Reconexión individual frente a la desconexión generalizada

Estamos en un momento en el que los medios de comunicación han sido devorados por las redes sociales. La globalización de las ideas ha cristalizado de tal manera que ha dejado poco espacio para el pensamiento individual. No solo es un momento que invita a la reflexión de los medios de comunicación para tratar de paliar la sangría del descrédito informativo, sino del propio público para desarrollar su pensamiento; un público que habla sin pensar demasiado —aunque más bien escriba en el móvil—. Es fácil dejarse llevar por la inercia de esta sociedad: muchas horas de trabajo, prisas, hastío y búsqueda de una desconexión, un descanso, que hemos identificado con tiempo para mirar titulares y chorradas en el móvil y ver series guays en la tele. «Quiero llegar a casa y desconectar, ponerme algo que me entretenga…». Quizás sea el momento de aprender a desconectar del trabajo, pero también de las redes y de la tele e Internet, algo que nos podría ayudar a reconectar con aquello que nos hace más humanos, que no solo pasa por disfrutar más de la familia, la naturaleza y los amigos, sino por cultivar nuestro pensamiento, por hacernos preguntas, por recuperar ese espíritu crítico, por leer… o por filosofar ¿por qué no? Ocurre también que en esa desconexión utilizamos más tiempo en cultivar el cuerpo que el cerebro.

Fotografía de Gerd Altmann en Pixabay

Tratamos de adaptarnos a la actualidad enlatando pensamientos en pocos caracteres; ideas sobre las que antaño habrían escrito libros enteros, nos los ventilamos en un hilo con tres tuits y dos memes. Es fácil dejarnos llevar, que piensen por nosotros, es cómodo pensar que lo que leemos en un minuto nos permite estar al día, informado y lo que es peor, con una base para generar una propia opinión, que volveremos a condensar en unas pocas líneas y a compartir. También nos gusta mucho copiar y pegar o retuitear zascas, que parecen más centrados en el golpe de efecto que en la argumentación, y que dan por zanjados los debates machacando a través de linchamientos en redes amplificados por los medios con secciones que ahondan en «lo más comentado en twitter hoy…».

Es evidente que los medios de comunicación no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos; hoy andan creando páginas para desmentir bulos y tal, pero igual sería bueno focalizar en no generarlos. Quizás sea más importante plantearse que igual que en la Ilustración, en el Siglo de las Luces (esas de las que carecemos hoy), hubo tiempo para pararse y explicar el mundo de otra manera a través de la razón, hoy tenemos la obligación de hacer lo mismo desde una reflexión individual que nos permita discernir y separar el grano de la paja dentro de esas redes y esta era de la sobreinformación.

Nuestro tiempo se estrecha, el cerebro también, ¿hasta dónde? Pensamos que somos más libres y que nuestra opinión es muy original y cuenta mucho en ese mundo que creemos compartido, pero no es así. A lo mejor influyen en nosotros mucho más de lo que pensamos y no sabemos identificar desde dónde lo hacen.

Emilio Lledó lo expresó muy bien en una charla que ofreció en el CBA, que reprodujimos en parte en la revista Minerva 32:

«En este mundo nuestro tenemos que saber quién nos engaña, quién nos manipula, quién nos enseña, quién nos abre el pensamiento y quién nos lo cierra. Tenemos que luchar, tenéis que luchar, vosotros, que sois más jóvenes, porque el tiempo nos come a todos. Eso también es maravilloso. Del río del tiempo no nos podemos escapar. El chrónos es una flecha que nos ensarta a todos.»

MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y MENTIRAS

El Círculo de Bellas Artes acogió esta temporada una de las citas dentro del ciclo de debates La Devastadora Velocidad de las Mentiras, en el que desde tres enfoques distintos se ofreció una mirada crítica y profesional alrededor de las conocidas como fake news. En esta última, bajo el título ¿Podemos fiarnos de la imagen?, participaron Miguel Mora, director de ctxt.es, como moderador; Marisa Flórez, editora y fotógrafa; Montserrat Domínguez, subdirectora de El País Semanal; y Clara Jiménez Cruz de maldita.es.

