El fotoperiodista Yevgeny Khaldei y sus fotografías icónicas en “El siglo soviético” de #PHE18

Yevgeny Khaldei es uno de los grandes protagonistas de la exposición El siglo soviético. Fotografía rusa del Archivo Lafuente (1917-1972), una de las tres que el Círculo de Bellas Artes alberga dentro de la sección oficial de PHotoEspaña 2018, y no solo por sus fotografías icónicas, Alzando una bandera sobre el Reichstag o las de los juicios de Nüremberg con Göring, presentes en esta muestra, sino por la proyección que incluímos en la misma sobre su trágica vida marcada por el antisemitismo.

Khaldei, cuyo trabajo durante decenas de años fue desconocido en Occidente detrás del Telón de Acero, vio la luz sobre todo a raíz del 50 aniversario de la liberación de Berlín. Por entonces un marchante estadounidense Howard Schickler dio con él en una pensión donde pagaba 35 dólares al mes en Moscú y le convenció para dar a conocer su trabajo en diversas exposiciones, como A Witness to History: Yevgeny Khaldei, Soviet Photojournalist, que en 1997 tuvo lugar en el Museo Judío de Nueva York, justo unos meses antes de la muerte del fotógrafo. Hoy parte de esos registros están en el Archivo Lafuente que por primera vez se expone en España.

Nacido en los albores de la Revolución Rusa, Khaldei era un bebé cuando en un pogromo contra la población judía de Yuzovka (actual Donetsk, Ucrania), su abuelo, dos amigos de su madre y su propia madre murieron tiroteados. La bala que atravesó el cuerpo de su madre se alojó en su pecho derecho dejándole una cicatriz para toda la vida. Con 11 años se dedicó a limpiar máquinas de vapor a cambio de comida y fregaba platos en el estudio de fotografía de sus vecinos, los hermanos Kleiman. «En cuanto vi que había que sacar una cámara para contar qué y cómo sucedían las cosas, en seguida supe lo que quería hacer en la vida». Después de aprender el funcionamiento de la fotografía, Khaldei se fabricó su propia cámara con unas cajas y las lentes de su abuela. El revelado lo hacía bajo la cama con una placa de vidrio y una linterna pintada de rojo. Más tarde con un préstamo de un año compró una FOTOKUR-1 y tiró fotos en la fábrica donde trabajaba donde acabó editando una publicación interna en la que aportaba fotografías de los trabajadores. Usaba un palo y una lata de zapatos llena de magnesio en polvo como flash. Su primer trabajo como fotoperiodista vino en el 32, cuando fotografió fábricas y trabajadores de la región de su ciudad para un equipo de trabajo al servicio de la máquina propagandística del Estado. Además, ya comenzó a enviar fotografías a Pressfoto y Soyuz Foto en Moscú.

Ya en 1933, Khaldei trabajó para el periódico Trabajador estalinista (Stalinist Worker). También le invitaron a trabajar en el mejor diario ucraniano del momento Socialist Donbass. En los años 35 y 36 participó en diversas exposiciones y ganó algunos premios antes de ser enviado a Moscú para completar su formación. Precisamente en el 36 comenzó a trabajar en la agencia TASS, la más importante de Rusia. Así comenzó todo.

En 1941 fue reclutado en el Ejército Rojo donde fue soldado y fotoperiodista. Al contrario que los fotógrafos occidentales, él llevaba dos armas, la pistola y la cámara, y fue condecorado varias veces por ambas, incluso alcanzó el rango de teniente. Durante toda la II Guerra Mundial se dedicó a ensalzar el heroísmo de los soviéticos, a retratar a soldados, y no solo hombres, también mujeres como esas pilotos del 46 regimiento de aviación rusa o las francotiradoras. También fotografió momentos cotidianos en el frente, de la calma antes de la tempestad, los desastres de la contienda… Desde los guetos judíos de Budapest a las calles de Viena, pasando por Sebastopol, Kursk, Mürmansk, Postdam, Nüremberg… o Berlín, donde realizó una de las fotografías más icónicas de la II Guerra Mundial. Los estadounidenses tenían el Desembarco de Normandía de Capa o el momento de los soldados izando la bandera en Iwo Jima de Rosenthal, pero ahora los soviéticos tendrían la suya.

