de Arquitectura, de AKAL, y de Arte y Arquitectura, de la Editorial ABADA. 

También ha colaborado en diversas revistas especializadas en arquitectura y arte, como Lotus, Casabella, Domus o Arquitectura Viva. Además, es habitual su contribución teórica y crítica en libros monográficos y exposiciones sobre la arquitectura española y portuguesa.

Entre sus libros, el primero publicado fue La casa de un solo muro (Nerea, 1990), que toma su título, en traducción no literal, de la patente constructiva que Adolf Loos registró en 1921 bajo el nombre de «Haus mit einer Mauer». Hernández León reflexiona sobre la categoría loosiana de lo doméstico a partir de un análisis de las villas construidas y proyectadas por el arquitecto vienés, poniendo de manifiesto la vigencia contemporánea de su discurso polémico y radical.

El volumen Conjugar los vacíos: ensayos de arquitectura apareció en 2005 (Abada) y en ellos, lejos de emitir juicios de valor, Juan Miguel participa del territorio de la misma arquitectura. La relación con el lugar, la fragmentación de la “gran forma” o la normatividad de los nuevos lenguajes arquitectónicos son algunos de los temas analizados en el libro. 

En 2007, publicó Arquitectura Española Contemporánea: La otra modernidad (Lunwerg Editores), en el que se recogen imágenes de doces emblemáticos edificios vistos por el fotógrafo y también arquitecto, Marc Llimargas. Y en 2013, Autenticidad y Monumento. Del mito de Lázaro al de Pigmalión (Abada). En este ensayo, cargado de referencias y sugerentes paralelismos, Hernández León analiza el desarrollo y los accidentes sufridos por estos dos conceptos, autenticidad y monumento, desde su nacimiento hasta la actualidad y la importancia que han tenido en la génesis del discurso patrimonial.

Ser-Paisaje se publicó en 2016 (Abada). Durante la presentación de este texto, centrado en la cuestión de pensar en lo que queremos decir al decir “paisaje”, Hernández León explicó que lo escribió “contra” dos afirmaciones habituales. Por un lado, contra aquellos que aseguran que sólo se puede hablar del paisaje «cuando surge la pintura paisajista holandesa» y por otro, contra los vanos intentos de pretender «describir científicamente el paisaje».

DEPORTISTA

Poca gente conoce que Juan Miguel fue campeón de España de kárate y componente de la selección nacional de este deporte participando en un buen número de competiciones internacionales. Además, ha sido jinete amateur de caballos, otra de sus pasiones y llegó a ser gerente de la Asociación de Deportes Olímpicos. 

En 2005, escribía Abriendo el Círculo, para el libro sobre los 125 años del CBA y lo cerraba con esto: «Trazamos nuestro itinerario para impulsar el proyecto hacia el futuro. Nuestra trayectoria, más que nunca, quiere hacerse, quiere realizarse y concretarse, en el Círculo abierto: en el de todos».

Quince años después de esta frase y veinticinco desde que fuera nombrado presidente del CBA, seguimos abriendo y ensanchando el Círculo junto a Juan Miguel Hernández León. Y que sean muchos más. ¡Enhorabuena!

Benjamin y Sander: rostros de la multitud

FRANCISCO VEGA

Preliminarmente, podría decirse que no han constituido excepciones los momentos históricos en los que el arte ha estado trenzado íntimamente, ofreciendo sus aparentes encantos y fulgores, con las estructuras de control y dominación. Más ajustado, con todo, sería indicar que el poder ha comprendido tradicionalmente al arte como la nervadura fundamental de su incidencia sociohistórica: no los encantos de la apariencia, sino a la apariencia como encanto. No muy lejos de esta idea, en su celebérrimo Ways of seeing John Berger determinó que ha devenido ciertamente en un locus communis el afirmar que “un cuadro al óleo en su marco es como una ventana abierta al mundo”, cuando sería indudablemente más preciso señalar que “si se dejan a un lado sus pretensiones, la imagen más adecuada no es la de una enmarcada ventana que se abre al mundo, sino la de una caja fuerte empotrada en el muro, una caja fuerte en la que se ha depositado lo visible”[1].