Tú apáñame las fotos, que yo pondré la guerra

Así se despachó William Randolph Hearst, uno de los mayores magnates de la comunicación a principios del siglo XX con uno de sus corresponsales en Cuba, cuando este le había llamado para comentarle que «aquí no hay guerra». Y es que la historia de las llamadas fake news es muy muy antigua, tanto como los primeros sistemas de comunicación. Los grandes oradores de la Grecia Antigua, por ejemplo, ya trataban estos dilemas morales acerca de la verdad y la mentira y su impacto en la polis. Y con la irrupción de los medios de comunicación las noticias directamente falsas, las medias verdades y los rumores eran capaces de moldear la opinión pública, como vemos en el ejemplo de Hearst, que llevó al gobierno estadounidense a embarcarse, ni más ni menos, en una guerra contra España.

De ese cuarto poder atribuido a los medios de comunicación tradicionales hoy habría que añadir un quinto poder del que ya se habla, formado por los mismos ciudadanos y ciudadanas que son los que moldean ahora esta opinión pública a través de Internet y más en concreto de redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram, Youtube o Whatsapp, por poner algunos ejemplos. Y como ya hemos comentado, hasta los medios de comunicación dedican un espacio importante a difundir esos contenidos sin filtro.

Sin embargo, ¿es tan poderoso el pueblo como para dominar esas redes sociales en las que siempre hay intereses económicos tras ellos? Decía Ignacio Ramonet en la presentación de su libro El imperio de la vigilancia que «el universo de la gratuidad en Internet debe pagarse de alguna manera. Si tú no eres el cliente, eres el producto: si no compras, eres la venta», y lo somos con nuestros propios datos personales que ofrecemos sin rechistar por lo general en Internet y las RRSS.

A priori, el hecho de que demos un like o compartamos una información no parece relevante, pero los dichosos algoritmos trabajan para trazar perfiles o para acondicionar una publicidad a tus gustos y, por qué no, un mensaje o una idea. Y eso precisamente es lo que se ha hecho en sucesivas campañas electorales en distintos países. Desde Obama para optimizar su campaña con las W’s: a quién dirigirse, qué decirle, cuándo, dónde… hasta el referéndum Brexit, pasando por las elecciones en España. Todas se han valido del uso de datos extraídos de ese quinto poder para alcanzar sus objetivos, ya que sí, somos más manipulables de lo que creemos.

LOS DATOS Y LAS MENTIRAS EN LA POLÍTICA

Obama usó esta optimización para no perder pasta, tiempo, ni recursos en personas y barrios en los que no merecía la pena propagar sus mensajes electorales, bien porque tenía el voto ganado, bien porque lo tenía perdido; por eso focalizó sus recursos en propaganda electoral en determinados canales o incluso puerta a puerta, donde ya sabía de antemano que podía ganar votos. ¿Cómo lo sabía? Por datos acumulados. Posteriormente, otros, como le ocurrió al PP en las elecciones de 2016, que se encontraba en horas bajas, acuciado por problemas internos y ahogado por la corrupción, apostaron por una campaña del miedo dirigida a movilizar a su propio electorado, ese que podría darle la espalda y quedarse en casa sin votar. Para ello, sus mensajes se centraron en el miedo a Podemos, que venía fuerte, a través de la viralización de vídeos un tanto manipulados y sacados de contexto, que movieron por Facebook, pero perfectamente dirigidos a esos votantes de siempre que podrían quedarse en casa, pero a los que consiguieron movilizar más de lo que creían en principio. En este caso, esa optimización fue posible por todos esos datos en forma de información abierta de nuestros perfiles, de los likes, los mensajes compartidos… las migas de pan son muchas gracias a que no cuidamos la privacidad en redes.