Alzando una bandera sobre el Reichstag

El 2 de mayo de 1945 el avance del Ejército Rojo sobre Berlín era imparable. Cuando aún las balas silbaban en las calles y los edificios se desmoronaban por los efectos de los bombardeos, Khaldei avisó a unos soldados, sacó su bandera con la hoz y el martillo (realmente eran tres manteles rojos cosidos con el escudo de la URSS) y les dijo: «¡Ey, venid conmigo al tejado!». En lo alto del Reichstag ondearon la bandera soviética  y disparo todo un rollo entero con 36 disparos que dieron origen a una imagen para la posteridad, que apenas tardaría un día en publicarse. Pero algo de leyenda negra tiene la foto, como la del miliciano de Capa, y es que la imagen utilizada fue retocada hasta en dos ocasiones: una, para quitar uno de los dos relojes conque aparece uno de los soldados que ofrecería las sospechas de saqueo por parte del Ejército Rojo; dos, se añadió humo de fondo para dotarla de mayor dramatismo y realzar la bandera.

El éxito y la alegría que le reportó esta fotografía contrastaron con los datos finales de la contienda: 20 millones de rusos muertos, entre ellos, el resto de la familia de Khaldei, que se enteró de que su padre y sus tres hermanas fueron asesinados por los nazis, después de que estos llegaran a su población y detuvieran a su familia. «Al parecer los nazis no se molestaron en gastar balas para dispararlos. Allí teníamos pozos mineros y fue donde arrojaron a 75.000 personas entre los que estaban mi padre y mis tres hermanas».

Pese a todo, esto decía en una entrevista en The New York Times: «Siempre he querido que la gente supiera lo que realmente sucedía. Debo decir que se me rompió el corazón muchas veces, pero también he sido testigo de la grandeza».

Khaldei fotografiado con la cámara que le regaló Capa junto mirando a Göring en los juicios de Nüremberg.
Su venganza: los juicios de Nüremberg.

La venganza de Khaldei no podía llegar de otra manera que no fuera a través de la fotografía. Y así es como encontramos otras de sus fotos célebres, las que disparó durante los juicios de Nüremberg, sobre todo las que retrataron a uno de los máximos responsables del holocausto: el fundador de la Gestapo, Göring. En una de ellas tuvo que soportar los insultos del nazi que le tildaba de cerdo ruso. Sin embargo, la más simbólica de estas quizás fue una que él no disparó en la que aparece mirando al carnicero que, desesperado, espera a que le lean la sentencia. También esta imagen tiene su miga, ya que como cuenta el propio Lafuente: «Estamos investigando, ya que sabemos que la cámara que sujeta Khaldei es una que le regaló el mismo Frank Capa por entonces, así que es muy probable que el que disparó la fotografía pudiera ser el mismo Capa, con el que coincidió en Nüremberg». Se trataba, por cierto, de una cámara Speed Graphic.

Tras regresar a Moscú en 1948, Stalin inició una campaña contra los “cosmopolitas desarraigados”, un eufemismo con el que puso la cruz sobre los judíos. De forma extraña pasó a un segundo plano en pequeños periódicos. Tuvo que esperar hasta 1959 para volver a trabajar en un gran medio, Pravda, donde estuvo hasta 1972, cuando se marchó al Sovetskaya Kultura, donde terminó su vida laboral.

Fuentes consultadas

Vídeo reportaje dedicado a Khaldei de la exposición El siglo soviético. Fotografía rusa del Archivo Lafuente (1917-1972)En la Sala Picasso del CBA hasta el 16 de septiembre de 2018.

Vídeo de RTVE Yevgeny Khaldei, el fotógrafo soviético de la II Guerra Mundial.

Artistic biography of Efim Khaldei (nom de plume Yevgeny Khaldei) 1917–1997. Artículo escrito por Anna, la hija de Khaldei para la web sobre el fotógrafo.

Beyond the Battle: A Soviet Portrait (Tras la batalla: un retrato soviético) de Vicki Goldberg, sobre la exposición que en 1997 dedicó el Museo Judío de NY a Khaldei bajo el título: A Witness to History: Yevgeny Khaldei, Soviet Photojournalist (Un testigo de la Historia: Yevgeny Khaldei, fotoperiodista soviético).

Tribute to Russian war photographer Yevgeny Khaldei (Tributo al fotógrafo de guerra ruso Tevgeny Khaldei), por Nick Holdsworth para su propio blog.