Gobernada acríticamente por el modelo analógico de la ventana transparente, el arte debería, si seguimos a Berger, reconocerse como una caja fuerte, como una bóveda opaca y cerrada en la que han ido depositándose las continuas adquisiciones que han dado forma al patrimonio de las fuerzas hegemónicas. Con Lévi-Strauss, Berger argumentará desde esta misma perspectiva que no se habría tratado, en el despliegue de la moderna institución Arte, de representar lo situado fuera de esa idealizada y diáfana ventana abierta, sino de “tomar posesión”.

Son múltiples, como resulta palmario, las muestras que aquí podrían aducirse al respecto. En su América imaginaria, por ejemplo, y desde una clave interpretativa cercana a la recién enunciada, Miguel Rojas Mix refiere los casos —fundamentales en el contexto de los debates sobre el imaginario de la conquista y colonización del “Nuevo Mundo”—, de Frans Post y Albert Eckhout, pintores al servicio del gobernador Johann Moritz von Nassau y la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales[2].

Denominado como “el Canaletto del Brasil”, Post desarrolló un proyecto pictórico compuesto por más de 130 cuadros que, esencialmente, buscaba transmitir las particularidades del paisaje americano a aquellos que participaban financieramente de las empresas de la Compañía Holandesa. En este sentido, y habiendo pintado solo seis de sus cuadros pisando efectivamente el territorio brasileño, el trabajo de Post fue desarrollado casi exclusivamente luego de su regreso a Europa con el objetivo cardinal de vehicular imágenes que permitieran la “toma de posesión”; imágenes que permitieran, en efecto, a los propietarios colonizadores reconocer y programar nuevos planes de trabajo en lo que entendían como sus dominios. Proyectando un Brasil “disponible”, tierra virgen y fértil, Post habría pintado, guiado siempre por esa premisa, paisajes en los que la naturaleza cubre prácticamente toda la superficie pictórica, como se puede apreciar elocuentemente en La vida en Brasil, invitando así al espectador-accionista a profundizar y extender su capital y patrimonio.

[Imagen de la vida en Brasil]

Compañero de travesía de Post, Albert Eckhout, por su parte, desplegó un trabajo pictórico que, como indica el mismo Rojas Mix, “fue el primero en establecer una diferencia de representación entre los diversos tipos étnicos y sociales que poblaban Brasil”. Como una suerte de “cronista gráfico”, Eckhout “reprodujo al indio, no como ser genérico, sino en cuanto individuo histórico”[3]. Y, por cierto, no fue distante en su motivación basal a los objetivos que guiaron, en el contexto específico del paisajismo, el trabajo de Post, pues, en efecto, en la tipología efectuada por Eckhout, satisfaciendo siempre la imperiosa necesidad de exotismo, los individuos son representados con la finalidad de ofrecer al espectador-comprador de la obra una guía que permitiera identificar y controlar a los distintos tipos sociales hallables en el “nuevo continente”, explicitando para ello sus ademanes y su temple anímico fundamentales (el negro, por ejemplo, aparece como un ser altivo y de mirada desafiante, a diferencia del Mulato).

[imagen de negro Eckhout]

Funcionarios directos de una compañía comercial, los trabajos de Post y Eckhout, en último término, registran el paisaje y la gente para facilitar y, más importante aún, intensificar, el poder hegemónico que controlaba el nuevo territorio. Imágenes-propiedad, entonces, que anulando aquello que representaban —los pueblos amerindios, la selva—, suscitaban un (auto)reconocimiento intensificado del poder y, al mismo tiempo, incrementaban su deseo de más posesión.