Trump y los partidarios de romper con Europa en el referéndum del Brexit, dieron un paso más lejano aún. Además de usar fraudulentamente datos personales —aún tienen hoy causas por este motivo—, viralizaron mensajes completamente falsos y tergiversados para polarizar y crispar, algo que le dio resultado y que movilizó a personas que antes no habrían votado. Las artimañas utilizadas fueron muchas y muchos medios de comunicación, por llamarlos de alguna manera, no solo no desmintieron dichos mensajes sino que les dieron difusión. Boris Johnson, uno de los líderes del Sí al Brexit llegó a afirmar en campaña que cerca de 80 millones de turcos —la población entera de Turquía— podrían emigrar a Reino Unido si estos entraban en la UE. Nigel Farage también arguyó en campaña que Reino Unido se ahorraría 350 millones de libras saliendo de la UE y que ese dinero se destinaría a sanidad y educación; algo que reconoció como un error un día después de ganar el referéndum de salida. Quizás si en lugar de preguntarle por esos millones tras las elecciones, lo hubieran hecho antes… Un mantra de mentiras que han calado en la sociedad y han despertado los miedos propios del fascismo. Lo mismo que Trump en EE.UU.

SOBRE LA OBJETIVIDAD, LA VERDAD Y LA VERACIDAD

Habría que diferenciar muy bien entre lo que son realmente las noticias falsas o fake news y es que, ¿podemos hablar realmente de noticias cuando son directamente mentiras? Tampoco podemos hablar de verdades al 100% porque la objetividad como tal no existe. Lo que un periodista destaque en una noticia sobre una comparecencia de un ministro, por ejemplo, puede diferir de lo que destaque otro. Aquí hay siempre un criterio profesional que hay que respetar, aunque el público tenga derecho a cuestionar la prioridad en los análisis.

También ha ocurrido que determinados periodistas se han hecho eco de noticias veraces. Estas son aquellas en las que el periodista ha podido contrastar las noticias y tiene fuentes que se suponen veraces y fidedignas, pero después resulta que la información ofrecida no trasluce una verdad completa. Lo hemos visto en algunas demandas recientes entre periodistas y políticos en España, como ocurrió con aquella entre Inda de OKdiario y Pablo Iglesias. El juez determinó que la información ofrecida era veraz porque se presumía que las fuentes del periodista eran buenas, aunque se demostrara que los hechos que se publicaron no eran verdaderos. En este caso, unos publicaron que Iglesias perdió el juicio, pero por detrás subyacía otra versión en la que entraba la controversia entre veracidad y verdad. Y entre medias, los retuits, las opiniones aceleradas, la viralización, los diálogos de besugos, las controversias absurdas que no son tal, el escarnio, los zascas, etc.

Foto de Susanne Jutzeler en Pixabay

Y es que hoy en día es muy fácil engañar o mostrar una verdad a medias. Esto exige un compromiso de los periodistas y de las redacciones que deberían apostar claramente por consejos internos que estudien estos casos. No puede ocurrir que, por ejemplo, en periódicos tan serios como El País se haya publicado en portada una fotografía falsa de Chávez muerto o que el «periodista» Claas Relotius durante años haya estado colando reportajes ficticios sin control en Der Spiegel hasta que el colaborador español Juan Moreno destapara el fraude. Hay muchas lecturas paralelas al respecto, en cuanto al marasmo mediático en el que los medios tradicionales han estado dando bandazos, la precariedad laboral de los periodistas, la mala transición tecnológica, etc., pero todas esas cosas nada tienen que ver con la mala praxis periodística y la falta de profesionalidad.

Psicológicamente los programas «de debate» han venido a reforzar la idea de que la opinión de cada uno tiene más valor o el mismo que la noticia cuando esta brilla por su ausencia porque no ha habido un trabajo periodístico riguroso. Los periodistas hemos ofrecido reportajes y noticias, plagados de opinión propia, ajena (replicando tuits o textos de redes sociales), hemos incluído interrogantes y conjeturas sin contrastar en cuerpos de noticia y textos copiados de notas de prensa oficiales. Los hechos, el contrastar, el llamar… el trabajo periodístico vaya, ya tal… El público ha decidido que para escuchar o leer lo que un periodista piensa, para eso cada uno también tiene una opinión válida. Pensar podemos pensar todos como nos venga en gana, pero las noticias no llegan, hay que buscarlas, encontrarlas y después hay que contrastarlas, fundamentarlas, escribirlas, releerlas y corregirlas.

