más allá de la ciencia-ficción

Arranca hoy en el Cine Estudio un amplio ciclo que bajo el título ‘Más allá de la ciencia-ficción’ revisa un largo listado de películas que han empleado el género como marco desde el que superar sus intenciones y perspectivas tradicionales. Pese a ser uno de los géneros menos considerados entre críticos y especialistas, la ciencia-ficción ha ejercido tradicionalmente de terreno libre en el que los argumentos suponen muchas veces meras excusas para tratar temas que escapan a sus ajustados parámetros. La religión, la política, la parábola política, el análisis de la historia, los avances científicos, el desarrollo de los derechos humanos y de la propia humanidad, la contracultura o la atopía han encontrado su desarrollo más ajustado en una serie de cintas de ciencia-ficción que son revisadas en este ciclo. El ciclo ‘Más allá de la ciencia-ficción’ cubre un largo listado de películas provenientes de diferentes épocas y cinematografías, intentando reflejar la variedad de culturas y planteamientos que han empleado el género a lo largo en esta dirección.

El ciclo arranca con La fin du monde (1931), una cinta realizada en los primeros años del sonoro por el maestro del cine francés Abel Gance. Elegida por éste para dar continuidad a su obra maestra Napoléon, que había revolucionado el lenguaje cinematográfico tres años atrás, Abel Gance escribe con el astrónomo Camille Flammarion este antecedente del cine catastrófico en el que la Humanidad espera la llegada de un cometa que va a colisionar contra la Tierra. Los días están contados y el protagonista intenta emplear la amenaza para conseguir fundar una República Universal que consolide la paz definitiva entre los pueblos: la amenaza de la II Guerra Mundial estaba ya patente en Europa. Parábola política más abierta es La vida futura (1936), uno de los grandes clásicos del género en el que William Cameron Menzies, siguiendo una novela de H.G. Wells y amparándose en unos decorados y unos efectos especiales como sólo se habían visto en Metrópolis, realiza una cinta política de anticipación sobre el ascenso de los totalitarismos en la Europa de los años 30 y la amenaza de guerra global. Una cinta que, por otra parte, siempre se ha considerado antecedente de la novela distópica 1984, última obra publicada por George Orwell en la que el autor reflexiona sobre los horrores provocados por el autoritarismo en Europa, que había conocido en persona durante su paso como brigadista por la Guerra Civil Española. Pese a haber tenido una traducción a la pantalla en Inglaterra en la década de los 50 (e incluso una revisión paródica en la cinta de Woody Allen El dormilón), su adaptación canónica será la realizada por Michael Radford precisamente en 1984, con la supervisión de la viuda de Orwell y la interpretación de John Hurt y Richard Burton en el que sería su último papel para el cine.

Las reinterpretaciones del género en los 50 vienen marcadas por los avances científicos y biológicos que habían sido probados sobre la población civil en la II Guerra Mundial. El horror con el que el mundo recibe las imágenes de los experimentos nazis y la explosión de las dos bombas atómicas, así como la terrible inquietud ante el desarrollo de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, va a marcar a fuego la ciencia-ficción a lo largo de la década. El experimento del Doctor Quatermass (1955), basada en una popular serie de televisión británica, es una de las primeras incursiones en el género de la Hammer. La historia, la de un cohete enviado al espacio que regresa con una amenaza biológica de origen extraterrestre, no es ajena a la obsesión por la carrera espacial que controla ya la geopolítica militar mundial. La parábola definitiva será posiblemente La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), una cinta realizada por el siempre excelente Don Siegel, considerada clásico indiscutible del cine americano y, como tal, conservada en la Biblioteca del Congreso estadounidense. La amenaza de unos extraterrestres que llegan a la Tierra y mutan su cuerpo en el de personas poseídas, que conservan su apariencia física pero cambian de mentalidad, es una evidente parábola sobre la expansión del comunismo y la locura desatada por la caza de brujas del senador MacCarthy y uno de las cintas más justamente reputadas y alabadas del género. En esa misma línea se encuadra La mosca (1958), nueva cinta estadounidense en la que un científico (Vincent Price en uno de sus papeles más clásicos) juega con los límites de los avances tecnológicos hasta el punto de mutar su cuerpo con el de un insecto. Un establecimiento de la figura del mad doctor que será clave en el género en los años sucesivos y que permitirá diversas reinterpretaciones: cuando casi treinta años más tarde David Cronenberg realice un remake de la cinta, también presente en el ciclo, lo empleará para darle la vuelta y ahondar en la línea de la nueva carne que ha estructurado su filmografía.

La llegada de la posmodernidad, con su ruptura con las líneas más clásicas de los géneros tradicionales, dará lugar a algunas de las más diversas y creativas relecturas de la ciencia-ficción a partir de los años 60. No es extraño, por lo tanto, encontrarse a algunos de los considerados grandes autores de la década embarcados en lo fantacientífico. Es el caso de Jean-Luc Godard: la sociedad totalitaria futura, tan presente en las obras de Orwell o Bradbury, es releída por Godard y mezclada con la serie de policíacos de enorme popularidad interpretados por Eddie Constantine –actor principal de la película junto con Anna Karina– para dar lugar a ese melting pot genérico que es Lemmy contra Alphaville (1966), una de las cintas más interesantes de su realizador que se alzaría con el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Es el caso de Marcha nupcial (1965), cinta de episodios de Marco Ferreri en la que el último de ellos fabula distópicamente sobre las relaciones de pareja en un futuro en el que las personas han sido sustituidas por cyborgs, y que ejerce como perfecta bisagra entre su inicial línea de comedia negra y su posterior trabajo críptico y asfixiante sobre las relaciones humanas y la muerte de la masculinidad. O es el caso de uno de los realizadores más inquietos del cine italiano, Elio Petri, que con La décima víctima (1965) realiza un auténtico delirio pop marcado por la expansión del op art en el que un reality show monopoliza la caza al hombre desatada en una sociedad aséptica. Una parábola sobre tres de las preocupaciones más evidentes de la sociedad de los 60: el futuro de los medios de comunicación, la situación de los derechos humanos y el monopolio de la violencia en una sociedad desangrada por la guerra del Vietnam. El ciclo se cierra con la que es posiblemente la gran película de ciencia-ficción del cine americano y la que recoge todos los planteamientos que estructuran este ciclo: El planeta de los simios (1968), una cinta que nace como idea para la serie de televisión The Twilight Zone pero que, al superar los límites propios de un episodio televisivo, termina transformándose en una de las más grandes películas de ciencia-ficción de todos los tiempos. La historia de unos astronautas que caen en un planeta dominado por los simios, con un inolvidable giro final de guión, no es sino la materialización cinematográfica de un personaje salido del caótico final de la utopía hippy y, en resumidas cuentas, un reflejo cinematográfico del desencanto y la amargura de ese cierre de sueño que marca la década de los 70.

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