Ahora bien, ¿qué vínculos posibles pueden contener estas prácticas con el trabajo del fotógrafo germano August Sander? La respuesta es clara: si la práctica de Sander es compresible como un trabajo de tipología social, esta está articulada en última instancia de forma refractaria a la lógica y los marcos de legibilidad de esas imágenes-propiedad recién referidas. Las de Sander, en efecto, son imágenes que, en primer término, buscan justamente representar al otro, o, mejor dicho, a los otros, siempre en plural, abriendo una mirada etnográfica vacilante, una mirada que no estará guiada ni por la anulación (de su carácter múltiple) ni, correlativamente, por la intensificación del poder, sino más bien, y de forma inversa, por la afirmación de esos múltiples y, correlativamente, por la anulación del poder. Si la imagen-propiedad, dicho en otros términos, anula al Otro e intensifica el Poder, en Sander es posible hablar de imágenes que afirman a los Otros, la multitud, y, a su vez, que buscan subvertir las estrategias de dominación.

Fotografía del pastelero de August Sander «Gente del siglo XX»

Es a W. Benjamin, sin lugar a dudas, a quien debemos la que probablemente sea la lectura más fecunda del proyecto de Sander, un proyecto que no sin reparos podríamos entender como “estético”. Para Benjamin, en efecto, tal como se lee en su Kleine Geschichte der Photographie, en el contexto del s. XIX habría despuntado una tendencia fotográfica “científica” que, emancipándose del aura, y en conexión con los primeros fotógrafos-ingenieros, desplazaría la interrogación estética por la interrogación sobre las funciones sociales del arte [soziale Funktionen der Kunst]. Desde esta perspectiva, estos “artistas-ingenieros”, como podrían ser denominados, entre ellos el propio Sander, no harían sino retomar un impulso ínsito en los primeros fotógrafos, consistente en la preeminencia de la técnica y la función social por sobre lo artístico. Es justamente esta base conceptual, cabe destacarlo, la que permitirá a Benjamin bosquejar una de las hipótesis más decisivas de su filosofía de la fotografía, a saber: que no se trata de interrogar si la fotografía es arte o no, sino más bien si la fotografía conmociona los fundamentos desde los cuales se piensa el arte tout court. Dicho de otro modo, in nuce, no importaría la “fotografía como arte”, sino el “arte como fotografía”.

El desplazamiento de la estética operado por Sander sería al mismo tiempo solidario de un acercamiento hacia las masas y una superación del carácter irrepetible de la obra de arte mediante la copia; rasgos que articularían, en última instancia, una nueva percepción, una percepción homogénea que, esto es lo decisivo, resultaría crucial, de acuerdo a Benjamin, para establecer fisionomías, es decir, “atlas de ejercicio” [Übungsatlas], que posibilitan un entrenamiento político de la mirada. Sander, siguiendo siempre a Benjamin, desarrolla una cartografía fotográfica que es política en cuanto en tanto, alejándose de la perspectiva “estética”, entrena una nueva mirada, ejercita la apertura de nuevos ojos que resultan decisivos atendiendo a los modernos desplazamientos del poder.

El trabajo tipológico de Sander no buscaría sino mostrar a ese Otro plural, que no pertenece a nadie, que es inapropiable a las lógicas del poder, y cuya percepción sería preciso ejercitar justamente para interactuar con ella, para moverse y desplazarse en su interior. Sander, en otros términos, no hace sino visibilizar al “hombre de la multitud”, compuesto de rostros móviles que no detentan una unidad y cohesión interna y que se exponen o manifiestan fugazmente.

En el grabado que hizo Abraham Bosse en 1651 como frontispicio al Leviatán de Hobbes, el soberano encierra en su unidad y cohesión identitaria una multiplicidad de rostros. Sander, quizás, teniendo en cuenta lo recién indicado, no habría hecho otra cosa, finalmente, que mostrar que esa supuesta unidad está de suyo fragmentada y que, por el contrario, es en esa multiplicidad de rostros fugaces y ateridos donde anida la verdadera soberanía.

[1] John Berger, Modos de ver, p. 122

[2] Miguel Rojas Mix, América imaginaria

[3] Ibíd., 155