Tampoco, como he apuntado al principio, el público está exento de culpa en esta era de la difusión de contenido a la velocidad de la luz. Es más fácil reenviar con un clic que comprobar si lo que hemos recibido es un bulo. Quizás, como se apuntó en la charla de la que hablábamos al principio, es hora de que en las universidades o en los colegios se muestren estos dilemas sobre la información y su consumo. Algo que también recalca el magnífico filósofo Emilio Lledó: «Vivimos en un mundo en el que estamos acosados por la información, pues entendámosla. Luchemos por entenderla, aunque nos equivoquemos, aunque la malinterpretemos. Esa es una de las cosas esenciales que se debe enseñar en las escuelas y los institutos».

LA ÚLTIMA AMENAZA

La tecnología va por delante y ya hemos visto lo que los poderosos son capaces de hacer por un puñado de votos o por hacer prevalecer unas ideas, unas zapatillas o un teléfono móvil. Lo último son las deepfakes, vídeos que se manipulan de tal manera que puedes poner en boca de cualquiera, famosos, políticos o tú mismo, otras palabras sin que apenas se note que es falso porque la boca se mueve para parecer que lo dice de verdad. Y esto no ha hecho más que comenzar. ¿Se imaginan la combinación de deepfakes con propaganda y publicidad online generada para crear confusión o directamente miedo como hemos hablado antes? ¿Deberían regularse este tipo de cosas?

Los deepfakes podrían llegar a generar una realidad paralela que reescribiera la Historia. Cuando la tecnología mejore mañana o pasado mañana, no será difícil encontrar vídeos adulterando por ejemplo, los Juicios de Nuremberg o los discursos o arengas de Hitler, Stalin o de cualquiera del pasado. Mientras existan vídeos y personas sin espíritu crítico ni cultura para tragárselos y difundirlos… Y el problema vendrá al regularlo. ¿Podremos diferenciar entre lo que es verdad y lo que no? ¿Se imaginan, por ejemplo, que se llegara a no admitir ningún vídeo en un juicio por la imposibilidad de que saber si está trucado o no?

Y ojo, que ya no hace falta un vídeo, a partir de una fotografía también se puede hacer…

¿Qué más nos deparará el mañana? ¿Tendremos el cerebro lo suficientemente activo para controlar nuestro propio pensamiento o para discernir o poner en duda todas estas amenazas? A parte de esto sería interesante que hubiera políticas educativas realmente disruptivas que ayudaran a fomentar la filosofía a través de proyectos que enseñaran más que a hacer, a pensar por qué se hace. Esto implicaría una verdadera revolución educativa. Se hablaría como ya se hace del manido «adoctrinamiento», pero, ¿no adoctrinamos también desde el mismo momento que pulsamos el botón de encendido de una tablet o una televisión delante de un niño?

Sebastián Álvaro. Hacerle compañía al viento

Sebastián Álvaro es periodista, escritor y, principalmente, aventurero. Durante más de veinte años dirigió Al filo de lo imposible, un novedoso formato de documental televisivo, que supuso todo un hito en el medio (con audiencias de hasta doce millones de espectadores) y derivó en una reflexión sobre los límites de las posibilidades del hombre y sobre su vínculo con la naturaleza. En palabras del propio Álvaro, se trataba de un proyecto sustentado sobre “una visión romántica del paisaje”, cuyo objetivo esencial no era únicamente conquistar montañas sino entender nuestro planeta.

Dentro del ciclo Los lunes, al Círculo —que reúne conferencias, debates y otras actividades que amplian los temas propuestos en nuestras exposiciones—, Sebastián Álvaro participó con una charla titulada En los confines de la Tierra. En ella, tomó en consideración lo que supuso la aparición del cinematógrafo en la narración de historias documentales desde los lugares más inaccesibles de la Tierra y cómo esas historias han pasado a formar parte de nuestro patrimonio sentimental y emocional.