Yevgeny Khaldei’s Wartime Photographs (Fotografías de guerra de Yevgeny Khaldei), por Jackson Krule para The New Yorker.

Yevgeny Khaldei, 80, War Photographer, Dies (Muere Yevgeny Khaldei, 80, fotógrafo de guerra) por Douglas Martin para The New York Times. Necrológica del periódico del 9 de octubre de 1997 (dos días después de la muerte del fotógrafo).

Bonifacio. La cicatriz interior sigue sin curar.

El 19 de junio de 2018 haría 85 años el pintor y grabador Bonifacio Alfonso, Boni, que murió el 11 de diciembre de 2011. Fernando Castro Flórez nos recordaba recientemente la joya que tenemos guardada en la mediateca del CBA y en el canal de Youtube, Bonifacio. La cicatriz interior, un maravilloso documental elaborado por el equipo del Círculo en su propio taller de Lavapiés en 2007, que ahonda en la personalidad de este genial artista, uno de los más influyentes en España del siglo XX. Quizás con este visionado nos podamos quitar ese prejuicio a la hora de hablar de “alta cultura”. Porque el trabajo de Bonifacio mereció el Premio Nacional de Grabado 1993 o el de las Artes de la Comunidad de Madrid en 2005, se expuso a lo largo y ancho de toda Europa y en México y sus obras forman hoy parte de colecciones en el Museo Reina Sofía, Museo de Bellas Artes de Bilbao, Museo Patio Herreriano de Valladolid, Colección Testimonio de La Caixa, Fundación Juan March, Patrimonio Artístico de Kutxa Fundazioa, Museo Británico de Londres, Fundación Antonio Pérez… Sin embargo, nunca se le ha tomado en serio como pintor dentro de la profesión, ni ha sido un personaje especialmente conocido a nivel popular. Solía decir que «al pintor que se le ve demasiado, es que pasa poco tiempo en el estudio». A lo mejor esa sinceridad, le costó vivir, a él, no a su obra, de manera underground, sobre todo en Madrid, pero se le veía disfrutar con ello: «Yo nunca he sido un profesional de la pintura, sino un aficionado. Y continuaré siéndolo mientras viva».

 

Antes que pintor y grabador, Bonifacio fue novillero (le chiflaban los toros), músico de jazz y pintor de brocha gorda, trabajo que perdió porque dibujaba en exceso y un buen día le pillaron saliéndose del guion. Pero como no hay mal que por bien no venga, su jefe, que le vio dotes artísticas, le recolocó en un estudio haciendo carteles en comercios. Si bien no era la panacea, al menos tenía la posibilidad de explorar otros espacios cromáticos y más tiempo para desarrollar su don para el dibujo y la pintura.

En 1955 se presentó al Premio de Pintura de San Sebastián. «Un Cristo cubista estaba haciendo; ni yo me lo creía». Y lo ganó. «Así tiene que andar la pintura –le decía su abuelo con sorna– si a ti te han dado el 1er premio por eso». Se matriculó entonces en la Escuela de Artes y Oficios, donde por fin tuvo esa formación que siempre había venido de forma autodidacta.

Posteriormente, se hizo un nombre vendiendo cuadros a Chillida, conoce en París a Antonio Saura con el que Bonifacio mantendrá una excelente relación; los dos eran muy divertidos en la distancia corta y se llevaban estupendamente, como hermanos. Expuso aquí y allí y acabó por trasladarse a Cuenca con toda la pléyade de artistas no figurativos. Juana Mordó se convirtió en su mecenas para ayudarle a dar el salto a Europa. En los 90 se trasladó a Lavapiés, en Madrid, ya con un nombre en el mundo del arte, pero desconocido para el gran público. Le llamaron también para encargarle 26 vidrieras en la Catedral de Cuenca. «En invierno hacía un frío de la leche ahí colgado con una cuerda».

