tamio goto

Tamio Goto (Tokio, 1974), tímido, laborioso y habitualmente vestido de negro, es el autor de un cuadro que representa la actividad diaria en uno de los talleres de pintura del Círculo de Bellas Artes (CBA). En él describe, a modo de parábola, la frenética actividad de los pintores junto a la quietud de una modelo que posa en un espacio que se ha mantenido inalterado durante años. Con excelente técnica y paciencia, ha resuelto la gran complejidad de esta obra, que emana a partes iguales equilibrio y contrastes.

Graduado en Bellas Artes en la universidad de Tokio, Tamio Goto realiza a continuación un máster sobre técnicas pictóricas. Como artista japonés, el influjo de la cultura zen supone un punto de referencia. Tamio se esfuerza durante su formación en obtener una técnica infalible, tal y como proclaman las enseñanzas zen, y pronto se decanta por un estilo realista, retratando contextos urbanos de su ciudad. Su primer cuadro -un paisaje de vías ferroviarias flanqueadas por edificios y vegetación-, encierra ya dos de los paradigmas que caracterizarán su pintura.

Un puente entre opuestos

Uno de esos paradigmas es la elección del motivo pictórico. En nuestro autor, es precisa la existencia de una profunda implicación emocional hacia el motivo a retratar. De nuevo aquí es inevitable la referencia al zen, cuya sabiduría proclama que “el artista tiene que sentir la obra que va a realizar antes de iniciarla”, dado que “si las ideas son confusas, el estilo se convertirá en esclavo de las condiciones externas” [1].

El paisaje ferroviario que protagonizó el primer cuadro de Tamio justifica este primer paradigma: se trata de un lugar que fue bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. Se erigió allí un cementerio que ocupa el lateral izquierdo de la imagen, donde existe además un monumento en recuerdo de las víctimas. En la parte derecha del lienzo cobra vida la ciudad que se construyó después de la Guerra, donde vivió Tamio. Durante sus años de estudiante cruzaba esas vías diariamente para ir a la universidad.

La otra clave de su estilo es la representación de elementos contrapuestos: la referencia al cementerio (y por tanto, al pasado) en contraste con lo actual, que es la nueva ciudad. Lo antiguo y lo quieto, en tonos oscuros, frente a lo luminoso de las nuevas casas y la vida. En el centro, las vías hacen las veces de puente entre las dos partes anteriores.

La expresión infinita

En la ópera japonesa, la máscara noh que portan los actores expresa diferentes emociones según el ángulo con el que el espectador la observa. También puede representar, si se la mira de frente, la conjunción de esos sentimientos, o lo que en Japón se conoce como expresión infinita. Tamio necesita dedicar mucho tiempo a sus obras; es la única forma que concibe para poder plasmar en ellas de forma íntegra su mapa emocional, obteniendo como resultado cuadros trazados con equilibrio y armonía, y atmósferas que respiran tranquilidad.

Además, el modo de pintar de este artista responde a esa concepción según la cual el cuadro se va construyendo como si le fuera dictando al pintor los trazos y colores a imprimir cada día.  De nuevo encontramos aquí ramificaciones del zen aplicado al arte japonés, que proclama que “el artista debe colocarse a merced de la inspiración” [2].

Memoria visual

La memoria visual como instrumento de trabajo: Tamio es un pintor adscrito a la vertiente del realismo pero que rehúsa el empleo de la fotografía para lograr una mayor fidelidad plástica. Su interés por la corriente pictórica realista de nuestro país le impulsó a trasladarse a España hace cinco años. Siguiendo el consejo de una amiga y compatriota suya, se inscribió en los talleres de pintura del Círculo de Bellas Artes, escenario que acabó trasladando al lienzo que ha dado pie a este artículo.

El estado embrionario del cuadro recogió un espacio prácticamente despejado en el que cobraba especial relevancia la poderosa luz entrando por los ventanales. Respondiendo al paradigma de los opuestos, el cuadro contenía ya elementos asociados a lo estático (el mobiliario), así como un ingrediente vigorosamente dinámico, la luz.      

En línea con su interés por acentuar el contraste, decidió poblar el cuadro con la vida de las personas que habitualmente frecuentan el taller, las modelos, los pintores y los empleados del CBA. En 2009, una versión no definitiva de la obra quedó entre los finalistas del IV Concurso de Pintura Figurativa de la Fundació de les Arts i els Artistes, avalado por un jurado integrado por personalidades como Antonio López García, Eduardo Naranjo Leandro Navarro Ungría. Tras un periodo de descanso, Tamio retomó el trabajo e incorporó más personajes, siguiendo un meticuloso proceso consistente en tomar apuntes de todo cuanto le rodeaba. En julio de 2012 dio su última pincelada, imprimió su último gesto a esta expresión infinita.

[1], [2] El zen y la cultura japonesa, Daisetz T. Suzuki, Ed. Paidós, 2004

 

José Luis Monleón Palacios. Socio del Círculo de Bellas Artes