La ponencia de Álvaro venía a enriquecer la propuesta temática de la exposición Albert Kahn. Los Archivos del Planeta, que alberga la sala Picasso del Círculo de Bellas Artes hasta el próximo 21 de enero. Se trata de una muestra que visibiliza el archivo fotográfico del banquero judío y destacado filántropo, cuya voluntad era que su archivo —integrado por más de 72.000 placas autocromas, 4.000 placas estereoscópicas y 200.000 metros de película cinematográfica en 35mm— se convirtiese en un auténtico atlas icónico de la humanidad.

Previamente a la participación de Sebastián Álvaro en Los lunes, tuvimos la oportunidad de charlar con él y realizarle algunas preguntas. Entre otros temas, nos habló del poder simbólico de la montaña, del papel de la mujer en el ámbito de la aventura, de la hazaña de haber liderado más de 200 expediciones, de la atracción del hombre hacia el hielo o de lo que entraña, en las alturas, hacerle compañía al viento.

La mirada deconstructiva: una oda a la fragmentación

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En la segunda sesión de los ciclos Los Lunes, al Círculo, titulada ‘Juegos, Deconstrucción’, Ana Fernando (Madrid, 1977) nos acercó a la idea de la deconstrucción explicada desde la lógica de los juegos. Para ello, se vuelve necesario cambiar la mirada sobre todo aquello que nos rodea y nos atraviesa desde distintos vértices. Y esforzarse por observar «los restos de aquello que ha existido de otra manera y también como algo nuevo que está por empezar». La interpretación de Fernando es, por lo tanto, una oda a la fragmentación de lo que queda entre el proceso que se da entre el paso de una cosa hacia otra.

«Hay que asomarse, aunque parezca que no hay nada», apuntaba la ponente, animando al público. Entre otras historias, la ponente explicó -mediante la exposición de fotografías, collages y piezas audiovisuales- que, por ejemplo, los preludios del compositor polaco Fryderyk Chopin eran defendidos por el autor como «piezas independientes», mientras que los críticos -exaltados- expresaban: «¿preludio de qué?«. No obstante, ahí está la deconstrucción del pianista, que también se encontraba a lo largo de sus partituras, atiborradas de tachaduras y apuntes al margen.

Otra de las referencias deconstructivas presentadas por Ana Fernando se da en el ámbito del periodismo: recordando un antiguo libro descatalogado que llevaba al entrevistador a realizar sus entrevistas en diferentes espacios y tiempos, como en los encuentros en una estación de trenes en hora punta, pensando que la intemperie colocaría a cada palabra en su lugar.

Sin embargo, deconstrucción también es «todo aquello que no entendemos o la limitación a ver solamente una parte. Sobre todo si se trata de la parte de atrás de las cosas». De ahí emerge el equívoco, es decir, el mundo de las apariencias y de los juegos del engaño que, irremediablemente, tienen mucho que ver con «el piso inestable en el que nos encontramos».

¿Y qué hay del juego en todo esto? -se preguntaba a sí misma-. «La capacidad de introducir una intemperie en el refugio; introducir un exterior en un interior. Es como construir cosas en casa, cambiando el escenario de tal manera que una mesa se vuelve un territorio y las cortinas toman otro significado».  En su conferencia, Fernando además recordó que Juan Bordes hablaba de una serie de juguetes de construcción de cristal que desaparecieron, precisamente, por su fragilidad. «Hubiese sido mejor correr el riesgo. Podría haber traído buenas cosas jugar con aquello que es peligroso».

Ana Fernando Magarzo nació en Madrid, pero sus raíces (flotantes) llegaban hasta un pequeño pueblo de los Arribes del Duero, en la frontera con Portugal. Esta condición inicial vital tal vez marcó su predisposición para el viaje y su innegable propensión al entre. También repercutiría entonces en su asombro e interés tanto por lo rural como por lo urbano, y en la admiración por todo tipo de abismo, transición o alrededor, exterior o interior.

Recientemente han sido publicados sus artículos La crítica, instrucciones de uso (2014) y Deshaciendo ciudad (2015). También el libro Despaisajes (2015), un extracto de la tesis doctoral Lo infraordinario, hoy por hoy en deconstrucción.

Por Alejandro Alcolea