Una de las cosas que más llamó la atención de todo el mundo fue el uso que hacía del color. Miguel Galanda destacó «sus colores chirriantes y ácidos, esos verdes rarísimos». El mismo Bonifacio era más explicativo: «El verde lechuga ese asqueroso, a mí me gusta muchísimo». Lo cierto es que un hombre que vivió de niño la Guerra Civil, que perdió a su padre fusilado, que vivió en San Sebastián, una de las ciudades donde más llueve de España, lejos de adaptar en su pintura colores habitualmente vinculados a la tristeza o al horror, destacó por una policromía abundante, en algunos casos hasta excesiva. «A mi –decía Boni– me gustan los cuadros con colorines, no uniformes». Y apostillaba de forma muy concisa –siguiendo con un lenguaje no tan policromático–, blanco y en botella: «A mí la pintura tenebrosa, la negra, la goyesca, pues no sé, no me llama la atención. Pintar en negro es jodido».

Sus explicaciones sobre arte estaban lejos de esa corriente canónica moderna y, por contra, eran mucho más cercanas al lenguaje de la calle. Sobre Matisse y esa cromática tan potente que utilizaba y que tanto le gustaba decía: «Ves sus libros y dices, ¡joder este hijo de puta… hasta que he descubierto yo eso! Estos colores tipo azul ultramar y tal, los hace sobre blanco. Y es que, con blanco y amarillo, se saca brillo».

Siempre modesto con su trabajo, aseguraba que «los cuadros ni se terminan ni hostias: se abandonan. Si nunca sale lo que uno quiere… Yo me voy a la cama pensando siempre que no sale. Y si pienso que he acertado, lo borro, y a veces borrando por accidente, sale algo que más o menos me gusta; el accidente me interesa un huevo». Y añadía: «Algunos cuadros con los que no puedo más, los castigo y los pongo contra la pared; al cabo del tiempo los miro y digo, pues no están tan mal, parece que se terminan solos. ¡Esto de la pintura es más raro que la hostia!». Era un inconformista nato y eso le llevó a seguir interesándose por mejorar: «Tengo que estar aprendiendo hasta que la espiche», decía.

Boni, como lo llamaban los que le conocían mejor, era inclasificable, pero quizás sí tendría un hueco como maestro artístico de la sabia y universal Escuela de la calle, no en vano frecuentaba más el bar de menú de debajo de su casa en Lavapiés, que las reuniones artísticas. Terminamos con un grandioso colofón, válido para cualquier artista en ciernes. «Cuando me pongo a pintar lo hago por intuición, no sé por qué lo hago; por instinto, como la música de jazz, improvisas… Haciendo es como salen las cosas. La inspiración, como decía aquel, son 10 o 14 horas de trabajo […]. Pero tampoco soy de esos de ¡ains!, es que yo si no pinto me muero, ¡pero qué cojones te vas a morir! Si hay más cosas que hacer que la puñeta, hombre».

Si fuera todo tan fácil, ¿verdad?

AQUÍ puedes ver el maravilloso documental La cicatriz interior, que grabamos con Bonifacio en su estudio de Lavapiés en 2007. 
En el CBA tuvimos el honor de acoger una exposición de Bonifacio, En los campos de batalla, cuya información tienes aquí.
Además, publicamos un dossier especial en la revista #Minerva5 con varios artículos que hemos referido y enlazado a través de citas en este artículo.

 

Entrevista a Nares Montero

Habitaciones con paredes que son puertas, por donde se desliza un hilo común, del color de las violetas. Un hilo que es voz de las que estuvieron, a través de las que están. La habitación de las mujeres comenzó siendo un conjunto de poemas que pretendía reflexionar sobre la relación entre el espacio y las mujeres. Sobre ese espacio del que ya hablaba Virginia Woolf a comienzos del pasado siglo (“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir”).

En la siguiente pieza, Nares Montero, poeta, editora, agitadora cultural y creadora de La habitación de las mujeres, nos habla del origen y la evolución del proyecto; de editoriales artesanas y ejemplares únicos; de voces invisibles y espacios internos; de precariedad, cultura y mujeres creadoras; de Abejas en las lindes (su último poemario) y Ediciones Deliciosas; de la mujer en la literatura de Cervantes, un autor “aliado”.

Además de la entrevista, este vídeo contiene algunos extractos de la actividad que Nares dirigió en el marco de la Lectura Continuada del Quijote, en la que también participaron Shelia Blanco (música), Eva Hiernaux (artista multimedia), Débora Antón (poeta) y Andrea Lebaña (bailarina). Todas ellas recrearon, desde su propia genealogía, a las mujeres del Quijote: destejieron su cuerpo y urdieron su voz.