cabañas para pensar

Michael Derek Elworthy Jarman. Dungeness, Inglaterra

“Todo autor se define a sí mismo a través de su morada”. Una de las exposiciones que acoge estos días el Círculo de Bellas Artes versa precisamente sobre la relación que escritores, filósofos y artistas entablan con sus espacios de creación. Cabañas para pensar es un proyecto de Eduardo Outeiro que plantea un estudio de la relación existente entre la intimidad escogida conscientemente y el proceso creativo por parte de los filósofos Ludwig Wittgenstein y Martin Heidegger, los compositores Edvard Griegy Gustav Mahler, el dramaturgo August Strindberg, los escritores Knut Hamsun, George Bernard Shaw y Virginia Woolf, el poeta Dylan Thomas, el cineasta Derek Jarman, y, por último, el explorador y escritor Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia.

En el siguiente cuestionario, Alberto Ruiz de Samaniego, comisario de la muestra junto a Alfredo Olmedo, responde a las preguntas que le hemos planteado en torno a ella: en torno a los procesos de purificación terapeútica adheridos a las paredes de estas construcciones; a las dimensiones inmemoriales que preceden a los recuerdos; al viento que somos, a la lluvia…

Empezamos por el final. El catálogo Cabañas para pensar concluye con una cita de La poética del espacio, de Gaston Bachelard: “La cabaña (…) es tan simple que no pertenece ya a los recuerdos. Pertenece a las leyendas”. ¿Qué te sugiere esta afirmación? ¿A qué leyendas hace referencia la exposición que acoge estos días el Círculo?

Creo que Bachelard se refiere a una dimensión inmemorial que está antes o por debajo de los recuerdos personales. A la capacidad de fantasear que por ejemplo la infancia practica; al rumor legendario y fantasioso, que puede circular de estirpe en estirpe, de generación en generación, desde la noche de los tiempos: al mito, más que a un discurso rememorante o con capacidad de haber sido o de volverse histórico.  La cabaña pertenece y condensa esta soledad del cuento oral al calor del fuego, la de las viejas tradiciones feéricas, o folclóricas.

Fiordo de Skjolden. Fotografía de Eduardo Oteiro, 2010

En el dossier de prensa de la muestra, se alude a la terapéutica que proponen las cabañas de los autores estudiados. Se dice que todas las cabañas constituyen, a su manera, una crítica del estado habitual de los hombres, de su cotidianeidad más superficial, utilitarista y mundana, y que configuran un método para curarles de ese estado. ¿Consideras alguna de las cabañas especialmente representativa de este aspecto terapéutico?

Tal vez la cabaña de Wittgenstein tenga este aspecto en especial. El lugar, absolutamente alejado de la civilización, el fiordo noruego que aísla la morada de todo contacto social o cultural, el acantilado que cae a pico desde el umbral de la cabaña misma. Todo indica, como el propio Wittgenstein ya comentó, que este es el sitio ideal para un proceso de purificación terapéutica, incluso de purga con respecto a todo lo que de humano indeseable ha de dejarse allí de lado.

August Strindberg. Stockholm Archipelago, Suecia

¿De qué modo el lugar de creación crees que puede desvelar rasgos de los artefactos creados en ellos? El jardín de Derek Jarman vislumbraba el carácter experimental de su cine, ¿son el resto de cabañas igual de reveladoras?

Casi diríamos, jugando un poco con el adagio famoso de Vasari, que todo autor se define – se pinta- a sí mismo a través de su morada o cabaña. Es indudable que la rudeza y hasta la tosquedad manifiesta de cabañas como la de Strindberg o la del propio Wittgenstein evidencian una voluntad de radical singularidad y apartamiento que en nada coinciden, por ejemplo, con la querencia diríamos más burguesa de las cabañas – con luz y teléfono – de George Bernard Shaw o de Virginia Woolf, o alguna de Mahler (Maiernigg, por ejemplo), a la que el compositor – tan sensible-  iba con su mujer y hasta con criada que le preparaba el desayuno. Son éstas cabañas que se hallan situadas, además, en un lugar muy próximo a la mansión familiar, o de recreo. Son, por decir así, cabañas de fin de semana o de retiro apacible, frente a otras opciones mucho más riesgosas y hasta tormentosas – sin luz ni agua, por ejemplo- como las de Heidegger o, claro, la de Thoreau.

Virginia Woolf. Rodmell, Inglaterra

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. ¿Crees que existe alguna diferencia entre la única mujer de la muestra (Virginia Woolf) y el resto de autores en su modo de habitar el espacio de pensamiento?

Yo creo que sí. Se nota en la serenidad tan cuidada que la morada de Virginia Woolf manifiesta. Es evidente la voluntad de orden y hasta de tranquilidad pulcra que la habitación de su cabaña destila. Por lo demás, también el jardín, los árboles, la estatua. Todo parece formar un conjunto muy bien configurado para acoger un alma por momentos abisal, con severos problemas depresivos, como declaró la misma Woolf. No obstante, la cabaña parecía servirle, como ella escribió en sus Diarios, de verdadero retiro espiritual, y de auténtico condensador de energía para la vida, mucho más traumática, de la gran ciudad.

La última pregunta aborda el acto creativo en relación a una bella afirmación de T.E. Lawrence: “Los aviadores no tienen posesiones, ataduras ni mezquinas preocupaciones cotidianas (…). En verano pertenecemos al sol. En invierno luchamos indefensos a lo largo del camino, y la lluvia y el viento nos acosan hasta que pronto nos convertimos en viento y lluvia”. ¿Crees que es necesario convertirse en viento y en lluvia para crear?

No es un mal plan. Si fuese fácil, claro; pero no lo es. Tal vez se trate más bien de aquello que ya sugería Deleuze – al que, por cierto, tanto interesaron los textos y la figura misma de Lawrence, sus estrategias de guerrilla: ser capaz de una despersonalización tan intensa, tan fuerte y salvaje, que nos volviese como puros acontecimientos. Infraleves duchampianos, flujos moleculares, insospechados, hasta caprichosos  – en el sentido por ejemplo musical que este término puede tener- más que grandes hechos o bloques o personalidades con un perfil o un territorio preciso, histórico, asentado, severo: formal. Sucederes elementales y naturales que, más que seres estables y definidos, con historia, con raíces, tradiciones y con futuro y un progreso asegurado y exigible, fuesen más bien radiaciones o presencias sin sujeto, puros impersonales que vienen y van – como la sonrisa que flota en el aire, por ejemplo, del gato de Alicia en el país de las maravillas-. Entes errantes que proliferan o aparecen no se sabe muy bien cómo, y que, más que estar, o ser, devienen: ocurren; como cuando nos asomamos al mundo y decimos: llueve, o hace viento, o hace calor. Intensidades en devenir puro.